sábado, 8 de noviembre de 2008

René Descartes y Hugo Garavito

He estado largas semanas sin colocar ningún post, en parte porque estaba metido en mi novela, en parte porque acaba de nacer mi cuarto hijo, Samuel, aquí en Estocolmo (y aunque la experiencia de los tres nacimientos y paternidades anteriores pesa, el encomendarse a una de estas cosas en un idioma desconocido y con una fuerte gripe arriba del paralelo 60 N en noviembre no es poquita cosa). Empezaban a acumularse temas sobre los que había planeado postear, y ya se ve (por el último de mis posts) que hay algunos a los que yo no debería meterme. En fin, creo que vale la pena que me despercuda un poco de esta agenda pesada soltando en líneas más ligeras lo que me apetece decir. Todavía.

Cierta vez, al final de mi vida escolar me parece, yo estaba tirado en mi cama leyendo las Meditaciones Metafísicas (o quizás el Discurso del Método, se me ha borrado) y llegué a esa parte extraordinaria donde Descartes se encomienda a la Virgen María para que lo ayude en su búsqueda de una fundamentación sólida de la ciencia, que como sabemos pasa primero por el ego cogito y de inmediato por una doble demostración de la existencia de Dios. Tamaña paradoja no dejaba de fastidiarme la lectura. En ese momento se coló Hugo Garavito a mi cuarto.
-¡Hola!
-Hola.
-¿Qué lees?
-Descartes. Hay una vaina que no entiendo.
-¡Ah! ¡Yo te explico Descartes!

Huguito era mi primo hermano. Venía de graduarse en sus estudios de periodismo en la Universidad de Navarra y pasaba por casa a visitar a nuestra abuela común, que tenía bien poco de común y vivía con su hija, que era y sigue siendo mi madre, Reneé Garavito. En media hora mi primo repasó mi Descartes, aprovechó para burlarse de todo el racionalismo y el proyecto moderno, y contó media docena de chismes selectos sobre Condillac, Spinoza, Leibniz y el episodio en el cual Descartes se había visto obligado a desenvainar su espada durante un intento de atraco en un embarcadero. Finalmente, ñato de risa, Hugo me contó que en mala hora Descartes había aceptado una invitación del rey de Suecia a venirse a vivir a Estocolmo a enseñarle, cómo no, filosofía (¿cuándo aprenderemos los filósofos lo insensato de pretender enseñarle algo al soberano? ¿No bastaba la larga lección de Platón?). Pero al monarca sueco le gustaba levantarse muy temprano y fijó la hora de las clases a las cinco de la mañana; el profe Descartes pescó una pulmonía y se murió precisamente aquí, en Estocolmo.

De esa lección chismosa y divertida que me propinó Hugo han pasado más de treinta años. En esas tres décadas nos alejamos por motivos familiares y años después nos volvimos a encontrar, y esta vez a hacer amigos, por razones de estado. (Curioso que hubiera sido el mal estado de la razón el que nos reuniera por primera vez en torno a un tema filosófico). Entre el final del fujimorismo y los inicios del segundo gobierno de García Hugo y yo fuimos ambos funcionarios del estado peruano. Alguna vez se me exigió contratarlo, bajo presiones de Eliane Karp, en el Ministerio de Educación, me parece que a su salida de la dirección de El Peruano. Me negué, no sólo porque era una contratación que no necesitaba en mi equipo -aunque hubiera sido divertidísimo- sino porque, desde luego, era mi primo. Y aunque la figura no está directamente sancionada en la ley contra el nepotismo -que, dicho sea de paso, echa por tierra la presunción de inocencia- ni él ni yo necesitábamos que se nos acuse, por más que no hubiera delito. Así que se fue a la Biblioteca Nacional.

Almorzábamos juntos con frecuencia. Cierta vez me invitó al Parque de la Muralla. Fui a buscarlo a su oficina en la municipalidad de Lima, y sugirió que camináramos a través de Plaza de Armas, junto a Palacio y al Cordano, hasta el nuevo parque que él cuidaba y del cual se enorgullecía como si fuera realmente suyo. Fueron cuatro cuadras durante las cuales deben haberlo saludado cuarenta o cincuenta personas: los taxistas, las señoras, los ambulantes, los locos de la calle se paraban a gritarle "Garabato", saludándolo con esa especie de cariño y familiaridad que siente el público con una figura que es imitada en los Chistosos, en el programa de Carlos Álvarez. Hugo estaba entretenidísimo con su celebridad, por la que no daba un centavo.

-Oye Hugo, ¡pero aquí tienes un capital político tremendo!
-Pero claro, ¿por qué crees que en el partido me detestan? ¡Jajaja!

Cuando pasábamos junto al bar Cordano, comentó que una vez estaba sentado allí dentro cuando pasó por la puerta un niño de la mano de su apurada madre. El niño lo vio, lo "reconoció", y avisó a su mami:

-¡Mamá, mamá! ¡Mira, allí está... Carlos Álvarez!

A Hugo lo regocijaban estas anécdotas, todo el ambiente de fiesta que se hacía en torno a su figura, a causa de su figura -o falta de ella. Acudía puntualmente a las presentaciones de mis libros; atraía tanto la atención que no tardaba en irse, riendo, con el libro autografiado por su primo Quique bajo el brazo. No daba medio por mí, tampoco, aunque sé que le gustó CASA. Un día me dijo que tenía una novela y quería hablar con mi editor. Encontrar a Esteban Quiroz siempre ha sido una hazaña, pero en un plazo sorprendentemente breve Hugo tenía publicada su novela sobre Piérola, que me honró presentar en el CC de la PUC, y que es mucho mejor que un libro de historia (que los cien o doscientos que se habrá leido Hugo sobre el periodo) para entender ese tramo de la historia peruana.

Antes de mi viaje a Suecia estuve demasiado atareado para despedirme de él. Hablamos por teléfono; con seguridad cruzamos algunos chismes y chistes políticos. Luego, ya en Estocolmo, supe de su internamiento, lo que a la luz de su largo espanto por la ciencia médica y sus practicantes sonaba como una muy mala noticia (es absolutamente cierto que una vez, hace años, se escapó del Hospital Rebagliati en sus pijamas). Pulmonía. Días de espera, más enterado por los diarios y blogs -universalmente respetuosos, ahora- que por la familia. Y entonces, la noticia de su muerte, de pulmonía, mientras yo estoy aquí congelándome.

Sé que a mi querido primo le hubieran gustado la ironía, la coincidencia, el chismorreo, y desde luego el éxito de la lección.

1 comentario:

Percy Galindo dijo...

Así da gusto que lo recuerden a uno.
Gracias por sus textos, Enrique.