lunes, 22 de octubre de 2018

Tamal de chancho, para desconcertar


Ser yo.

Ser. Yo. Hay algunas cosas qué hacer para llegar a este punto. Quizás, primero que nada (y esto ya será ser en parte yo mismo) preguntarse por la merosidad del lapicero, pensarlo bien, empuñar el 031 Fine y consagrarse con ahínco en este conatus, en este ser yo mismo que consta de una ruma de Cavalieri, en el postulado de un número infinito de planos cortados por un Faber Castell 031 F, por un lado, y por la voluntad de revolver significados, por otro. Ser yo.

Pedir una cocacola, para seguir adelante con la mímesis. Y un tamal de chancho, para desconcertar (esencialmente, pues, para lo mismo). Mostrarse adecuadamente diverso, ahora que soy casi intercultural –que significa ser alguna otra cosa además de griego.


Ser yo significa, entre otras cosas menos precisas, no ser Alessandro Baricco. No haber aprendido a tolerar y a digerir y a reinterpretar como brillo los fuoco d’artificio de la posmodernidad in-significante. Ser yo es una terquedad, no una virtud; una esclerosis, no un tránsito.

Pedir, quizá, otra cocacola: para resignificar los emblemas, para imaginar que la mesa vacía que otherwise ocupo es una mesa vacía de húngara. Pedir, que se os dará.

Ese aspecto religioso que resta en mí no es todo lo judeocristiano que algunos quisieran. Tengo, es cierto, una antigua relación con la culpa. Pero esta no es judeocristiana. Si se la analiza bien (y hay una ruma de Cavalieri para demostrarlo) mi relación con la culpa ha consistido siempre en no tenerla, pese a todas las acusaciones, procesos, sobreseimientos y prescripciones al respecto. Nada menos judeocristiano que haber surcado el ancho mar de culpas sin mojarse. Ni siquiera estoy cerca de llegar a la orilla distante y hace mucho que determiné que soy impermeable. Si la culpa es mía lo es del Big Bang, y francamente no estamos para esas tonteras.

¿Me he acercado a ser yo en estos últimos veinte minutos, veintinueve renglones? Lo dudo. El texto parece uno de aquellos textos que yo escribía y que quizás sigo escribiendo. Si no fuera porque la terquedad que era yo ha dejado de ser terca, y entonces debería dejar de ser lo que soy ahora si he de cumplir el cometido de ser yo. Parece confuso, pero es sólo culpa del Big Bang que dejó todo (todo) bastante indeterminado y sólo acertó a combinar de manera harto sospechosa seis o siete variables perjudiciales. Eso no es todo. Los más recientes indicios de la imperspicacia cuántica parecen apuntar a que en verdad este no es un universo, sino sólo su fascinante simulación. Que la indeterminación cuántica no es otra cosa que un pixelado, como denuncié (con mucho más enojo) hce una montaña de años. 

Que la razón de que la realidad sólo se enfoque cuando la miramos es una aplicación del principio de frugalidad: no necesitamos que el árbol que cae en medio del bosque produzca algún sonido si no hay nadie para escucharlo, y sería costoso (en términos de capacidad de cómputo) mantener todo colorido, encendido, vibrante y sonante a un tiempo. Incluyendo, desde luego, al tiempo, que en la mayor parte de sitios está apagado casi todo el rato.  Y ya expliqué también -cuando niño- cómo el espacio newtoniano es un Lego que se saca de la caja y se despliega sólo cuando (y donde) se lo necesita con cierta urgencia. De modo que basta de afanes: ya dijo Wittgenstein que la filosofía era sólo un manualito de Lego en papier couché, y lo habría dicho antes Hume de haber podido pronunciar el francés.  Sólo queda reírse de la ingenuidad de los otros, que no han leído Ubik ni Test de Turing y creen que la energía no cuesta.

Finalmente, ser yo puede parecerse demasiado a haber sido yo y a haber escrito en estos cincuenta minutos este texto de sesenta y tres renglones, hasta aquí, que se parece tanto a lo que yo era –pero no lo es, porque yo estaba enojado- y que reveladoramente cita, enroca, guiña, suscita y samplea todo o buena parte de lo que yo he sido cada vez que yo he empuñado un Faber Castell 031 F y no se lo he clavado en el ojo a alguien.

(trascrito de un papelito de setiembre 2010)


viernes, 13 de enero de 2017

KOSMÉTORA

¿Por qué me encargo a mí mismo untar en el relato la esencia de la palabra? ¿Cuál es la razón por la que me tardo así en encontrarla, escribirla? ¿Qué hace la sintaxis en y con mi conciencia? ¿Cuál regula a la otra? ¿Qué heredé, qué hago herencia? ¿Y qué me pongo entonces los lunes para ir a trabajar?

He sido un escritor. Esto que hago aquí con tanto esfuerzo -idear y construir oraciones gramaticales, darles un sentido diferenciado, apiñarlas en ritmos hábiles- ha sido una de las actividades más cotidianas y fáciles que he desempeñado en este medio siglo de adolescencia. Llevaba quince años de práctica cuando alguien me hizo ver que quizá fueran de interés para más personnas. O para alguna –habida cuenta de que era yo quien no llevaba máscara.

Sé que, hasta cierto punto, ha sido un sucedáneo de esa conversación que no tuve. Tal fue una certeza temprana: pero empezó, además, como una certeza absoluta. Reclamé en papel al mundo la interlocución que me negaba; y mi ferocidad era apenas reactiva.
Sólo después supe que lo que escribía y el acto de escribirlo eran en mí lo mismo: indiscernibles y confundidos, a la vez vela y viento. Si acaso había allí algo que esclarecer no era el hecho de ser un escritor, o el sentido de escribir, sino su ser único pero trabado y entretejido, un estorbo complementario de sí mismo... Y que era allí, no en lo otro, donde la vieja ferocidad reposaba –si acaso hubiera que despertarla.

Ahora, por vez enésima, escribir es un esfuerzo. El creciente tuiteo del mundo, la exhaustiva atomización del logos, me ha dejado dinosaurio, extenuado, extinto. Para aliviarme, he dado en suponer –sin otra prueba que la constatación íntima, continua, por demás suficiente- que lo que distancia a este escritor que soy de aquel que fui es una triste patología, una mala conexión, una pésima senal, un modo avión, para usar las pobres metáforas de moda.

Ese malestar intracraneano existe, pero cabe también saber que no es determinante. Le he repetido a un pelotón de sicólogos, coaches, siquiatras y neurólogos que yo no busco una cura: busco refutación. Y esta bastante claro que ya no la merezco. He dejado fugar al tiempo, he percudido un sinnúmero de oportunidades de ser yo mismo y he preferido ejercer, ser, mi patología.

Pero esa determinación ha sido y es errónea.

Quien me leyó ya me refutó: no conoceré detalles. Y sospecho que aquella vieja conversación inexistente (pero ah, tan divertida) no me los daría tampoco. Preveo que en el futuro deberé avanzar prescindiendo del supuesto de que tales nobles lecciones provendrán del exterior. La refutación duerme, íntima, al lado de la ferocidad. Acaso es a ella a quien hay que despabilar. Primero.

Según cierta anécdota –ahora falsa a fuerza de tres mil años de repetirla– Homero, en un arrebato de fastidio o resentimiento por una broma que le hicieron unos pescadores acerca de unos piojos, broma que no comprendió, se preparó un epitafio en el cual se llamaba a sí mismo “divino Homero” y explicaba que “puso en orden (kosmétora) a los Héroes”. Soy capaz de ese mismo resentimiento (de remedar su pequeña y desafiante talla homérica) de fastidiarme aquí por la larga broma que yo mismo me he hecho a propósito de mi piojería mental, y que recién entiendo.


A modo de epitafio de esa excusa, empezaré por poner en orden a algunos congelados héroes.

viernes, 19 de agosto de 2016

Under(over?) the influence


Como he contado alguna vez, a inicios de los 90's y durante algunos meses yo viví en una caja de triplay a un par de kilómetros de Segunda Jerusalén, en la selva de San Martín, junto con una festiva comunidad de obreros (durante el día) y de insectos (durante la ardua noche).

Quienes recuerden mi relato “Exoesqueletos” quizá hayan sospechado que la historia tiene poco de inventada y mucho de grito de angustia y de horror. No es que las escolopendras o las cucarachas voladoras me susciten miedo: lo atroz provenía de su número. Lo peor eran los zancudos. El trompeteo no dejaba dormir y juro que eran capaces de picar a través de las frazadas.

Como las temperaturas nocturnas en el valle del Río Mayo pueden rondar los 30 grados centígrados mi solución –embadurnarme las orejas y manos de Mentholatum y embalsamarme en mi grueso sleeping-bag alpino Mountain Experience previsto para 25 grados bajo cero- tenía potenciales efectos febriles y alucinógenos. Además dejaba el frasquito verde destapado montando guardia en el único boquete que quedaba para respirar, como para disuadir a cualquier intruso con alas o patas.

Ahora sé que el mentol activa los receptores opioide-kappa, cuyos efectos (según Wikipedia) “incluyen alteraciones de la percepción del dolor, de la consciencia, del control motriz y del humor”. De cualquier manera, doy fe de que cuando el menthol llegaba a mi cerebro sobrecalentado, es decir durante seis horas cada noche, detonaba un prodigioso volcán de imágenes –lo que ya sería interesante de recordar in toto-  pero, más útil para un escritor, las acompañaba de una maraña de historias entrecruzadas que ya las querrían Balzac o Gonzáles Iñárritu. Nunca he tenido sueños tan avant-garde, tan noveau cinéma como en esa curva del km. 468 de la Marginal.

(Desde luego que siempre he abrigado la duda de si puedo decir que soy yo quien escribo: la he mencionado cómo hay en el cerebro suficientes hongos y bacterias con agenda propia, como para que necesiten muchos opiáceos para ponerse a alucinar…)

Nada de esto sería demasiado relevante para mis emprendimientos literarios de aquí en más, si no fuera porque ahora resido en la ciudad de Guatemala, y nuevamente tengo (yo o mis hongos) acceso legítimo a multitud de zancudos y frasquitos verdes de Mentholatum. De modo que como efecto colateral de mi lucha contra el zika y la fiebre Chingunkuya estoy -more lisergico- trabajando nuevamente al lado de la lúcida colectividad bacteriana que treinta años atrás escribió Un Único Desierto y del hongo unívoco y subterráneo, que, intoxicado de picaduras de zancudo, inventó CASA.

Por lo pronto estoy en una historia de la puesta a la venta en Perú de un kit para violadores, que atestigué hace dos noches, y en otra de la llegada de unos extraterrestres-aplicativo, llamados Gnosones, que intercomunicados entre sí le enseñan a cada ser humano-usuario lo que otro aprende, con lo cual en un tris se acaban las diferencias culturales, individuales, deportivas y de género.


Yo no fui, yo nunca estuve. Fue el Mentholatum.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Página 321


—Me dijo Chihuaco que por aquí hay una fruta eléctrica, grande y medio morada, creo, rica en sales y en potasios, que tiene como la estructura de una anguila: compartimientos positivos y negativos, así que si la muerdes o la cortas te electrocuta –advierte Priss. Se detecta porque en derredor de ese árbol hay esqueletos de monitos, loros, etc. electrocutaditos, los pobres.

Y ese otro Gerónimo, El Bosco, no deja de fastidiar al bosquense Gerónimo, que con agua en los pulmones, golpes en la cabeza y heridas y raspones por doquier no estaba con ganas de contemplar zonceras, aunque las zonceras estuvieran allí en sus propias alucinaciones y le saltaran frente a las narices en lo que era, evidentemente, un tablero de El Jardín de Las Delicias: las flechas en el culo, el hombre-huevo sostenido por piernas troncos, la distante escalera apoyada en esa hosca ciudad del fin del mundo donde quien no defeca sangre la vomita, y en medio de todos ellos Chejo, Príncipe del Infierno, devorando a un pobre glaciólogo de cuyo ano humeante salían potoyuncos, su cabeza coronada por una gran olla. Pero Priss le estaba hablando. Alguna tontería acerca de monitos electrocutados, algo que le había contado Chihuaco.

—¿Qué puedes esperar de alguien que se ganó la lotería sólo para demostrar su argumento? –jadeó—. Antes de ser un exitoso empresario, Chihuaco alguna vez fue un brichero, Priss. Conoce el oficio, no ha olvidado qué cosas extraordinarias quiere escuchar una gringa.

—¡Yo no soy gringa oye, no jodas!

—Eres una gringa: pareces gringa, hablas como gringa y te juras una gringa, no me jodas. Chihuaco inventa cosas, chica Band. Admito que soy un glaciólogo y que no sé nada de selvas, pero si la electrofruta existe no creo que los monitos y loros sigan intentando comerla después de unos cuantos miles de años de aprendizaje. La selección natural por la supervivencia del más apto evita esas estupideces, felizmente. También debería evitar hombres-huevo sostenidos por troncos –dijo, y movió la mano delante de sus ojos. El hombre-huevo agitaba las piernas, pero no se iba.

—¿De qué hablas? Ves, ya estás desvariando, sólo dices tonterías. ¿Y si lo de la supervivencia del más apto es verdad, entonces por qué los peruanos reeligen gobernantes más peligrosos que un mamey de veinte mil voltios?


—Ya te digo que el aprendizaje genético toma unos cuantos miles de años –y entonces sucumbió a otro de esos ataques lenguaraces- Aunque, en el caso de nuestros compatriotas, tengo una teoría –ella giró para ignorarlo-. Escucha. Los peruanos somos hijos de cien generaciones de gentes que han preferido seguir a idiotas mandones, criollazos, extrovertidos, en vez de escuchar a individuos sabios y sensatos, pero más callados. Una y otra vez los mandones aparatosos ganaron la plaza, los sensatos se escondieron tras la chullpa, y el rasgo se hizo genético. El efecto Baldwin. Esos bobos antepasados nuestros nos enchufaron sus rasgos y preferencias contrademocráticas por vía de su ADN, qué le vamos a hacer. Nosotros somos el nicho ecológico donde el idiota mandón prospera. En todo caso, si quieres oír otras teorías, pregúntale a Chih –quiso terminar, pero la tos le cortó la frase.

Autorretrato inesperado


Soy una espina clavada en mí mismo.
Soy todo el tiempo que me queda.
Soy el que mira hacia arriba-
            con un plan
            que no cumpliré.

Soy más reloj que guitarra.
Soy un canguro que se arrastra por el polvo como una serpiente.
Soy un leopardo metido a castor-
                      mis colmillos
                      no volverán a crecer.

Soy una trenza deshilachándose en el tiempo.
Soy los rayos que tiemplan mi entraña eléctrica.
Soy el mantra que pronuncio en el centro del huracán-
                                                                             mi garganta afónica
                                                                             mi larga sonrisa.





miércoles, 29 de abril de 2015

Nota encontrada en un lapicero rojo

Derechos morfogénicos de la tinta roja. O cómo Rupert Sheldrake puede tener, al final del hilo, algo de razón en su helvética ontología sin hilos. Lo incidental de la contingencia: que este papel encontrado y este lapicero Pilot G-1 encontrado coincidan en este momento aussí trouvée. No sé cómo empezó, sólo sé que de pronto estas tres cosas fueron exactamente mi destino y que aquí estoy, escribiendo con letra diminuta y tinta roja un reclamo acerca de las posibles identidades del cosmos. Como si tuviera otra cosa de qué hablar: como si pudiera quitarle a la tinta su derecho de hacer morfogénesis.

Definitivamente ya no sé quién soy. Si miro para atrás descubro que soy Hal Durbeyfield: una colcha de retazos, un centón hecho de páginas, de flujos desordenándose y reordenándose por la palabra y contra la entropía. Eso he sido, sospecho: una onda de estabilidad relacional, un homenaje al viejo doctor que me dijo eso y que otra vez muere.

En esta agonía, ¿tendrá el Fwenz miedo a la muerte? Quisiera creer que no. Que conoce (incluso en sus últimas brumas) el recorrido y el destino y la nada que desciende a los lados, una nada granulosa y cerril que se mete entre los engranajes y estropea toda la maquinaria, una nada punzante que sopla el viento en los ojos y que obliga a cerrarlos y que te indica que ya estás muerto.

Quisiera creer que Fuenzalida es ese tipo de hombre, como lo fue Onorio Ferrero, su propio maestro y el mío. El hombre que acepta y se va, pero a sabiendas. No puedo estar seguro, sin embargo, a causa (creo) de la lenta erosión de su prestigio en los últimos años. Y no es que yo crea que a la muerte le importe un pito el prestigio o el desprestigio: es porque el Fwenz reaccionó defendiéndose, pataleando, fastidiándose con el mundo: en una palabra, deseando. No sé si Onorio, en sus días finales, tuvo lucidez suficiente como para no desear. Porque el final de una vida -por desasida que ésta hubiera sido- puede ser doloroso, incómodo, incluso traicionero: y uno puede ser sorprendido por esa lenta muerte deseando una mano, un vaso de agua, un pañal limpio. No cuenta, en mi opinión, como ‘deseo’ de esa naturaleza, el legítimo apetito de que la vida se acabe de una buena vez. No cuenta porque no es un desear para quedarse, es un desear para irse, que (si bien es una querencia) lo es al menos en la dirección correcta, es quizá la única aspiración digna de respeto y una que tendría que haberse manifestado desde mucho antes, desde el inicio.

Pero Onorio, y sé que también Fuenzalida, era un hombre sabio. Onorio Ferrero, mi breve y juvenil maestro, no parecía incurrir en debilidades redentoras y ni tan siquiera solidarias. Su bondad provenía toda del cuerpo búdico, no de tentaciones de la piedad judeocristiana o de los ejercicios autoritarios de Saúl de Tarso. No puedo, sin embargo, decir lo mismo del Fwenz. La caridad era para él supremamente importante. Incluso tiznaba su ebullente Tantrayᾱna.

Ya no sé quién soy, anotaba arriba, antes de que sintiera la necesidad -no yo, la tinta roja: efervescente de libertades sólo en apariencia- de prosar una elegía a los maestros fallecidos. Ésa era una de las pruebas, como lo es el diminuto tamaño de la caligrafía con la que escribo esto o el recurso a un rincón de tiempo cómplice, robado como en las mejores etapas de mi vida, y en una esquina de espacio ajeno como también ha sido antes la norma para estas páginas llenas de letras. No sé quién soy, quizá porque me he gastado ante el espejo continuo de la muerte y lo que se refleja allí ya no es un rostro sino una costumbre, una serie de estrías y rasguños que quedan como toda huella en una estela funeraria y que ni siquiera son las dulces frases del escriba lapidario, sino las huellas del tiempo y del viento. Tal es la única virtud que resta en mi posible identidad: el haber sido algo y ser hoy quizá otra cosa, pero sólo quizá, sólo ese vaho de una diferencia que en verdad no puede saberse. Soy un palimpsesto o peor, la tenue sospecha de un palimpsesto. Recuerdo haber sido de ciertas maneras y de ese recuerdo incómodo como una mancha tenaz en la camisa está hecha mi identidad actual. Poco más hay. Recuerdo que me he construido, lentamente pero cada vez más, en una firme voluntad de no persuadir, y en el conjunto de difíciles habilidades que la acompañan y que la hacen posible a pesar de (supongo) redes sociales, blogs, parentelas y epidermis. Para mí no es un secreto que dicha voluntad resulte ser más un producto del cansancio que del desprecio, pero tampoco que es posible exprimir ese cansancio en la atrocidad idiota del día a día y ver cómo destila, no digamos reprobación, pero sí desesperanza por aquellas mentes ajenas que alguna vez pudieron haber sido el objetivo de la persuasión. Esto conduce a descubrir que construir argumentos correctos fue para mí, alguna vez, una forma de la esperanza. Hoy lo es de la fantasía, de la arqueología cognitiva, o de la ficticia fusión de ambas que quisieran ser esas pocas novelas, esas miles de páginas que escribo tan lentamente y tan para nadie. 

(2011)    


lunes, 23 de febrero de 2015

LA CIBERCOMEDIA HUMANA

Pego aquí este artículo, quizá el único que he publicado en el diario El Comercio de Lima, porque lo había dado por perdido por tantos años que ha sido una grata sorpresa recuperarlo en esta especie de quest por discos duros en la que estoy metido mientras preparo un volumen de artículos y ensayos. 

La nota apareció en febrero o marzo de 2000 a propósito de los primeros contactos entre la literatura y el soporte electrónico. Algo de lo que aparece abajo lo he reelaborado una década más tarde eun una serie de posts en este mismo blog. Confío en que mis lectores puedan leerlo con una dosis mayor de su paciencia usual; yo por esos días anduve muy fastidiado. Muchas gracias.


LA CIBERCOMEDIA HUMANA 
y sus inexistentes lectores

Nobody writes like they used to
-So it may as well be me
Belle & Sebastian,
Get me away I’m dying

Unos años atrás, el moribundo poeta Daniel Smisek expresaba su visión acerca de la posibilidad de construir una novela que existiera sólo en el ciberespacio, para la que habría apenas un lector: el autor de los “personoides” que -a lo largo de años, quizá de décadas- entrecruzarían a través del correo electrónico sus tristezas, pasiones, éxitos, amenazas, sombras y alegrías ficticias. Estos personoides (nayms, por uno de sus nombres comerciales actuales) serían los Eugenia Grandets y primos Pons de una suerte de fantasmal cibercomedia humana, la secreta obra maestra de un invisible ciberbalzac. Smisek reclamaba que, para que la redondez (y el horror) fueran perfectos, la obra nunca debería hacerse pública, sino cerrarse a medida que los fantoches fueran “muriendo”. Con el crecimiento de Internet no estamos lejos ahora de que que alguien cumpla la pesadillesca visión de Smisek, pero en nuestros días su necesaria cerrazón final –que hereda rasgos de Kafka y de Calvino- sería más probablemente traicionada. Como un homenaje al amigo ausente, me interesa explorar aquí las causas de ese previsible fracaso.

Entre nosotros, leer tiene un prestigio extraño. Por un lado, la reciente explosión de la literatura hace que todo el mundo deba estar leyendo todo el rato para estar mínimamente al tanto de lo que pasa. Leer es “socialmente correcto”. Sin embargo, no es tan seguro que sea políticamente correcto. Por un lado, en salones y cafés nuestros intelectuales y aspirantes a serlo protestan porque aquí nadie lee, reclamando que aumente el número y la calidad de los lectores. Es decir: de sus futuros clientes, porque de eso parece tratarse. Pero, consistentemente, las reformas educativas no les ofrecen alivio, talvez porque, como ellos mismos, colocan el acento en el consumo –hacer de las personas clientes de la literatura- y no en la producción. Curiosamente, esta actitud encuentra un caldo de cultivo en el territorio que debería ser mas “participativo”: el de Internet, donde se consume infinitamente más de lo que se produce.

A mi entender, este prestigio y énfasis en la lectura está prohijado por un conjunto de teorías de moda y de una  actitud intelectual frente a la obra humana que puede resumirse en el adagio de D.H. Lawrence: “Never trust the artist. Trust the tale”. Sus parámetros se pueden enunciar más o menos de esta manera: Todo es texto. Los textos adquieren valor sólo con la lectura. De momento en que el texto existe en una forma definitiva, su pasado es indiferente.

El adagio implica que también lo son las intenciones del autor. El texto no es suyo, sino de los lectores. No importa de dónde salió, con qué intención se puso cada coma –cada personaje- o qué quiso escribir quien así escribió y colocó en la existencia ése texto precisamente en ése estado. Y si todo es texto, el autor es apenas un expediente técnico para producirlo, que desde luego merece y debe ser rápidamente olvidado (al menos como pensador, si bien no necesariamente como ícono). Ya cualquiera puede inventar un Autor 2.2 que corra en Windows y produzca “textos”.

En mi opinión, Never trust the author es una receta pobre para lectores y un programa fatal para autores. Es un manual de inmovilismo creativo, de autodestrucción de la lógica interna de cualquier obra. Engloba una visión que desprecia el proceso de fábrica, las manos en la masa del autor que piensa lo que hace. Cuando se lee una obra literaria (paradójicamente, no se está seguro de estarlo haciendo hasta después de haberlo hecho) se lee al autor. El autor ha pensado acerca de lo que hace. En Arte como procedimiento Shlovski anuncia que el status de arte lo obtiene la obra cuando se proclama obra, factura. La piedra se hace pétrea para la literatura. Quien lo hace con éxito es el Autor con mayúsculas. Sólo es Autor el que sabe lo que está haciendo. El carácter de ese “éxito” es sutil: porque incluiría a nuestro imaginario ciberbalzac mientras su obra fuera secreta y terminal, pero es discutible si sería aún así cuando lectores ávidos se disputaran después una obra visible. Hecha esta diferencia, debo decir que leo sólo a Autores. Es decir, a quienes se esfuerzan por Poner Algo Allí, por Manejarlo. De modo que sugiero: Trust the author. De estos hay muy pocos. Los identifica su inteligencia, su astucia y su complejidad.

Existen rastros de esta actitud valorativa de la producción intelectual (como opuesta al mero consumo) en el pasado de la creatividad. Schopenhauer recomendaba desconfiar de aquellas personas que leían en abundancia; sugería que era más importante escribir que leer. Por su parte, Pablo Picasso solía decir que los críticos se reunían para hablar de significado, línea, trama, color... mientras que los pintores se reúnen para discutir acerca de dónde se compra la mejor trementina. Lo que quiero saber es dónde compran su trementina Iván Thays, Ted Sturgeon o Ítalo Calvino. En ese sentido (a pesar de la Red) no hay lectores, sólo hay escritores. De éstos, unos pocos son Autores.

Confesión y consecuencia final: como lector soy nulo. Yo no sé leer. Pero como estoy aprendiendo a escribir prácticamente no leo, de lo que da fe mi vasta y sólida ignorancia de la literatura contemporánea. Leo cuando detecto a un Autor; leo acerca de él. La detección rara vez ocurre a través de textos. Cuando hay suerte, empieza con una conversación, para lo que el correo electrónico ayuda muchísimo. Y como escritor he dejado de creer en la (también pesadillesca) existencia de un lector ideal, en la que alguna vez confié. Creo que tengo algunos lectores reales, muy pocos, pero no merecen ese nombre porque participan del proceso de fábrica. Son, estrictamente hablando, co/rectores o co/laboradores. Su intervención está en el “antes” del texto, y no en su “después”. Su participación está en llevar el texto a su estado final. Lo que ocurra después no me interesa. Aparentemente a ellos tampoco: así lo ha dispuesto el cósmico balzac que nos rige, y que al fin ha de apagarnos.