Sucede:
cuando no piensas en quién va a leer o si acaso alguien va a leer. Como antes.
Entonces las cosas que aparentemente carecen de sentido dejan de aparentarlo -de
aparentar cualquier cosa: de ser apariencia, y hartas de no aparecer simplemente
aparecen. En la forma de palabras tipeadas por mí, como siempre, en esta
pantalla reducida, ninguneada, apagada hasta la preconciencia. Porque es así
cuando vale la pena. Porque es este flujo de la inconsciencia el que garantiza
que el río vocálico se desborde e invada y aniegue todas esas acumulaciones de
fango que el no-pensar había depositado en tus orillas mentales. Y de esto
están hechos semanas y meses y años: de un no-pensar manifiesto, triunfante,
casi rubicundo en su altivez frígida, clásica, impertérrita hasta lo nórdico.
¡Y hay quien piensa o espera que yo debería escribir cosas con sentido! Y hay,
también, quien piensa… y no osa expresar ese tipo de expectativas basadas en
-en qué será, pues ¿la extrapolación ligera, la costumbre, el habla
consuetudinaria que nos empuja a proclamar que la U es la U? Pero (escupió el
rey Leonidas) this is where we fight,
y también this is where they die.
Desde
luego, escribir desde y para el sinsentido público es algo que requiere
entrenamiento y dedicación. No basta atizarle a las teclas sin pensar en mucho
o en nada. Porque un mínimo de sintaxis se requiere; un mínimo de gramática; la
ortografía es una base imprescindible. Y no basta -como lo demuestra el ritmo
con el que aporreo los letrados cuadraditos. Ese ritmo produce legibilidad,
porque confiere belleza, y hace que la experiencia estética sea toda ella una
potencialidad porque el texto es elgible pero nunca leído. La experiencia
estética está en su producción, en el encapsulamiento de esta potencialidad en
un capullo irrompible, que consiste en ser perpetuamente inédito.
Y
así lo que empieza a agarrar cuerpo, forma, materia es una narración, y ya no
sólo un rosario de palabras.
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