lunes, 8 de junio de 2020

Taciturnia partitia





Y antes, así funcionaban las mañanas.


Uno hacía cosas y entre esas cosas trataba de contrabandear líneas escritas.

Era como inevitable.

Desayunabas y escribías; montabas bicicleta a la universidad y escribías, te sentabas a escuchar a Onorio y escribías. Las palabras eran una necesidad. El ejercicio de imaginarles un orden, de decirlas en tinta, les proporcionaba a ellas sustancia, sonido, significado, propósito, y a ti todo eso también. Ese poetizar pensante -lo llamó alguna vez Edgardo Albizu- se correspondía (creo, es una hipótesis que aventuro mientras la invento) con la fonación. No con la fonación de esas mismas palabras que estaba poniendo por escrito, sino con el acto simple, diario, de hablar: de expresar y gritar y proferir cosas como lo hace cualquiera.

Es decir, afirmo que para escribir de manera poética hacía falta primero ser un usuario de la lengua, un hablante de a pie. Aunque estoy casi persuadido de la realidad de esa precondición, me recuerdo también como un tipo silencioso, taciturno ya se sabe: un Homo Tacit que era capaz de largos silencios, porque en su espíritu estaban pasando cosas, multitud de ellas, cosas a las que había que vincular y jerarquizar y nombrar y escribir mientras se freía un huevo o se calculaba una escala o se aprendía algo sobre una aurípida y dos sinérgidas.

¿Cómo balancear esa necesidad de silencios con la precondición de verborrea que parece hacer falta como sustrato para el acto de escribir? ¿Cómo, pues, pensar sin palabras? La respuesta a estas dos preguntas, que creo que son etapas de la misma, se me antoja estética: asociada a algún tipo de equilibrio puntuado, de garabato Escheriano, de fractalidad a media asta, de polvo de Cantor todavía visible en el que los silencios parecen ausencias de sonido y los sonidos (las palabras dichas, murmuradas, besadas a la llovizna mientras montaba una bicicleta azul) se montan sobre los ritmos del mundo, los ruidos del siglo, y entonces el acto de escribir se llama partitura, presente indicativo del verbo latino partior, que significa apartar y –lo sabía Stephen Jay Gould- también puntuar.

martes, 19 de mayo de 2020

Desamparados, y orgullosos de estarlo


(Ponencia en la Casa de la Literatura peruana, febrero de 2020)



De la larguísima fila de mis antepasados no sé mucho, pero de ellos puedo afirmar esto: hasta hace poco ninguno sabía manejar auto. En mi linaje, esa habilidad empezó tarde en la vida de mi abuelo Prochazka, de mi abuelo Garavito y de mi abuela Wiese; mi abuela Travi nunca la tuvo. En mi generación y en la de mis padres todo el mundo tenía brevete: el acelerador, el freno, incluso el embrague y la palanca de cambios eran parte de las familias; su cla-cla-clác componente casi imprescindible del set de competencias de una persona efectiva. Y sin embargo, mi primer hijo aprendió a conducir tarde, y luego consiguió bicicletas y una ciudad con trasporte público eficaz, y dejó de hacerlo; mis otros dos hijos mayores no parecen tener la intención -y desde luego todo señala que tampoco la necesidad- de aprender a frenar con el embrague en una bajada.


Yo manejo desde los 19 años: a los 20 me fui manejando solo a Tacna y regresé, 2500 kiómetros a punta de sánguches. Todavía en este siglo he puesto 3:48’ de Lima a Huancayo, en un temible Escarabajo con frenos indignos de ese nombre. (Sumo, y lo considero parte de mis logros, cientos de kilómetros conducidos alternativamente sin frenos, sin acelerador, con el cable de embrague roto, completamente sin combustible o de noche sin luces.) Ahora conduzco carro en Guatemala, bicicleta en Lima (medio siglo ya: siete accidentes), voy en metro en Estocolmo. Mientras más se alejan las ciudades del siglo XX, menos urge ser el dueño de una tonelada de fierro humeante, menos todavía hace falta saber cómo guiarla. En dos o tres años tendremos coches eléctricos autónomos, robotizados, en línea: SmartCars. Así, de las treinta o cuarenta generaciones de mi linaje desde tiempos romanos, sólo han sabido conducir automóvil, digamos, 3.2 generaciones, en los ochenta años situados entre 1940 y 2020.
¿Qué duración, qué tiempo de vigencia tienen otras habilidades? Aún menos. Reparar cintas de cassete es de las más breves: no supo hacerlo mi papá, no la tienen mis hijos. Mi papá me enseñó a perforar cintas para télex en 1974. El fax lo volvió innecesario ocho años más tarde. En contraste, puedo asegurar que un gran número de mis antepasados, (quizá todos) sabían martillar un clavo, desplumar un pollo, defecar al aire libre, coser una herida, reparar una carreta de juguete, acertarle a una autoridad corrupta con un huevo podrido. No estoy seguro de si esos duraderos skills se han perdido o los perderán mis nietos, pero sé que ahora son mucho menos visibles, si no innecesarios o políticamente incorrectos.
Como ya se adivina, hay una permanente disonancia cognitiva que parte de la (atroz) diferencia entre nuestros esfuerzos de adaptación a un entorno cambiante, que son efectivos, con el cambio que vuelca realidades justo allende nuestra piel. Nunca parecemos estar adaptados. Esta disonancia entre contexto, sintaxis (física y metafórica vs. íntima y lingüística) y “yo” suelta toda clase de jugos por nuestros conductos, y genera la continua sensación de no estar en control: ni de nosotros mismos ni de nuestro entorno.
La evolución inventó el cortisol –la hormona del estrés- para apremiarnos a producir resultados. Para quemar azúcares rápidamente y así contar con energía para atacar o salir corriendo, para matar y no ser matado. Si no hacías lo uno ni lo otro, te comía el leopardo que acababas de ignorar tontamente, o no comías ese día. Ya no encontramos leopardos ni padecemos hambrunas cotidianas, pero la falta de sintaxis, la disociación y el estrés y el cortisol siguen allí, y engordamos (el cortisol limita la capacidad de quemar grasa.) Buscamos sentido, orden, y nos estresamos cuando no parece haberlo. La evolución nos hizo eso. Nos regaló la infraestructura cortical que faculta maneras de pensar  que son patologías. Hay una cosa que se llama Agent Detection, y otra que se llama Hyperactive Agent Detection, que conduce a las teorías de la gran conspiración y, en cuanto uno se descuida, al terraplanismo.
Hacemos, pues, preguntas en un mundo que rehúsa las respuestas. Ese es el absurdo: el término técnico que desarrolló el Existencialismo  para el desamparo filosófico, para la disconformidad notacional a la que otro filósofo quiso, y quizá logró, reducir la elevada Metafísica. “Se filosofa porque no se admite cierta gramática” apuntó Wittgenstein. Y uno escribe porque está disconforme con lo que esta leyendo.
Permítanme presentar dos miradas acerca de este diálogo entre disconformidades, desajustes, incongruencias, y rebeldías, ambas premiadas por la Academia Sueca. Y contrastar aquello -ya que soy un autor homenajeado que no publica nada desde 2007- con una reflexión acerca de mis más recientes publicaciones: qué hago ahora payaseando en Facebook.
Primero, don Mario. Liquidemos al padre. “El mundo está mal hecho y hay que intervenirlo, hacerle una performance; la literatura engendra ciudadanos descontentos y eso merece toda loa y toda defensa”. Voy a renmarcar con mis propios énfasis estos ángulos, de su discurso de aceptación del Premio Nóbel de Literatura en 2010.
“Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. (…) Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor.”
(Más adelante)
“La literatura (..) nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.”
Ese despojo de certezas, ese desamparo, es lo que hace la “gran literatura”, desde luego, los grandes novelistas a los que MVLL mencionó en Estocolmo. Pero también lo hace la de James Blish, en Clarke, Asimov, Sturgeon, Adolph. Respecto de esta pugna entre literaturas y tamaños, quisiera leerles fragmentos de un prólogo que escribí hace dos años para la novela Los Cuerpos del Verano, del argentino Felipe Castagnet, y que incluye también reflexiones mías acerca de la CF. El texto se titula Quemar al caballo.
“Desde su distante origen en el mito, la literatura siempre ha estado cargada de fantasía. No es raro que una humanidad que entendía poco lo que pasaba a su alrededor se inclinara al chismorreo de explicaciones plausibles, a cual más fantástica. Quinientos años más vieja que los primeros relatos acerca de Gilgamesh, la arcaica Liturgia de Nintud sobre la creación de hombre y mujer ponía ya a los Annunaki como señores del inframundo que soportaba el templo de Kesh, y lo elevaba hasta hacerlo la Luna. Y así desde entonces.

Con tamaño prontuario detrás, no es raro ver que todo género literario se maneje según (o desde) una retórica de lo irreal que le resulta característica –si bien no siempre exclusiva. (…)

El crítico y autor peruano de CF Daniel Salvo ha protestado acerca de que la crítica se resiste a calificar de CF a obras que tocan temas como la inteligencia artificial o el futuro posible; que surgen “especialistas en demostrar que dichas obras pueden ser cualquier cosa, relacionarse con cualquier género, admitir cualquier influencia, menos ser CF”. Creo que esos especialistas que denuncia Salvo están del mismo lado que aquellos que prefieren no ver una solución de continuidad entre la muy antigua tradición literaria de ficción imaginativa y la CF. En otras palabras, que la historia de la CF empieza con la Odisea o, ya que estamos en eso, con la Liturgia de Nintud. La Historia Verdadera de Luciano de Samosata no sólo sería el hito (que es) en la historia de la filosofía especulativa (¡y de la sátira!), sino pura y dura CF.

No es así. Si cabe señalar una diferencia entre la CF y la literatura tradicional, incluso la fantástica, es que la CF permite a sus personajes echar a andar en direcciones diferentes a las determinadas por Dioses, Magias o Destinos. Es verdad que los personajes no siempre toman esas oportunidades, pero las tienen, las fabrican, las hacen ostensibles... También es característica del género cierto  repertorio de temas –lo sugiere Salvo- pero con un añadido: la CF es como una espiral creciente. Cada tema nuevo expande su ámbito; en la siguiente vuelta se convierte en un tópico usual, y en la subsiguiente ese marco es casi normativo o protocolar, mientras que temas nuevos son sucesivamente atraídos, o absorbidos, desde la periferia. Esta figura, animada por la retórica de lo irreal que le es peculiar, representa el parámetro formal dentro del cual juega la imaginación del autor. Armado de respeto y talento, (el autor de CF) puede aprovechar esta fricción a su favor. (…)

Y aún así, a pesar de linderos arbitrarios o imaginados, cada vez es más difícil reconocer la CF o discernirla de lo que no lo es. (…) En la complejidad posmoderna abundan tanto los préstamos como los guiños entre las tiendas; las grandes mudanzas, los saltos discontinuos, el transfuguismo de ida y vuelta... Porque autores de la supuesta Gran Literatura entran y salen del género CF, como Kingsley Amis, Murakami o Holluebeqc (maltratando, digamos, la línea limítrofe). Otros -Stephen King, Don De Lillo- han hecho el recorrido contrario. En América Latina vivimos en lo que parece el final de un tránsito: acerca del rechazo a la CF el peruano José Güich afirma que hay (¿hubo?) un “sistema literario hegemónico” dominado por el realismo urbano y los sellos multinacionales. De cualquier manera, señala el mismo Güich, cada vez más parece que “hoy ya no es correcto pasarla por alto”. (…)

La anticipación del futuro ha sabido mantenernos vivos durante dos millones de años, y ha ayudado durante periodos aún más largos a otras especies animales. En cualquiera de los casos esta anticipación del futuro consiste en la extrapolación lineal del pasado. Creemos que la futura existencia de ‘2020’ es una apuesta muy segura; creemos que ‘mañana’ será muy parecido a ‘ayer’, y obramos en consecuencia. Así proceden delfines, chimpancés, lobos y elefantes, y toda nuestra estirpe desde los australopitecinos hasta Donald Trump. Pero ahora que nos entrometimos con la creación de herramientas para la expansión de la inteligencia hemos saltado fuera de la lógica evolutiva originaria. El viejo ritmo está hecho añicos: los cambios que vendrán a continuación se sucederán en una cascada exponencial, no lineal. Y nada en nuestra historia genética nos ha preparado para anticipar lo exponencial. (…)

La CF es un género de editores. Los autores escribimos relatos y novelas; los editores inventan y nutren géneros, y los géneros, si hay suerte, terminan haciendo épocas. (…) El papel para el cual parece haber evolucionado nuestro cerebro grande -y el extraño y terco Yo que alienta en sus entrañas- es el de anticipar futuro complejo. Al extremo de esta larguísima línea evolutiva, la CF inventa y previene futuros: nos indica qué es posible, qué deseable, y qué peligroso. De la mano de sus autores y editores, la ciencia ficción es (me atrevo a decir) la estrategia literaria de nuestro cerebro grande -de nuestro ilusorio Yo- para generarle espacios a la futura evolución de la especie, lejos de las restricciones de Dioses, Magias o Destinos. Mientras ese futuro llega podemos leerla (…) con asombro y provecho.

Hasta aquí la cita. Creo que con ese prólogo dejo en claro que el viejo amparo, religioso en el origen, filosófico y tecnológico después,  ya no me parece una cosa necesariamente buena. Nos mantiene reclusos de falsas seguridades. Me recuerda a esa frase tan actual de Konstantin Tsilovskii que mucho le gustaba repetir a Arthur C. Clarke: “La Tierra es nuestra cuna, pero no podemos vivir para siempre en la cuna”. El amparo teológico, el refugio político, el abrigo rocoso, son un retroceso de una cuna grande a otra pequeña. Los desamparos, en contraste, nos dan la humana oportunidad de elegir.
Sartre negó la idea de que la esencia humana precede, ampara y guía la existencia. Ese paraguas se sentía ciertamente seguro: durante 22 siglos definió lo que éramos y, en ese mismo acto, dotó de sentido a nuestra existencia. Curiosamente, sin embargo, hacía esto sin existir…
Porque la existencia precede a la esencia, la existencia construye la esencia, si es que uno tiene suerte y, finalmente, si uno quiere. Sólo entonces se puede decir qué será cierto individuo: a medida va siendo. Se ve entonces que no hay manera de pre-determinar nuestro propósito en el mundo. Desde hace doscientos años, tímidamente al inicio, con Voltaire, Stirner, Kierkergaard, Nietzche, hemos construido nuestro propio desamparo. Estamos desprotegidos de todo sentido, de telos. Ojo que esta posición no es la del ateísmo. El danés señala que Dios puede existir, pero no nos imbuye con sus propósitos, en caso de que los tuviera. Dios se mantiene mudo respecto a nuestro papel en el mundo: nos priva de la tranquilidad y el confort de un guión, nos hace desamparados y libres.
Esas disconformidades, desajustes y rebeldías nos volverán evidente el desamparo, y (no automáticamente, pues esto requiere una operación mental) su virtud. Y fue otro Nóbel, Camus, quien nos mostró la firme dignidad del desamparo total.
Camus sostenía ya en los 50s cosas opuestas a las que MVLL nos relata, porque en una vida exitosa y singularmente afortunada como la de Don Mario quizá no sobreviven absurdos sostenibles. Dice el argelino:
La obra de arte encarna un drama de la inteligencia, pero no lo demuestra sino indirectamente. (… )
La obra absurda ilustra la renuncia del pensamiento a sus prestigios y su resignación a no ser ya más que la inteligencia que hace funcionar las apariencias y que cubre con imágenes lo que no tiene razón. Si el mundo fuese claro no existiría el arte. (…)
Pensar es, ante todo, querer crear un mundo (o limitar el propio, lo que equivale a lo mismo). Es partir del desacuerdo fundamental que separa al hombre de su experiencia para encontrar un terreno de armonía conforme a su nostalgia, un universo encorsetado con razones o aclarado por analogías que permitan resolver el divorcio insoportable. (…)
Si (en la obra absurda) no se respetan los mandamientos de lo absurdo, si no ilustra el divorcio y la rebelión, si consagra las ilusiones y suscita la esperanza, ya no es gratuita.
Los mandamientos del absurdo, especifica Camus. Cito uno de mis preferidos: que el amparo de una sintaxis firme solía ser una cosa buena, y ya no lo es. En mi familia abundamos los que hemos protestado, tanto de jóvenes como ya de mayores, por la insoportable inconsistencia de la gramática castellana, las locuras de los verbos irregulares, pero también de las tonterías de las formas del habla diaria y de dichos populares. Porque, pese a todas las cosas buenas que pueden decirse y se han dicho de él, el lenguaje nos trampea y envenena. Cada cosa positiva que descubrimos del lenguaje -por ejemplo, que su sintaxis nos permite ordenar a partir de ella el mundo, tiene un anverso: el orden profundo del mundo (basta tratar de figurarse el cuántico) nos está vetado precisamente a causa de la humana sintaxis, local, pequeña, restricta.
Entonces estoy listo para contarles ¿qué hago yo en Facebook, si reacciono menos al meme que al argumento? ¿Qué hace un filósofo que juzga que la unidad argumentativa mínima es el capítulo siendo el bufón del Facebook local? Esta es una habilidad, sin duda, de corta vida. ¿Qué puede inspirarla?
Lo que hago en Facebook, confieso, es señalar el absurdo. Busco –y encuentro y señalo- desajustes y contradcciones en las sintaxis y las gramáticas del mundo: políticas, culturales, éticas, cognitivas, pedagógicas, seudocientíficas. Propongo, como réplica provocadora, el juego de lo posible, lo vedado, lo incorrecto, lo divertido. Camus insistía en que su Sísifo representaba esta forma de rebelión tenaz contra su condición: esta persistencia en ese esfuerzo considerado estéril y siempre renovado, tan análogo al de discutir en las redes sociales.
Generalmente doy esta pelea riéndome del absurdo que yo mismo hallo, y lo descubro en el lenguaje. “Por qué le han dado una maestría al espantapájaros? Porque es una figura sobresaliente en el campo.” La gente no conoce la importancia de las ondas lingüístico-gravitacionales con las que sus sandeces hacen temblar el tejido del cosmos. Esas ondas portan energía: y sostengo que esa alegre energía es nuestro futuro.
Para terminar, diré que lo que hago divirtiéndolos en Facebook es lo mismo que he hecho siempre con mi literatura. Dije arriba que la ciencia ficción podría tomarse como la estrategia literaria de nuestro cerebro grande -de nuestro ilusorio Yo- para generarle espacios a la futura evolución de la especie. En esta misma vena, la literatura fantástica es una disconformidad sintáctica; la ciencia ficción un desafío gramatical a los tiempos verbales. Ambas quejas ejercen el lado más terrorífico del absurdo: la magnitud abrumadora de libertad que hay en el mundo, y que algunos hemos tenido la fortuna de explorar. Y prometo, a pesar de mi largo silencio, que esta habilidad sí será de las duraderas.
Muchas gracias.

So, words. Typed.



Sucede: cuando no piensas en quién va a leer o si acaso alguien va a leer. Como antes. Entonces las cosas que aparentemente carecen de sentido dejan de aparentarlo -de aparentar cualquier cosa: de ser apariencia, y hartas de no aparecer simplemente aparecen. En la forma de palabras tipeadas por mí, como siempre, en esta pantalla reducida, ninguneada, apagada hasta la preconciencia. Porque es así cuando vale la pena. Porque es este flujo de la inconsciencia el que garantiza que el río vocálico se desborde e invada y aniegue todas esas acumulaciones de fango que el no-pensar había depositado en tus orillas mentales. Y de esto están hechos semanas y meses y años: de un no-pensar manifiesto, triunfante, casi rubicundo en su altivez frígida, clásica, impertérrita hasta lo nórdico. ¡Y hay quien piensa o espera que yo debería escribir cosas con sentido! Y hay, también, quien piensa… y no osa expresar ese tipo de expectativas basadas en -en qué será, pues ¿la extrapolación ligera, la costumbre, el habla consuetudinaria que nos empuja a proclamar que la U es la U? Pero (escupió el rey Leonidas) this is where we fight, y también this is where they die.

Desde luego, escribir desde y para el sinsentido público es algo que requiere entrenamiento y dedicación. No basta atizarle a las teclas sin pensar en mucho o en nada. Porque un mínimo de sintaxis se requiere; un mínimo de gramática; la ortografía es una base imprescindible. Y no basta -como lo demuestra el ritmo con el que aporreo los letrados cuadraditos. Ese ritmo produce legibilidad, porque confiere belleza, y hace que la experiencia estética sea toda ella una potencialidad porque el texto es elgible pero nunca leído. La experiencia estética está en su producción, en el encapsulamiento de esta potencialidad en un capullo irrompible, que consiste en ser perpetuamente inédito.

Y así lo que empieza a agarrar cuerpo, forma, materia es una narración, y ya no sólo un rosario de palabras.

jueves, 14 de mayo de 2020

REGAR A LA MONA



Así sería, digamos, un sueño típico mío. Sueño un cuento en el que todos los personajes son el mismo. Ese es el título del sueño. Ahora bien, no es un cuento (aunque con un poco de trabajo podría darle esa forma) y en él, sea lo que sea, es falso que todos los personajes sean el mismo. Hay un puñado de personajes, y no es posible, ciertamente, que uno solo sea más de dos o tres de ellos; pero tal es la premisa del sueño y hay que seguir su extraña lógica por donde nos lleve. La primera escena nos muestra a una señora, muy agitada, entrevistada por un canal de noticias. Está haciendo declaraciones acerca de la víctima de un terrible accidente. Al rato, por las preguntas de la reportera, comprendemos que la víctima es una joven chimpancé. La señora es dueña de la pobre chimpancé, que tiene (no sabemos la razón de esto) el rostro hecho pedazos. Al rato entendemos que aquella escena sucedió hace semanas, y que se nos muestra como contexto porque hoy se retiran los vendajes de la cirugía reconstructiva que un grupo de talentosos cirujanos veterinarios hizo al pobre animal. Un señor mira distraídamente la noticia en la pantalla de su televisor, mientras intenta regar unos geranios en el antepecho de su ventana. En el sueño, tenemos la certeza de que a este señor en particular los geranios siempre se le mueren, y que hace algún tiempo está convencido de que habita en un universo diferente al de los demás, en el que no se supone que sus geranios sobrevivan. Se retira el último vendaje, la mona sonríe con sus enormes encías reconstruídas. El señor arranca unas hojas muertas, las reúne en el cuenco de su mano, las contempla. ¿Por qué es posible curar a una chimpancé pero no hacer prosperar a una planta en maceta? ¿Por qué, se pregunta el señor mientras se deshace de los restos, es posible matar exitosamente a un ser humano cuando un hato de médicos opera el rostro de una mona? Entonces recordamos que el señor somos nosotros mismos: que somos el asesino a sueldo contratado por el otro señor, nosotros mismos, para matar a la señora dueña de la chimpancé, y que algo salió mal con esa explosión, que no contamos con que la chimpancé abriría el paquete… Y entonces las últimas preguntas quedan colgando en el aire: ¿por qué ni siquiera fui más eficaz en matar a la mona que en regar mis plantas? ¿Acaso habito un universo en el que, por el contrario, regar a la mona puede hacer vivir a mi geranio?


lunes, 22 de octubre de 2018

Tamal de chancho, para desconcertar


Ser yo.

Ser. Yo. Hay algunas cosas qué hacer para llegar a este punto. Quizás, primero que nada (y esto ya será ser en parte yo mismo) preguntarse por la merosidad del lapicero, pensarlo bien, empuñar el 031 Fine y consagrarse con ahínco en este conatus, en este ser yo mismo que consta de una ruma de Cavalieri, en el postulado de un número infinito de planos cortados por un Faber Castell 031 F, por un lado, y por la voluntad de revolver significados, por otro. Ser yo.

Pedir una cocacola, para seguir adelante con la mímesis. Y un tamal de chancho, para desconcertar (esencialmente, pues, para lo mismo). Mostrarse adecuadamente diverso, ahora que soy casi intercultural –que significa ser alguna otra cosa además de griego.


Ser yo significa, entre otras cosas menos precisas, no ser Alessandro Baricco. No haber aprendido a tolerar y a digerir y a reinterpretar como brillo los fuoco d’artificio de la posmodernidad in-significante. Ser yo es una terquedad, no una virtud; una esclerosis, no un tránsito.

Pedir, quizá, otra cocacola: para resignificar los emblemas, para imaginar que la mesa vacía que otherwise ocupo es una mesa vacía de húngara. Pedir, que se os dará.

Ese aspecto religioso que resta en mí no es todo lo judeocristiano que algunos quisieran. Tengo, es cierto, una antigua relación con la culpa. Pero esta no es judeocristiana. Si se la analiza bien (y hay una ruma de Cavalieri para demostrarlo) mi relación con la culpa ha consistido siempre en no tenerla, pese a todas las acusaciones, procesos, sobreseimientos y prescripciones al respecto. Nada menos judeocristiano que haber surcado el ancho mar de culpas sin mojarse. Ni siquiera estoy cerca de llegar a la orilla distante y hace mucho que determiné que soy impermeable. Si la culpa es mía lo es del Big Bang, y francamente no estamos para esas tonteras.

¿Me he acercado a ser yo en estos últimos veinte minutos, veintinueve renglones? Lo dudo. El texto parece uno de aquellos textos que yo escribía y que quizás sigo escribiendo. Si no fuera porque la terquedad que era yo ha dejado de ser terca, y entonces debería dejar de ser lo que soy ahora si he de cumplir el cometido de ser yo. Parece confuso, pero es sólo culpa del Big Bang que dejó todo (todo) bastante indeterminado y sólo acertó a combinar de manera harto sospechosa seis o siete variables perjudiciales. Eso no es todo. Los más recientes indicios de la imperspicacia cuántica parecen apuntar a que en verdad este no es un universo, sino sólo su fascinante simulación. Que la indeterminación cuántica no es otra cosa que un pixelado, como denuncié (con mucho más enojo) hce una montaña de años. 

Que la razón de que la realidad sólo se enfoque cuando la miramos es una aplicación del principio de frugalidad: no necesitamos que el árbol que cae en medio del bosque produzca algún sonido si no hay nadie para escucharlo, y sería costoso (en términos de capacidad de cómputo) mantener todo colorido, encendido, vibrante y sonante a un tiempo. Incluyendo, desde luego, al tiempo, que en la mayor parte de sitios está apagado casi todo el rato.  Y ya expliqué también -cuando niño- cómo el espacio newtoniano es un Lego que se saca de la caja y se despliega sólo cuando (y donde) se lo necesita con cierta urgencia. De modo que basta de afanes: ya dijo Wittgenstein que la filosofía era sólo un manualito de Lego en papier couché, y lo habría dicho antes Hume de haber podido pronunciar el francés.  Sólo queda reírse de la ingenuidad de los otros, que no han leído Ubik ni Test de Turing y creen que la energía no cuesta.

Finalmente, ser yo puede parecerse demasiado a haber sido yo y a haber escrito en estos cincuenta minutos este texto de sesenta y tres renglones, hasta aquí, que se parece tanto a lo que yo era –pero no lo es, porque yo estaba enojado- y que reveladoramente cita, enroca, guiña, suscita y samplea todo o buena parte de lo que yo he sido cada vez que yo he empuñado un Faber Castell 031 F y no se lo he clavado en el ojo a alguien.

(trascrito de un papelito de setiembre 2010)


viernes, 13 de enero de 2017

KOSMÉTORA

¿Por qué me encargo a mí mismo untar en el relato la esencia de la palabra? ¿Cuál es la razón por la que me tardo así en encontrarla, escribirla? ¿Qué hace la sintaxis en y con mi conciencia? ¿Cuál regula a la otra? ¿Qué heredé, qué hago herencia? ¿Y qué me pongo entonces los lunes para ir a trabajar?

He sido un escritor. Esto que hago aquí con tanto esfuerzo -idear y construir oraciones gramaticales, darles un sentido diferenciado, apiñarlas en ritmos hábiles- ha sido una de las actividades más cotidianas y fáciles que he desempeñado en este medio siglo de adolescencia. Llevaba quince años de práctica cuando alguien me hizo ver que quizá fueran de interés para más personnas. O para alguna –habida cuenta de que era yo quien no llevaba máscara.

Sé que, hasta cierto punto, ha sido un sucedáneo de esa conversación que no tuve. Tal fue una certeza temprana: pero empezó, además, como una certeza absoluta. Reclamé en papel al mundo la interlocución que me negaba; y mi ferocidad era apenas reactiva.
Sólo después supe que lo que escribía y el acto de escribirlo eran en mí lo mismo: indiscernibles y confundidos, a la vez vela y viento. Si acaso había allí algo que esclarecer no era el hecho de ser un escritor, o el sentido de escribir, sino su ser único pero trabado y entretejido, un estorbo complementario de sí mismo... Y que era allí, no en lo otro, donde la vieja ferocidad reposaba –si acaso hubiera que despertarla.

Ahora, por vez enésima, escribir es un esfuerzo. El creciente tuiteo del mundo, la exhaustiva atomización del logos, me ha dejado dinosaurio, extenuado, extinto. Para aliviarme, he dado en suponer –sin otra prueba que la constatación íntima, continua, por demás suficiente- que lo que distancia a este escritor que soy de aquel que fui es una triste patología, una mala conexión, una pésima senal, un modo avión, para usar las pobres metáforas de moda.

Ese malestar intracraneano existe, pero cabe también saber que no es determinante. Le he repetido a un pelotón de sicólogos, coaches, siquiatras y neurólogos que yo no busco una cura: busco refutación. Y esta bastante claro que ya no la merezco. He dejado fugar al tiempo, he percudido un sinnúmero de oportunidades de ser yo mismo y he preferido ejercer, ser, mi patología.

Pero esa determinación ha sido y es errónea.

Quien me leyó ya me refutó: no conoceré detalles. Y sospecho que aquella vieja conversación inexistente (pero ah, tan divertida) no me los daría tampoco. Preveo que en el futuro deberé avanzar prescindiendo del supuesto de que tales nobles lecciones provendrán del exterior. La refutación duerme, íntima, al lado de la ferocidad. Acaso es a ella a quien hay que despabilar. Primero.

Según cierta anécdota –ahora falsa a fuerza de tres mil años de repetirla– Homero, en un arrebato de fastidio o resentimiento por una broma que le hicieron unos pescadores acerca de unos piojos, broma que no comprendió, se preparó un epitafio en el cual se llamaba a sí mismo “divino Homero” y explicaba que “puso en orden (kosmétora) a los Héroes”. Soy capaz de ese mismo resentimiento (de remedar su pequeña y desafiante talla homérica) de fastidiarme aquí por la larga broma que yo mismo me he hecho a propósito de mi piojería mental, y que recién entiendo.


A modo de epitafio de esa excusa, empezaré por poner en orden a algunos congelados héroes.

viernes, 19 de agosto de 2016

Under(over?) the influence


Como he contado alguna vez, a inicios de los 90's y durante algunos meses yo viví en una caja de triplay a un par de kilómetros de Segunda Jerusalén, en la selva de San Martín, junto con una festiva comunidad de obreros (durante el día) y de insectos (durante la ardua noche).

Quienes recuerden mi relato “Exoesqueletos” quizá hayan sospechado que la historia tiene poco de inventada y mucho de grito de angustia y de horror. No es que las escolopendras o las cucarachas voladoras me susciten miedo: lo atroz provenía de su número. Lo peor eran los zancudos. El trompeteo no dejaba dormir y juro que eran capaces de picar a través de las frazadas.

Como las temperaturas nocturnas en el valle del Río Mayo pueden rondar los 30 grados centígrados mi solución –embadurnarme las orejas y manos de Mentholatum y embalsamarme en mi grueso sleeping-bag alpino Mountain Experience previsto para 25 grados bajo cero- tenía potenciales efectos febriles y alucinógenos. Además dejaba el frasquito verde destapado montando guardia en el único boquete que quedaba para respirar, como para disuadir a cualquier intruso con alas o patas.

Ahora sé que el mentol activa los receptores opioide-kappa, cuyos efectos (según Wikipedia) “incluyen alteraciones de la percepción del dolor, de la consciencia, del control motriz y del humor”. De cualquier manera, doy fe de que cuando el menthol llegaba a mi cerebro sobrecalentado, es decir durante seis horas cada noche, detonaba un prodigioso volcán de imágenes –lo que ya sería interesante de recordar in toto-  pero, más útil para un escritor, las acompañaba de una maraña de historias entrecruzadas que ya las querrían Balzac o Gonzáles Iñárritu. Nunca he tenido sueños tan avant-garde, tan noveau cinéma como en esa curva del km. 468 de la Marginal.

(Desde luego que siempre he abrigado la duda de si puedo decir que soy yo quien escribo: la he mencionado cómo hay en el cerebro suficientes hongos y bacterias con agenda propia, como para que necesiten muchos opiáceos para ponerse a alucinar…)

Nada de esto sería demasiado relevante para mis emprendimientos literarios de aquí en más, si no fuera porque ahora resido en la ciudad de Guatemala, y nuevamente tengo (yo o mis hongos) acceso legítimo a multitud de zancudos y frasquitos verdes de Mentholatum. De modo que como efecto colateral de mi lucha contra el zika y la fiebre Chingunkuya estoy -more lisergico- trabajando nuevamente al lado de la lúcida colectividad bacteriana que treinta años atrás escribió Un Único Desierto y del hongo unívoco y subterráneo, que, intoxicado de picaduras de zancudo, inventó CASA.

Por lo pronto estoy en una historia de la puesta a la venta en Perú de un kit para violadores, que atestigué hace dos noches, y en otra de la llegada de unos extraterrestres-aplicativo, llamados Gnosones, que intercomunicados entre sí le enseñan a cada ser humano-usuario lo que otro aprende, con lo cual en un tris se acaban las diferencias culturales, individuales, deportivas y de género.


Yo no fui, yo nunca estuve. Fue el Mentholatum.