lunes, 22 de junio de 2026

 Los paseantes

 

No: mi tristeza soy yo. Y sé que, en ningún rincón del mar, en la unión con ninguna mujer, o bajo el imperio de ningún rey, yo seré diferente.

Dédalo

 

Yo sé que ustedes piensan que el mundo se está convirtiendo en un lugar horrible. Pero no es cierto. Siempre ha sido horrible. Antes, por lo menos, el suicidio que me parecía atractivo era el mío.

La depresión, de tan distante y atroz en el recuerdo, genera nostalgias. He estado tantas veces en peores versiones de este mismo lugar que me descubro deseando que la intensidad aumente, solo porque sé que he sido capaz de navegar mucho peores turbulencias. Pero recuerdo la hondura del pesar (y la fiebre y la lucha por re-empezar a andar y a decir, por ir y luego por volver, por mantenerme vivo, por comer y beber y finalmente por seguir siendo) y sé que en todo eso no había lugar para componer para la página frases como las que Erik Satie compuso para el piano, el piano que hace un cuarto de siglo yo escuchaba desde el fondo de la pena, pero que no vivía allí conmigo en el infierno ágrafo. La música de Satie mostraba que, con solo dejar de golpearme la cabeza contra la pared, con solo subir un peldaño, podría alcanzar ese mundo –todavía horrendo- en el que la belleza (siquiera la belleza triste) era posible. El peldaño conducía al lugar desde el cual sí se podía escribir.  No era un lugar de acción, mucho menos de iniciativa. Mi más alta aspiración era la melancolía: una melancolía diáfana, pacífica, incontrovertible. Es verdad que casi siempre me quedaba en el cinismo pesimista, y que eso seguirá sucediendo.

Ese es el estado que me aloja hoy, el que supera (por muy poco) el pasmo desesperanzado e inmóvil, y se anima a tentar el sentido. O al menos el equilibrio entre dos sostenidas, en busca de alguna armonía diferente.

jueves, 1 de febrero de 2024

Manuscrito hallado en la última carilla de un libro de Steiner

 Uno lee, y entonces la vista es el ujier de un repertorio de temas. El origen del lenguaje, las formas y ritmos caóticos del tráfico, el Holocausto, el viaje en el tiempo y su paradoja, la cultura Harley-Davidson, la cultura Grotta-Pelos. 

Al rato uno se da cuenta de que ese ujier solo nos está presentando a sus amigos: que ese ujier filtra, selecciona, esconde tanto o más de lo que accede a revelar. Y es que tiene nuestra edad, nuestras lealtades y nuestros gustos. Que probablemente no le tiene mucha paciencia a los repertorios del vecino. 


Para el ujier del vecino -si lo hay: si él tiene, como sospechamos, un filtro- las maravillosas indecencias de lo fractal, las complejidades del diálogo entre el Material y el Diseño, la naturaleza ondulatoria o particular de la luz, la resistencia de placa plana, el water hammer, el carácter hiperbólico -en el sentido geométrico- del objeto del deseo sexual, la reserva de ritmo cardíaco, la cuestión de cuándo se jodió el Perú, las búsquedas de El Dorado, El Paititi, el Grial, la Fuente de la Juventud o el Arco de Tilman, el túnel de Paratoari, la cadena de oro de Huáscar, la tumba de Gengis Khan, el meteorito de Chicxtulub, la Fila Hox, la posible metafísica de Pi, la sublimación de los clatratos de carbono, el carácter de los húngaros, los océanos de Europa, el prisma de Hågerstrand, la historia seminal del náugrafo Robinson Crusoe y, en fin, los efectos cancerígenos del Big Bang pueden no suscitar ningún interés para la mayoría de la gente, aunque cueste creerlo. 

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La unidad argumentativa mínima es la unidad argumentativa máxima: las Obras Completas.


  

domingo, 1 de agosto de 2021

 EL CAUTÍN

 

-Ch’uqay, gringu –le gritó el soldador, amenazante.

El chico dejó caer al fuego el cautín, semejante a un martillo o a una hachuela: una pesada cabeza de cobre unida a un largo vástago de hierro rematado en un mango de madera que protegía la mano del calor.

La había retirado de la fragua durante un momento; quiso asegurarse de la forma de cuña que tenía la cabeza de cobre (un bisel romo, acaso de la mitad de la longitud total de la cabeza). Al rojo vivo, allí entre las brasas, no se distinguía bien cuán largo era ese chaflán… Obtuvo una cosa más de su atrevimiento antes de que el malhumorado soldador lo echara fuera del taller, a la lluvia. Logró sentir el peso de la herramienta, y supo que le faltaba mucho alambre: que Carhuamayo no bastaría para su pesquisa.

En los días pasados el hirsuto gringu –vivaces ojos grises, boca inexpresiva, pelo rubio hasta los hombros, babas y mocos en los cachetes, un poncho demasiado grande: un chico sucio en medio de la puna- siguió husmeando en el fango delante de ese y de los otros dos talleres cercanos, en Ninacaca y en Shelby, en busca de trocitos de alambre de cobre. El lugar más prometedor, que encontró una tarde, fue el patio de trenes de Vicco, donde tuvo que ir acompañando a José. Regresó con los bolsillos llenos de alambritos retorcidos, algunos pelados, otros todavía con la funda de gutapercha. Los sumó al montón que ya escondía en una cajita en el corral tras de su casa, junto a una varilla de hierro a la que ya había provisto de un mango muy tosco. Faltaba el mayor de los desafíos: esa cabeza cónica de media libra de cobre.

La obsesión del gringu durante esa temporada era aprender a soldar a estaño, como había visto hacer en esos talleres. La mera posibilidad de unir piezas de metal parecía una magia... El cautín era sólo un medio para un fin, pero un medio inaccesible. Ni su tío Enrique ni su padre Josef –papá José- le darían el dinero para eso, después del episodio del reloj… así que había decidido hacerse uno. En Carhuamayo, rodeado como estaba de minerales, minas y mineros no le fue difícil dar con la idea de juntar cobre de la única fuente que le permitía la pobreza: el suelo. Entretanto, consiguió un trozo de madera y la cortó y talló de la forma exacta que había visto en el taller de donde lo expulsaron. Cuando el bulto en su escondite alcanzó un poco más de la media libra que necesitaba, buscó una vieja cacerola de barro y tomó prestada unas tenazas largas. Nadie lo ayudó, ningún adulto le dijo qué hacer.

Hundió la cuña de madera en el barro más suave, arenoso y consistente que pudo encontrar, y luego lo retiró con mucho cuidado. Al lado, dejó el cobre al fuego, la varilla de hierro lista. Cuando el metal oscuro empezó a licuarse, usó las tenazas para sacar la escoria que flotaba, y luego –también tenazas de por medio- vació el líquido ardiente en el molde dejado por el taco de madera. Con la superficie aún temblando, sumergió el extremo del vástago de hierro en la masa de cobre, y se quedó allí, quieto, durante varios minutos, sudando, vigilando esa extraña antena que emergía del barro: ansioso por el resultado pero sin atreverse a mover nada antes de tiempo. Al cabo de esa tensa espera extrajo de la tierra su creación, su pequeño y primitivo Excalibur. Lo limpió con un trapo, lo blandió por el aire helado de la puna peruana. Por fin dominaba el metal.

El gringu tenía ocho años de edad.

viernes, 2 de octubre de 2020

ONDA DE INESTABILIDAD RELACIONAL

 

Circo de la Gavarnië, en el Pirineo francés. Mentira, es el lado este del Cerro Nazareno, en La Viuda.

Desde hace muchos años tengo la certeza de que mi maquinaria de olvidar acelera su velocidad, por lo que la cantidad de cosas que sé disminuye conforme pasa el tiempo. Pierdo, de preferencia, el conocimiento estructurado, la unidad argumentativa, los saberes sistematizados y productivos. Esto me llamó, creo que de manera instintiva o automática, a meter por el otro extremo del tubo todo tipo de cosas, a acelerar una gusanera de aprendizajes sin ton ni son. Desconozco la razón para esta asimetría. Creo que, si pudiera, trataría de que el nuevo material que absorbo tuviera calidades similares a las que posee aquello que pierdo. Considero que es probable que la aceleración del olvido tiene raíces neuroquímicas concomitantes con algún grado de evaporación de mis capacidades de análisis, de concentración, de atenciones sistemáticas y orientadas a propósito, y que esta condición paralela dificulta la absorción de material estructurado. Como se adivinará, no se me faculta a penetrar mucho en el análisis de este misterio. No me da la cabeza. Y como en los minutos que llevo redactando esta noticia he perdido –temo que para siempre- parte de la historia de las provincias septentrionales del Imperio Bizantino, o de las flexiones verbales de las lenguas dravídicas, o de la importancia de la construcción de espacios deshumanizados en la obra de Juan Carlos Onetti, necesito leer medio capítulo de algo, cruzar nueve páginas de Wikipedia, pasar diez minutos en caída libre por YouTube: todo para no dejar de aprender, para que que mi mente no se vacíe del todo.

 

lunes, 8 de junio de 2020

Taciturnia partitia





Y antes, así funcionaban las mañanas.


Uno hacía cosas y entre esas cosas trataba de contrabandear líneas escritas.

Era como inevitable.

Desayunabas y escribías; montabas bicicleta a la universidad y escribías, te sentabas a escuchar a Onorio y escribías. Las palabras eran una necesidad. El ejercicio de imaginarles un orden, de decirlas en tinta, les proporcionaba a ellas sustancia, sonido, significado, propósito, y a ti todo eso también. Ese poetizar pensante -lo llamó alguna vez Edgardo Albizu- se correspondía (creo, es una hipótesis que aventuro mientras la invento) con la fonación. No con la fonación de esas mismas palabras que estaba poniendo por escrito, sino con el acto simple, diario, de hablar: de expresar y gritar y proferir cosas como lo hace cualquiera.

Es decir, afirmo que para escribir de manera poética hacía falta primero ser un usuario de la lengua, un hablante de a pie. Aunque estoy casi persuadido de la realidad de esa precondición, me recuerdo también como un tipo silencioso, taciturno ya se sabe: un Homo Tacit que era capaz de largos silencios, porque en su espíritu estaban pasando cosas, multitud de ellas, cosas a las que había que vincular y jerarquizar y nombrar y escribir mientras se freía un huevo o se calculaba una escala o se aprendía algo sobre una aurípida y dos sinérgidas.

¿Cómo balancear esa necesidad de silencios con la precondición de verborrea que parece hacer falta como sustrato para el acto de escribir? ¿Cómo, pues, pensar sin palabras? La respuesta a estas dos preguntas, que creo que son etapas de la misma, se me antoja estética: asociada a algún tipo de equilibrio puntuado, de garabato Escheriano, de fractalidad a media asta, de polvo de Cantor todavía visible en el que los silencios parecen ausencias de sonido y los sonidos (las palabras dichas, murmuradas, besadas a la llovizna mientras montaba una bicicleta azul) se montan sobre los ritmos del mundo, los ruidos del siglo, y entonces el acto de escribir se llama partitura, presente indicativo del verbo latino partior, que significa apartar y –lo sabía Stephen Jay Gould- también puntuar.

martes, 19 de mayo de 2020

Desamparados, y orgullosos de estarlo


(Ponencia en la Casa de la Literatura peruana, febrero de 2020)



De la larguísima fila de mis antepasados no sé mucho, pero de ellos puedo afirmar esto: hasta hace poco ninguno sabía manejar auto. En mi linaje, esa habilidad empezó tarde en la vida de mi abuelo Prochazka, de mi abuelo Garavito y de mi abuela Wiese; mi abuela Travi nunca la tuvo. En mi generación y en la de mis padres todo el mundo tenía brevete: el acelerador, el freno, incluso el embrague y la palanca de cambios eran parte de las familias; su cla-cla-clác componente casi imprescindible del set de competencias de una persona efectiva. Y sin embargo, mi primer hijo aprendió a conducir tarde, y luego consiguió bicicletas y una ciudad con trasporte público eficaz, y dejó de hacerlo; mis otros dos hijos mayores no parecen tener la intención -y desde luego todo señala que tampoco la necesidad- de aprender a frenar con el embrague en una bajada.


Yo manejo desde los 19 años: a los 20 me fui manejando solo a Tacna y regresé, 2500 kiómetros a punta de sánguches. Todavía en este siglo he puesto 3:48’ de Lima a Huancayo, en un temible Escarabajo con frenos indignos de ese nombre. (Sumo, y lo considero parte de mis logros, cientos de kilómetros conducidos alternativamente sin frenos, sin acelerador, con el cable de embrague roto, completamente sin combustible o de noche sin luces.) Ahora conduzco carro en Guatemala, bicicleta en Lima (medio siglo ya: siete accidentes), voy en metro en Estocolmo. Mientras más se alejan las ciudades del siglo XX, menos urge ser el dueño de una tonelada de fierro humeante, menos todavía hace falta saber cómo guiarla. En dos o tres años tendremos coches eléctricos autónomos, robotizados, en línea: SmartCars. Así, de las treinta o cuarenta generaciones de mi linaje desde tiempos romanos, sólo han sabido conducir automóvil, digamos, 3.2 generaciones, en los ochenta años situados entre 1940 y 2020.
¿Qué duración, qué tiempo de vigencia tienen otras habilidades? Aún menos. Reparar cintas de cassete es de las más breves: no supo hacerlo mi papá, no la tienen mis hijos. Mi papá me enseñó a perforar cintas para télex en 1974. El fax lo volvió innecesario ocho años más tarde. En contraste, puedo asegurar que un gran número de mis antepasados, (quizá todos) sabían martillar un clavo, desplumar un pollo, defecar al aire libre, coser una herida, reparar una carreta de juguete, acertarle a una autoridad corrupta con un huevo podrido. No estoy seguro de si esos duraderos skills se han perdido o los perderán mis nietos, pero sé que ahora son mucho menos visibles, si no innecesarios o políticamente incorrectos.
Como ya se adivina, hay una permanente disonancia cognitiva que parte de la (atroz) diferencia entre nuestros esfuerzos de adaptación a un entorno cambiante, que son efectivos, con el cambio que vuelca realidades justo allende nuestra piel. Nunca parecemos estar adaptados. Esta disonancia entre contexto, sintaxis (física y metafórica vs. íntima y lingüística) y “yo” suelta toda clase de jugos por nuestros conductos, y genera la continua sensación de no estar en control: ni de nosotros mismos ni de nuestro entorno.
La evolución inventó el cortisol –la hormona del estrés- para apremiarnos a producir resultados. Para quemar azúcares rápidamente y así contar con energía para atacar o salir corriendo, para matar y no ser matado. Si no hacías lo uno ni lo otro, te comía el leopardo que acababas de ignorar tontamente, o no comías ese día. Ya no encontramos leopardos ni padecemos hambrunas cotidianas, pero la falta de sintaxis, la disociación y el estrés y el cortisol siguen allí, y engordamos (el cortisol limita la capacidad de quemar grasa.) Buscamos sentido, orden, y nos estresamos cuando no parece haberlo. La evolución nos hizo eso. Nos regaló la infraestructura cortical que faculta maneras de pensar  que son patologías. Hay una cosa que se llama Agent Detection, y otra que se llama Hyperactive Agent Detection, que conduce a las teorías de la gran conspiración y, en cuanto uno se descuida, al terraplanismo.
Hacemos, pues, preguntas en un mundo que rehúsa las respuestas. Ese es el absurdo: el término técnico que desarrolló el Existencialismo  para el desamparo filosófico, para la disconformidad notacional a la que otro filósofo quiso, y quizá logró, reducir la elevada Metafísica. “Se filosofa porque no se admite cierta gramática” apuntó Wittgenstein. Y uno escribe porque está disconforme con lo que esta leyendo.
Permítanme presentar dos miradas acerca de este diálogo entre disconformidades, desajustes, incongruencias, y rebeldías, ambas premiadas por la Academia Sueca. Y contrastar aquello -ya que soy un autor homenajeado que no publica nada desde 2007- con una reflexión acerca de mis más recientes publicaciones: qué hago ahora payaseando en Facebook.
Primero, don Mario. Liquidemos al padre. “El mundo está mal hecho y hay que intervenirlo, hacerle una performance; la literatura engendra ciudadanos descontentos y eso merece toda loa y toda defensa”. Voy a renmarcar con mis propios énfasis estos ángulos, de su discurso de aceptación del Premio Nóbel de Literatura en 2010.
“Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. (…) Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor.”
(Más adelante)
“La literatura (..) nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.”
Ese despojo de certezas, ese desamparo, es lo que hace la “gran literatura”, desde luego, los grandes novelistas a los que MVLL mencionó en Estocolmo. Pero también lo hace la de James Blish, en Clarke, Asimov, Sturgeon, Adolph. Respecto de esta pugna entre literaturas y tamaños, quisiera leerles fragmentos de un prólogo que escribí hace dos años para la novela Los Cuerpos del Verano, del argentino Felipe Castagnet, y que incluye también reflexiones mías acerca de la CF. El texto se titula Quemar al caballo.
“Desde su distante origen en el mito, la literatura siempre ha estado cargada de fantasía. No es raro que una humanidad que entendía poco lo que pasaba a su alrededor se inclinara al chismorreo de explicaciones plausibles, a cual más fantástica. Quinientos años más vieja que los primeros relatos acerca de Gilgamesh, la arcaica Liturgia de Nintud sobre la creación de hombre y mujer ponía ya a los Annunaki como señores del inframundo que soportaba el templo de Kesh, y lo elevaba hasta hacerlo la Luna. Y así desde entonces.

Con tamaño prontuario detrás, no es raro ver que todo género literario se maneje según (o desde) una retórica de lo irreal que le resulta característica –si bien no siempre exclusiva. (…)

El crítico y autor peruano de CF Daniel Salvo ha protestado acerca de que la crítica se resiste a calificar de CF a obras que tocan temas como la inteligencia artificial o el futuro posible; que surgen “especialistas en demostrar que dichas obras pueden ser cualquier cosa, relacionarse con cualquier género, admitir cualquier influencia, menos ser CF”. Creo que esos especialistas que denuncia Salvo están del mismo lado que aquellos que prefieren no ver una solución de continuidad entre la muy antigua tradición literaria de ficción imaginativa y la CF. En otras palabras, que la historia de la CF empieza con la Odisea o, ya que estamos en eso, con la Liturgia de Nintud. La Historia Verdadera de Luciano de Samosata no sólo sería el hito (que es) en la historia de la filosofía especulativa (¡y de la sátira!), sino pura y dura CF.

No es así. Si cabe señalar una diferencia entre la CF y la literatura tradicional, incluso la fantástica, es que la CF permite a sus personajes echar a andar en direcciones diferentes a las determinadas por Dioses, Magias o Destinos. Es verdad que los personajes no siempre toman esas oportunidades, pero las tienen, las fabrican, las hacen ostensibles... También es característica del género cierto  repertorio de temas –lo sugiere Salvo- pero con un añadido: la CF es como una espiral creciente. Cada tema nuevo expande su ámbito; en la siguiente vuelta se convierte en un tópico usual, y en la subsiguiente ese marco es casi normativo o protocolar, mientras que temas nuevos son sucesivamente atraídos, o absorbidos, desde la periferia. Esta figura, animada por la retórica de lo irreal que le es peculiar, representa el parámetro formal dentro del cual juega la imaginación del autor. Armado de respeto y talento, (el autor de CF) puede aprovechar esta fricción a su favor. (…)

Y aún así, a pesar de linderos arbitrarios o imaginados, cada vez es más difícil reconocer la CF o discernirla de lo que no lo es. (…) En la complejidad posmoderna abundan tanto los préstamos como los guiños entre las tiendas; las grandes mudanzas, los saltos discontinuos, el transfuguismo de ida y vuelta... Porque autores de la supuesta Gran Literatura entran y salen del género CF, como Kingsley Amis, Murakami o Holluebeqc (maltratando, digamos, la línea limítrofe). Otros -Stephen King, Don De Lillo- han hecho el recorrido contrario. En América Latina vivimos en lo que parece el final de un tránsito: acerca del rechazo a la CF el peruano José Güich afirma que hay (¿hubo?) un “sistema literario hegemónico” dominado por el realismo urbano y los sellos multinacionales. De cualquier manera, señala el mismo Güich, cada vez más parece que “hoy ya no es correcto pasarla por alto”. (…)

La anticipación del futuro ha sabido mantenernos vivos durante dos millones de años, y ha ayudado durante periodos aún más largos a otras especies animales. En cualquiera de los casos esta anticipación del futuro consiste en la extrapolación lineal del pasado. Creemos que la futura existencia de ‘2020’ es una apuesta muy segura; creemos que ‘mañana’ será muy parecido a ‘ayer’, y obramos en consecuencia. Así proceden delfines, chimpancés, lobos y elefantes, y toda nuestra estirpe desde los australopitecinos hasta Donald Trump. Pero ahora que nos entrometimos con la creación de herramientas para la expansión de la inteligencia hemos saltado fuera de la lógica evolutiva originaria. El viejo ritmo está hecho añicos: los cambios que vendrán a continuación se sucederán en una cascada exponencial, no lineal. Y nada en nuestra historia genética nos ha preparado para anticipar lo exponencial. (…)

La CF es un género de editores. Los autores escribimos relatos y novelas; los editores inventan y nutren géneros, y los géneros, si hay suerte, terminan haciendo épocas. (…) El papel para el cual parece haber evolucionado nuestro cerebro grande -y el extraño y terco Yo que alienta en sus entrañas- es el de anticipar futuro complejo. Al extremo de esta larguísima línea evolutiva, la CF inventa y previene futuros: nos indica qué es posible, qué deseable, y qué peligroso. De la mano de sus autores y editores, la ciencia ficción es (me atrevo a decir) la estrategia literaria de nuestro cerebro grande -de nuestro ilusorio Yo- para generarle espacios a la futura evolución de la especie, lejos de las restricciones de Dioses, Magias o Destinos. Mientras ese futuro llega podemos leerla (…) con asombro y provecho.

Hasta aquí la cita. Creo que con ese prólogo dejo en claro que el viejo amparo, religioso en el origen, filosófico y tecnológico después,  ya no me parece una cosa necesariamente buena. Nos mantiene reclusos de falsas seguridades. Me recuerda a esa frase tan actual de Konstantin Tsilovskii que mucho le gustaba repetir a Arthur C. Clarke: “La Tierra es nuestra cuna, pero no podemos vivir para siempre en la cuna”. El amparo teológico, el refugio político, el abrigo rocoso, son un retroceso de una cuna grande a otra pequeña. Los desamparos, en contraste, nos dan la humana oportunidad de elegir.
Sartre negó la idea de que la esencia humana precede, ampara y guía la existencia. Ese paraguas se sentía ciertamente seguro: durante 22 siglos definió lo que éramos y, en ese mismo acto, dotó de sentido a nuestra existencia. Curiosamente, sin embargo, hacía esto sin existir…
Porque la existencia precede a la esencia, la existencia construye la esencia, si es que uno tiene suerte y, finalmente, si uno quiere. Sólo entonces se puede decir qué será cierto individuo: a medida va siendo. Se ve entonces que no hay manera de pre-determinar nuestro propósito en el mundo. Desde hace doscientos años, tímidamente al inicio, con Voltaire, Stirner, Kierkergaard, Nietzche, hemos construido nuestro propio desamparo. Estamos desprotegidos de todo sentido, de telos. Ojo que esta posición no es la del ateísmo. El danés señala que Dios puede existir, pero no nos imbuye con sus propósitos, en caso de que los tuviera. Dios se mantiene mudo respecto a nuestro papel en el mundo: nos priva de la tranquilidad y el confort de un guión, nos hace desamparados y libres.
Esas disconformidades, desajustes y rebeldías nos volverán evidente el desamparo, y (no automáticamente, pues esto requiere una operación mental) su virtud. Y fue otro Nóbel, Camus, quien nos mostró la firme dignidad del desamparo total.
Camus sostenía ya en los 50s cosas opuestas a las que MVLL nos relata, porque en una vida exitosa y singularmente afortunada como la de Don Mario quizá no sobreviven absurdos sostenibles. Dice el argelino:
La obra de arte encarna un drama de la inteligencia, pero no lo demuestra sino indirectamente. (… )
La obra absurda ilustra la renuncia del pensamiento a sus prestigios y su resignación a no ser ya más que la inteligencia que hace funcionar las apariencias y que cubre con imágenes lo que no tiene razón. Si el mundo fuese claro no existiría el arte. (…)
Pensar es, ante todo, querer crear un mundo (o limitar el propio, lo que equivale a lo mismo). Es partir del desacuerdo fundamental que separa al hombre de su experiencia para encontrar un terreno de armonía conforme a su nostalgia, un universo encorsetado con razones o aclarado por analogías que permitan resolver el divorcio insoportable. (…)
Si (en la obra absurda) no se respetan los mandamientos de lo absurdo, si no ilustra el divorcio y la rebelión, si consagra las ilusiones y suscita la esperanza, ya no es gratuita.
Los mandamientos del absurdo, especifica Camus. Cito uno de mis preferidos: que el amparo de una sintaxis firme solía ser una cosa buena, y ya no lo es. En mi familia abundamos los que hemos protestado, tanto de jóvenes como ya de mayores, por la insoportable inconsistencia de la gramática castellana, las locuras de los verbos irregulares, pero también de las tonterías de las formas del habla diaria y de dichos populares. Porque, pese a todas las cosas buenas que pueden decirse y se han dicho de él, el lenguaje nos trampea y envenena. Cada cosa positiva que descubrimos del lenguaje -por ejemplo, que su sintaxis nos permite ordenar a partir de ella el mundo, tiene un anverso: el orden profundo del mundo (basta tratar de figurarse el cuántico) nos está vetado precisamente a causa de la humana sintaxis, local, pequeña, restricta.
Entonces estoy listo para contarles ¿qué hago yo en Facebook, si reacciono menos al meme que al argumento? ¿Qué hace un filósofo que juzga que la unidad argumentativa mínima es el capítulo siendo el bufón del Facebook local? Esta es una habilidad, sin duda, de corta vida. ¿Qué puede inspirarla?
Lo que hago en Facebook, confieso, es señalar el absurdo. Busco –y encuentro y señalo- desajustes y contradcciones en las sintaxis y las gramáticas del mundo: políticas, culturales, éticas, cognitivas, pedagógicas, seudocientíficas. Propongo, como réplica provocadora, el juego de lo posible, lo vedado, lo incorrecto, lo divertido. Camus insistía en que su Sísifo representaba esta forma de rebelión tenaz contra su condición: esta persistencia en ese esfuerzo considerado estéril y siempre renovado, tan análogo al de discutir en las redes sociales.
Generalmente doy esta pelea riéndome del absurdo que yo mismo hallo, y lo descubro en el lenguaje. “Por qué le han dado una maestría al espantapájaros? Porque es una figura sobresaliente en el campo.” La gente no conoce la importancia de las ondas lingüístico-gravitacionales con las que sus sandeces hacen temblar el tejido del cosmos. Esas ondas portan energía: y sostengo que esa alegre energía es nuestro futuro.
Para terminar, diré que lo que hago divirtiéndolos en Facebook es lo mismo que he hecho siempre con mi literatura. Dije arriba que la ciencia ficción podría tomarse como la estrategia literaria de nuestro cerebro grande -de nuestro ilusorio Yo- para generarle espacios a la futura evolución de la especie. En esta misma vena, la literatura fantástica es una disconformidad sintáctica; la ciencia ficción un desafío gramatical a los tiempos verbales. Ambas quejas ejercen el lado más terrorífico del absurdo: la magnitud abrumadora de libertad que hay en el mundo, y que algunos hemos tenido la fortuna de explorar. Y prometo, a pesar de mi largo silencio, que esta habilidad sí será de las duraderas.
Muchas gracias.

So, words. Typed.



Sucede: cuando no piensas en quién va a leer o si acaso alguien va a leer. Como antes. Entonces las cosas que aparentemente carecen de sentido dejan de aparentarlo -de aparentar cualquier cosa: de ser apariencia, y hartas de no aparecer simplemente aparecen. En la forma de palabras tipeadas por mí, como siempre, en esta pantalla reducida, ninguneada, apagada hasta la preconciencia. Porque es así cuando vale la pena. Porque es este flujo de la inconsciencia el que garantiza que el río vocálico se desborde e invada y aniegue todas esas acumulaciones de fango que el no-pensar había depositado en tus orillas mentales. Y de esto están hechos semanas y meses y años: de un no-pensar manifiesto, triunfante, casi rubicundo en su altivez frígida, clásica, impertérrita hasta lo nórdico. ¡Y hay quien piensa o espera que yo debería escribir cosas con sentido! Y hay, también, quien piensa… y no osa expresar ese tipo de expectativas basadas en -en qué será, pues ¿la extrapolación ligera, la costumbre, el habla consuetudinaria que nos empuja a proclamar que la U es la U? Pero (escupió el rey Leonidas) this is where we fight, y también this is where they die.

Desde luego, escribir desde y para el sinsentido público es algo que requiere entrenamiento y dedicación. No basta atizarle a las teclas sin pensar en mucho o en nada. Porque un mínimo de sintaxis se requiere; un mínimo de gramática; la ortografía es una base imprescindible. Y no basta -como lo demuestra el ritmo con el que aporreo los letrados cuadraditos. Ese ritmo produce legibilidad, porque confiere belleza, y hace que la experiencia estética sea toda ella una potencialidad porque el texto es elgible pero nunca leído. La experiencia estética está en su producción, en el encapsulamiento de esta potencialidad en un capullo irrompible, que consiste en ser perpetuamente inédito.

Y así lo que empieza a agarrar cuerpo, forma, materia es una narración, y ya no sólo un rosario de palabras.

jueves, 14 de mayo de 2020

REGAR A LA MONA



Así sería, digamos, un sueño típico mío. Sueño un cuento en el que todos los personajes son el mismo. Ese es el título del sueño. Ahora bien, no es un cuento (aunque con un poco de trabajo podría darle esa forma) y en él, sea lo que sea, es falso que todos los personajes sean el mismo. Hay un puñado de personajes, y no es posible, ciertamente, que uno solo sea más de dos o tres de ellos; pero tal es la premisa del sueño y hay que seguir su extraña lógica por donde nos lleve. La primera escena nos muestra a una señora, muy agitada, entrevistada por un canal de noticias. Está haciendo declaraciones acerca de la víctima de un terrible accidente. Al rato, por las preguntas de la reportera, comprendemos que la víctima es una joven chimpancé. La señora es dueña de la pobre chimpancé, que tiene (no sabemos la razón de esto) el rostro hecho pedazos. Al rato entendemos que aquella escena sucedió hace semanas, y que se nos muestra como contexto porque hoy se retiran los vendajes de la cirugía reconstructiva que un grupo de talentosos cirujanos veterinarios hizo al pobre animal. Un señor mira distraídamente la noticia en la pantalla de su televisor, mientras intenta regar unos geranios en el antepecho de su ventana. En el sueño, tenemos la certeza de que a este señor en particular los geranios siempre se le mueren, y que hace algún tiempo está convencido de que habita en un universo diferente al de los demás, en el que no se supone que sus geranios sobrevivan. Se retira el último vendaje, la mona sonríe con sus enormes encías reconstruídas. El señor arranca unas hojas muertas, las reúne en el cuenco de su mano, las contempla. ¿Por qué es posible curar a una chimpancé pero no hacer prosperar a una planta en maceta? ¿Por qué, se pregunta el señor mientras se deshace de los restos, es posible matar exitosamente a un ser humano cuando un hato de médicos opera el rostro de una mona? Entonces recordamos que el señor somos nosotros mismos: que somos el asesino a sueldo contratado por el otro señor, nosotros mismos, para matar a la señora dueña de la chimpancé, y que algo salió mal con esa explosión, que no contamos con que la chimpancé abriría el paquete… Y entonces las últimas preguntas quedan colgando en el aire: ¿por qué ni siquiera fui más eficaz en matar a la mona que en regar mis plantas? ¿Acaso habito un universo en el que, por el contrario, regar a la mona puede hacer vivir a mi geranio?


lunes, 22 de octubre de 2018

Tamal de chancho, para desconcertar


Ser yo.

Ser. Yo. Hay algunas cosas qué hacer para llegar a este punto. Quizás, primero que nada (y esto ya será ser en parte yo mismo) preguntarse por la merosidad del lapicero, pensarlo bien, empuñar el 031 Fine y consagrarse con ahínco en este conatus, en este ser yo mismo que consta de una ruma de Cavalieri, en el postulado de un número infinito de planos cortados por un Faber Castell 031 F, por un lado, y por la voluntad de revolver significados, por otro. Ser yo.

Pedir una cocacola, para seguir adelante con la mímesis. Y un tamal de chancho, para desconcertar (esencialmente, pues, para lo mismo). Mostrarse adecuadamente diverso, ahora que soy casi intercultural –que significa ser alguna otra cosa además de griego.


Ser yo significa, entre otras cosas menos precisas, no ser Alessandro Baricco. No haber aprendido a tolerar y a digerir y a reinterpretar como brillo los fuoco d’artificio de la posmodernidad in-significante. Ser yo es una terquedad, no una virtud; una esclerosis, no un tránsito.

Pedir, quizá, otra cocacola: para resignificar los emblemas, para imaginar que la mesa vacía que otherwise ocupo es una mesa vacía de húngara. Pedir, que se os dará.

Ese aspecto religioso que resta en mí no es todo lo judeocristiano que algunos quisieran. Tengo, es cierto, una antigua relación con la culpa. Pero esta no es judeocristiana. Si se la analiza bien (y hay una ruma de Cavalieri para demostrarlo) mi relación con la culpa ha consistido siempre en no tenerla, pese a todas las acusaciones, procesos, sobreseimientos y prescripciones al respecto. Nada menos judeocristiano que haber surcado el ancho mar de culpas sin mojarse. Ni siquiera estoy cerca de llegar a la orilla distante y hace mucho que determiné que soy impermeable. Si la culpa es mía lo es del Big Bang, y francamente no estamos para esas tonteras.

¿Me he acercado a ser yo en estos últimos veinte minutos, veintinueve renglones? Lo dudo. El texto parece uno de aquellos textos que yo escribía y que quizás sigo escribiendo. Si no fuera porque la terquedad que era yo ha dejado de ser terca, y entonces debería dejar de ser lo que soy ahora si he de cumplir el cometido de ser yo. Parece confuso, pero es sólo culpa del Big Bang que dejó todo (todo) bastante indeterminado y sólo acertó a combinar de manera harto sospechosa seis o siete variables perjudiciales. Eso no es todo. Los más recientes indicios de la imperspicacia cuántica parecen apuntar a que en verdad este no es un universo, sino sólo su fascinante simulación. Que la indeterminación cuántica no es otra cosa que un pixelado, como denuncié (con mucho más enojo) hce una montaña de años. 

Que la razón de que la realidad sólo se enfoque cuando la miramos es una aplicación del principio de frugalidad: no necesitamos que el árbol que cae en medio del bosque produzca algún sonido si no hay nadie para escucharlo, y sería costoso (en términos de capacidad de cómputo) mantener todo colorido, encendido, vibrante y sonante a un tiempo. Incluyendo, desde luego, al tiempo, que en la mayor parte de sitios está apagado casi todo el rato.  Y ya expliqué también -cuando niño- cómo el espacio newtoniano es un Lego que se saca de la caja y se despliega sólo cuando (y donde) se lo necesita con cierta urgencia. De modo que basta de afanes: ya dijo Wittgenstein que la filosofía era sólo un manualito de Lego en papier couché, y lo habría dicho antes Hume de haber podido pronunciar el francés.  Sólo queda reírse de la ingenuidad de los otros, que no han leído Ubik ni Test de Turing y creen que la energía no cuesta.

Finalmente, ser yo puede parecerse demasiado a haber sido yo y a haber escrito en estos cincuenta minutos este texto de sesenta y tres renglones, hasta aquí, que se parece tanto a lo que yo era –pero no lo es, porque yo estaba enojado- y que reveladoramente cita, enroca, guiña, suscita y samplea todo o buena parte de lo que yo he sido cada vez que yo he empuñado un Faber Castell 031 F y no se lo he clavado en el ojo a alguien.

(trascrito de un papelito de setiembre 2010)


viernes, 13 de enero de 2017

KOSMÉTORA

¿Por qué me encargo a mí mismo untar en el relato la esencia de la palabra? ¿Cuál es la razón por la que me tardo así en encontrarla, escribirla? ¿Qué hace la sintaxis en y con mi conciencia? ¿Cuál regula a la otra? ¿Qué heredé, qué hago herencia? ¿Y qué me pongo entonces los lunes para ir a trabajar?

He sido un escritor. Esto que hago aquí con tanto esfuerzo -idear y construir oraciones gramaticales, darles un sentido diferenciado, apiñarlas en ritmos hábiles- ha sido una de las actividades más cotidianas y fáciles que he desempeñado en este medio siglo de adolescencia. Llevaba quince años de práctica cuando alguien me hizo ver que quizá fueran de interés para más personnas. O para alguna –habida cuenta de que era yo quien no llevaba máscara.

Sé que, hasta cierto punto, ha sido un sucedáneo de esa conversación que no tuve. Tal fue una certeza temprana: pero empezó, además, como una certeza absoluta. Reclamé en papel al mundo la interlocución que me negaba; y mi ferocidad era apenas reactiva.
Sólo después supe que lo que escribía y el acto de escribirlo eran en mí lo mismo: indiscernibles y confundidos, a la vez vela y viento. Si acaso había allí algo que esclarecer no era el hecho de ser un escritor, o el sentido de escribir, sino su ser único pero trabado y entretejido, un estorbo complementario de sí mismo... Y que era allí, no en lo otro, donde la vieja ferocidad reposaba –si acaso hubiera que despertarla.

Ahora, por vez enésima, escribir es un esfuerzo. El creciente tuiteo del mundo, la exhaustiva atomización del logos, me ha dejado dinosaurio, extenuado, extinto. Para aliviarme, he dado en suponer –sin otra prueba que la constatación íntima, continua, por demás suficiente- que lo que distancia a este escritor que soy de aquel que fui es una triste patología, una mala conexión, una pésima senal, un modo avión, para usar las pobres metáforas de moda.

Ese malestar intracraneano existe, pero cabe también saber que no es determinante. Le he repetido a un pelotón de sicólogos, coaches, siquiatras y neurólogos que yo no busco una cura: busco refutación. Y esta bastante claro que ya no la merezco. He dejado fugar al tiempo, he percudido un sinnúmero de oportunidades de ser yo mismo y he preferido ejercer, ser, mi patología.

Pero esa determinación ha sido y es errónea.

Quien me leyó ya me refutó: no conoceré detalles. Y sospecho que aquella vieja conversación inexistente (pero ah, tan divertida) no me los daría tampoco. Preveo que en el futuro deberé avanzar prescindiendo del supuesto de que tales nobles lecciones provendrán del exterior. La refutación duerme, íntima, al lado de la ferocidad. Acaso es a ella a quien hay que despabilar. Primero.

Según cierta anécdota –ahora falsa a fuerza de tres mil años de repetirla– Homero, en un arrebato de fastidio o resentimiento por una broma que le hicieron unos pescadores acerca de unos piojos, broma que no comprendió, se preparó un epitafio en el cual se llamaba a sí mismo “divino Homero” y explicaba que “puso en orden (kosmétora) a los Héroes”. Soy capaz de ese mismo resentimiento (de remedar su pequeña y desafiante talla homérica) de fastidiarme aquí por la larga broma que yo mismo me he hecho a propósito de mi piojería mental, y que recién entiendo.


A modo de epitafio de esa excusa, empezaré por poner en orden a algunos congelados héroes.

viernes, 19 de agosto de 2016

Under(over?) the influence


Como he contado alguna vez, a inicios de los 90's y durante algunos meses yo viví en una caja de triplay a un par de kilómetros de Segunda Jerusalén, en la selva de San Martín, junto con una festiva comunidad de obreros (durante el día) y de insectos (durante la ardua noche).

Quienes recuerden mi relato “Exoesqueletos” quizá hayan sospechado que la historia tiene poco de inventada y mucho de grito de angustia y de horror. No es que las escolopendras o las cucarachas voladoras me susciten miedo: lo atroz provenía de su número. Lo peor eran los zancudos. El trompeteo no dejaba dormir y juro que eran capaces de picar a través de las frazadas.

Como las temperaturas nocturnas en el valle del Río Mayo pueden rondar los 30 grados centígrados mi solución –embadurnarme las orejas y manos de Mentholatum y embalsamarme en mi grueso sleeping-bag alpino Mountain Experience previsto para 25 grados bajo cero- tenía potenciales efectos febriles y alucinógenos. Además dejaba el frasquito verde destapado montando guardia en el único boquete que quedaba para respirar, como para disuadir a cualquier intruso con alas o patas.

Ahora sé que el mentol activa los receptores opioide-kappa, cuyos efectos (según Wikipedia) “incluyen alteraciones de la percepción del dolor, de la consciencia, del control motriz y del humor”. De cualquier manera, doy fe de que cuando el menthol llegaba a mi cerebro sobrecalentado, es decir durante seis horas cada noche, detonaba un prodigioso volcán de imágenes –lo que ya sería interesante de recordar in toto-  pero, más útil para un escritor, las acompañaba de una maraña de historias entrecruzadas que ya las querrían Balzac o Gonzáles Iñárritu. Nunca he tenido sueños tan avant-garde, tan noveau cinéma como en esa curva del km. 468 de la Marginal.

(Desde luego que siempre he abrigado la duda de si puedo decir que soy yo quien escribo: la he mencionado cómo hay en el cerebro suficientes hongos y bacterias con agenda propia, como para que necesiten muchos opiáceos para ponerse a alucinar…)

Nada de esto sería demasiado relevante para mis emprendimientos literarios de aquí en más, si no fuera porque ahora resido en la ciudad de Guatemala, y nuevamente tengo (yo o mis hongos) acceso legítimo a multitud de zancudos y frasquitos verdes de Mentholatum. De modo que como efecto colateral de mi lucha contra el zika y la fiebre Chingunkuya estoy -more lisergico- trabajando nuevamente al lado de la lúcida colectividad bacteriana que treinta años atrás escribió Un Único Desierto y del hongo unívoco y subterráneo, que, intoxicado de picaduras de zancudo, inventó CASA.

Por lo pronto estoy en una historia de la puesta a la venta en Perú de un kit para violadores, que atestigué hace dos noches, y en otra de la llegada de unos extraterrestres-aplicativo, llamados Gnosones, que intercomunicados entre sí le enseñan a cada ser humano-usuario lo que otro aprende, con lo cual en un tris se acaban las diferencias culturales, individuales, deportivas y de género.


Yo no fui, yo nunca estuve. Fue el Mentholatum.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Página 321


—Me dijo Chihuaco que por aquí hay una fruta eléctrica, grande y medio morada, creo, rica en sales y en potasios, que tiene como la estructura de una anguila: compartimientos positivos y negativos, así que si la muerdes o la cortas te electrocuta –advierte Priss. Se detecta porque en derredor de ese árbol hay esqueletos de monitos, loros, etc. electrocutaditos, los pobres.

Y ese otro Gerónimo, El Bosco, no deja de fastidiar al bosquense Gerónimo, que con agua en los pulmones, golpes en la cabeza y heridas y raspones por doquier no estaba con ganas de contemplar zonceras, aunque las zonceras estuvieran allí en sus propias alucinaciones y le saltaran frente a las narices en lo que era, evidentemente, un tablero de El Jardín de Las Delicias: las flechas en el culo, el hombre-huevo sostenido por piernas troncos, la distante escalera apoyada en esa hosca ciudad del fin del mundo donde quien no defeca sangre la vomita, y en medio de todos ellos Chejo, Príncipe del Infierno, devorando a un pobre glaciólogo de cuyo ano humeante salían potoyuncos, su cabeza coronada por una gran olla. Pero Priss le estaba hablando. Alguna tontería acerca de monitos electrocutados, algo que le había contado Chihuaco.

—¿Qué puedes esperar de alguien que se ganó la lotería sólo para demostrar su argumento? –jadeó—. Antes de ser un exitoso empresario, Chihuaco alguna vez fue un brichero, Priss. Conoce el oficio, no ha olvidado qué cosas extraordinarias quiere escuchar una gringa.

—¡Yo no soy gringa oye, no jodas!

—Eres una gringa: pareces gringa, hablas como gringa y te juras una gringa, no me jodas. Chihuaco inventa cosas, chica Band. Admito que soy un glaciólogo y que no sé nada de selvas, pero si la electrofruta existe no creo que los monitos y loros sigan intentando comerla después de unos cuantos miles de años de aprendizaje. La selección natural por la supervivencia del más apto evita esas estupideces, felizmente. También debería evitar hombres-huevo sostenidos por troncos –dijo, y movió la mano delante de sus ojos. El hombre-huevo agitaba las piernas, pero no se iba.

—¿De qué hablas? Ves, ya estás desvariando, sólo dices tonterías. ¿Y si lo de la supervivencia del más apto es verdad, entonces por qué los peruanos reeligen gobernantes más peligrosos que un mamey de veinte mil voltios?


—Ya te digo que el aprendizaje genético toma unos cuantos miles de años –y entonces sucumbió a otro de esos ataques lenguaraces- Aunque, en el caso de nuestros compatriotas, tengo una teoría –ella giró para ignorarlo-. Escucha. Los peruanos somos hijos de cien generaciones de gentes que han preferido seguir a idiotas mandones, criollazos, extrovertidos, en vez de escuchar a individuos sabios y sensatos, pero más callados. Una y otra vez los mandones aparatosos ganaron la plaza, los sensatos se escondieron tras la chullpa, y el rasgo se hizo genético. El efecto Baldwin. Esos bobos antepasados nuestros nos enchufaron sus rasgos y preferencias contrademocráticas por vía de su ADN, qué le vamos a hacer. Nosotros somos el nicho ecológico donde el idiota mandón prospera. En todo caso, si quieres oír otras teorías, pregúntale a Chih –quiso terminar, pero la tos le cortó la frase.

Autorretrato inesperado


Soy una espina clavada en mí mismo.
Soy todo el tiempo que me queda.
Soy el que mira hacia arriba-
            con un plan
            que no cumpliré.

Soy más reloj que guitarra.
Soy un canguro que se arrastra por el polvo como una serpiente.
Soy un leopardo metido a castor-
                      mis colmillos
                      no volverán a crecer.

Soy una trenza deshilachándose en el tiempo.
Soy los rayos que tiemplan mi entraña eléctrica.
Soy el mantra que pronuncio en el centro del huracán-
                                                                             mi garganta afónica
                                                                             mi larga sonrisa.





miércoles, 29 de abril de 2015

Nota encontrada en un lapicero rojo

Derechos morfogénicos de la tinta roja. O cómo Rupert Sheldrake puede tener, al final del hilo, algo de razón en su helvética ontología sin hilos. Lo incidental de la contingencia: que este papel encontrado y este lapicero Pilot G-1 encontrado coincidan en este momento aussí trouvée. No sé cómo empezó, sólo sé que de pronto estas tres cosas fueron exactamente mi destino y que aquí estoy, escribiendo con letra diminuta y tinta roja un reclamo acerca de las posibles identidades del cosmos. Como si tuviera otra cosa de qué hablar: como si pudiera quitarle a la tinta su derecho de hacer morfogénesis.

Definitivamente ya no sé quién soy. Si miro para atrás descubro que soy Hal Durbeyfield: una colcha de retazos, un centón hecho de páginas, de flujos desordenándose y reordenándose por la palabra y contra la entropía. Eso he sido, sospecho: una onda de estabilidad relacional, un homenaje al viejo doctor que me dijo eso y que otra vez muere.

En esta agonía, ¿tendrá el Fwenz miedo a la muerte? Quisiera creer que no. Que conoce (incluso en sus últimas brumas) el recorrido y el destino y la nada que desciende a los lados, una nada granulosa y cerril que se mete entre los engranajes y estropea toda la maquinaria, una nada punzante que sopla el viento en los ojos y que obliga a cerrarlos y que te indica que ya estás muerto.

Quisiera creer que Fuenzalida es ese tipo de hombre, como lo fue Onorio Ferrero, su propio maestro y el mío. El hombre que acepta y se va, pero a sabiendas. No puedo estar seguro, sin embargo, a causa (creo) de la lenta erosión de su prestigio en los últimos años. Y no es que yo crea que a la muerte le importe un pito el prestigio o el desprestigio: es porque el Fwenz reaccionó defendiéndose, pataleando, fastidiándose con el mundo: en una palabra, deseando. No sé si Onorio, en sus días finales, tuvo lucidez suficiente como para no desear. Porque el final de una vida -por desasida que ésta hubiera sido- puede ser doloroso, incómodo, incluso traicionero: y uno puede ser sorprendido por esa lenta muerte deseando una mano, un vaso de agua, un pañal limpio. No cuenta, en mi opinión, como ‘deseo’ de esa naturaleza, el legítimo apetito de que la vida se acabe de una buena vez. No cuenta porque no es un desear para quedarse, es un desear para irse, que (si bien es una querencia) lo es al menos en la dirección correcta, es quizá la única aspiración digna de respeto y una que tendría que haberse manifestado desde mucho antes, desde el inicio.

Pero Onorio, y sé que también Fuenzalida, era un hombre sabio. Onorio Ferrero, mi breve y juvenil maestro, no parecía incurrir en debilidades redentoras y ni tan siquiera solidarias. Su bondad provenía toda del cuerpo búdico, no de tentaciones de la piedad judeocristiana o de los ejercicios autoritarios de Saúl de Tarso. No puedo, sin embargo, decir lo mismo del Fwenz. La caridad era para él supremamente importante. Incluso tiznaba su ebullente Tantrayᾱna.

Ya no sé quién soy, anotaba arriba, antes de que sintiera la necesidad -no yo, la tinta roja: efervescente de libertades sólo en apariencia- de prosar una elegía a los maestros fallecidos. Ésa era una de las pruebas, como lo es el diminuto tamaño de la caligrafía con la que escribo esto o el recurso a un rincón de tiempo cómplice, robado como en las mejores etapas de mi vida, y en una esquina de espacio ajeno como también ha sido antes la norma para estas páginas llenas de letras. No sé quién soy, quizá porque me he gastado ante el espejo continuo de la muerte y lo que se refleja allí ya no es un rostro sino una costumbre, una serie de estrías y rasguños que quedan como toda huella en una estela funeraria y que ni siquiera son las dulces frases del escriba lapidario, sino las huellas del tiempo y del viento. Tal es la única virtud que resta en mi posible identidad: el haber sido algo y ser hoy quizá otra cosa, pero sólo quizá, sólo ese vaho de una diferencia que en verdad no puede saberse. Soy un palimpsesto o peor, la tenue sospecha de un palimpsesto. Recuerdo haber sido de ciertas maneras y de ese recuerdo incómodo como una mancha tenaz en la camisa está hecha mi identidad actual. Poco más hay. Recuerdo que me he construido, lentamente pero cada vez más, en una firme voluntad de no persuadir, y en el conjunto de difíciles habilidades que la acompañan y que la hacen posible a pesar de (supongo) redes sociales, blogs, parentelas y epidermis. Para mí no es un secreto que dicha voluntad resulte ser más un producto del cansancio que del desprecio, pero tampoco que es posible exprimir ese cansancio en la atrocidad idiota del día a día y ver cómo destila, no digamos reprobación, pero sí desesperanza por aquellas mentes ajenas que alguna vez pudieron haber sido el objetivo de la persuasión. Esto conduce a descubrir que construir argumentos correctos fue para mí, alguna vez, una forma de la esperanza. Hoy lo es de la fantasía, de la arqueología cognitiva, o de la ficticia fusión de ambas que quisieran ser esas pocas novelas, esas miles de páginas que escribo tan lentamente y tan para nadie. 

(2011)