Frente a ellos, sobre ellos ya, los peñascos separados se van congregando en un volumen cada vez más vertical, hasta que cesan y dejan ver la gran masa pétrea que les servía de apoyo y que ahora se eleva como queriendo librarse de esa carga parásita. Es una pared rocosa relativamente grande, de poco más de cien metros de altura pero que ha sido despreciada por algunos en vista de que en otros puntos del valle había potencial para vías incluso del doble de largas.
A Daniel le consta que mucho ha influido en ese desdén la presencia de una franja horizontal de roca deleznable, que en ciertos lugares tiene la consistencia de la tiza, incluso del azúcar húmedo. Rojiza, plena de vetas descompuestas de lutita que cercan ocasionales retazos de piedra más firme, corta la pared a un tercio de su altura e impide el paso a las largas y estupendas superficies de más arriba. Daniel recuerda con cariño ese día lluvioso de 1977 en el que -enaltecido por su novísima condición de groupie- vió al mítico Don Cowans, acompañado por Len, intentar atravesar ese pantano vertical. Ni Cowans ni su principal secuaz compartían el generalizado desprecio por la roca peligrosa y estaban más que dispuestos a correr riesgos. Don, encabezando la cordada, situó a Len en una abreviada repisa que marcaba el término de la roca decente, y en media hora de intensa calma atravesó la franja podrida mientras bajo un casco descolorido su compañero lo aseguraba en medio de una moderada lluvia de piedras.
Tras quince metros de esa tortura mental se libró de las insidias de la lutita y pudo alcanzar el inicio de una lámina poco inclinada de excelente granito rosa, pero no halló cómo proteger su avance más allá de ese punto, o no quiso hallarlo en vistas de que el día llegaba a su fin. Eso, sumado a la incertidumbre del tiempo, lo primitivo del material de entonces (y quizá, dada su reputación, a la falta de necesidad de seguir demostrando lo bueno que era) lo hizo volver tras avanzar esos primeros metros. Plantó un temible clavo y colgándose de él descendió hasta Len. No importaba. Habían resuelto los primeros treinta y cinco metros y la mitad de la treintena siguiente. Media pared "imposible": no estaba mal para un día nublado. Y aunque también ellos debieron haber sentido el estorbo potencial de la muy antigua presencia de Bodach -que reputadamente había entrado al valle, y se decía que a esta misma ruta, a principios de los sesentas- resolvieron dejar el punto de lado. Aquel verano de 1977 quedó allí la ruta (que probablemente Bodach ni siquiera intentara doce o trece años antes) incompleta pero terminal, bautizada Epílogo por un Don premonitor. Resulta siniestro recordar que aquella sería su última vía, pues dejó de escalar para dedicarse a la más nueva locura de California. En el verano de 1980 el férreo gringo se mató en un accidente en ala delta.