lunes, 22 de junio de 2026

 Los paseantes

 

No: mi tristeza soy yo. Y sé que, en ningún rincón del mar, en la unión con ninguna mujer, o bajo el imperio de ningún rey, yo seré diferente.

Dédalo

 

Yo sé que ustedes piensan que el mundo se está convirtiendo en un lugar horrible. Pero no es cierto. Siempre ha sido horrible. Antes, por lo menos, el suicidio que me parecía atractivo era el mío.

La depresión, de tan distante y atroz en el recuerdo, genera nostalgias. He estado tantas veces en peores versiones de este mismo lugar que me descubro deseando que la intensidad aumente, solo porque sé que he sido capaz de navegar mucho peores turbulencias. Pero recuerdo la hondura del pesar (y la fiebre y la lucha por re-empezar a andar y a decir, por ir y luego por volver, por mantenerme vivo, por comer y beber y finalmente por seguir siendo) y sé que en todo eso no había lugar para componer para la página frases como las que Erik Satie compuso para el piano, el piano que hace un cuarto de siglo yo escuchaba desde el fondo de la pena, pero que no vivía allí conmigo en el infierno ágrafo. La música de Satie mostraba que, con solo dejar de golpearme la cabeza contra la pared, con solo subir un peldaño, podría alcanzar ese mundo –todavía horrendo- en el que la belleza (siquiera la belleza triste) era posible. El peldaño conducía al lugar desde el cual sí se podía escribir.  No era un lugar de acción, mucho menos de iniciativa. Mi más alta aspiración era la melancolía: una melancolía diáfana, pacífica, incontrovertible. Es verdad que casi siempre me quedaba en el cinismo pesimista, y que eso seguirá sucediendo.

Ese es el estado que me aloja hoy, el que supera (por muy poco) el pasmo desesperanzado e inmóvil, y se anima a tentar el sentido. O al menos el equilibrio entre dos sostenidas, en busca de alguna armonía diferente.