lunes, 19 de enero de 2015

Electrodelicias del bosque húmedo


—Si le vamos a creer a alguien, veamos: la carta de Ávila dice que hay diez días de camino entre Cusco y Paytiti. Luego dice que de la ciudad perdida hasta el macizo de Panticolla hay casi 45 km de selva virgen. Digamos, conservadoramente, que son tres días de selva. Si descuentas unos cinco días en alejarse de Cusco hasta Vilcanota por los caminos de la época, quedan dos días que son lo que nos ha tomado a nosotros bajar esta vaina.

—Me dijo Chihuaco que por aquí hay una fruta eléctrica, grande y medio morada, creo, rica en sales y en potasios, que tiene como la estructura de una anguila: compartimientos positivos y negativos, así que si la muerdes o la cortas te electrocuta –advierte Priss. Se detecta porque en derredor de ese árbol hay esqueletos de monitos, loros, etc. electrocutaditos, los pobres.

Y ese otro Gerónimo, El Bosco, no deja de fastidiar al bosquense Gerónimo, que con agua en los pulmones, golpes en la cabeza y heridas y raspones por doquier no estaba con ganas de contemplar zonceras, aunque las zonceras estuvieran allí en sus propias alucinaciones y le saltaran frente a las narices en lo que era, evidentemente, un tablero de El Jardín de Las Delicias: las flechas en el culo, el hombre huevo sostenido por piernas troncos, la distante escalera apoyada en esa hosca ciudad del fin del mundo donde quien no defeca sangre la vomita, y en medio de todos ellos Chejo, Príncipe del Infierno, devorando a un pobre glaciólogo de cuyo ano humeante salían potoyuncos, su cabeza coronada por una gran olla. Pero Priss le estaba hablando. Alguna tontería acerca de monitos electrocutados, algo que le había contado Chihuaco.

—¿Qué puedes esperar de alguien que se ganó la lotería sólo para demostrar su argumento? –jadeó—. Antes de ser un exitoso empresario, Chihuaco alguna vez fue un brichero, Priss. Conoce el oficio, no ha olvidado qué cosas extraordinarias quiere escuchar una gringa.

—¡Yo no soy gringa oye, no jodas!

—Eres una gringa: pareces gringa, hablas como gringa y te juras una gringa, no me jodas. Chihuaco inventa cosas, chica Band. Admito que soy un glaciólogo y que no sé nada de selvas, pero si la electrofruta existe no creo que los monitos y loros sigan intentando comerla después de unos cuantos miles de años de aprendizaje. La selección natural por la supervivencia del más apto evita esas estupideces, felizmente. También debería evitar hombres-huevo sostenidos por troncos –dijo, y movió la mano delante de sus ojos. El hombre-huevo no se iba.

—¿De qué hablas? Ves, ya estás desvariando, sólo dices tonterías. ¿Y si lo de la supervivencia del más apto es verdad, entonces por qué los peruanos reeligen gobernantes más peligrosos que un mamey de veinte mil voltios?

—Ya te digo que el aprendizaje genético toma unos cuantos miles de años –y entonces sucumbió a otro de esos ataques lenguaraces- Aunque, en el caso de nuestros compatriotas, tengo una teoría. Los peruanos somos hijos de cien generaciones de gentes que han preferido seguir a idiotas mandones, extrovertidos, en vez de escuchar a individuos sabios y sensatos, pero más callados. Esos antepasados nuestros nos enchufaron sus rasgos y preferencias por vía genética, qué le vamos a hacer. Nosotros somos el nicho ecológico donde el idiota mandón prospera. En todo caso, si quieres oír otras teorías, pregúntale a Chih –quiso terminar, pero la tos le cortó la frase.

—Anyway, eres un bobo. Cuando te electrofrutes no digas que no te advertí. You’d deserve it, rascal! Párate, ya nos vamos. Y no me tosas encima, Typhoyd Gerry. Mentira, Darl. Está genial tu teoría de idiotas mandones. Vamos.

PATENCIAS


Granito de tibio color naranja al sol del mediodía. Una fisura de manos se eleva a través: un relámpago negro que conduce, o es, donde nadie ha llegado jamás. Vas. A decir tu misa.

Una colina verde, de cima rocosa, con torbellinos que la neblina hace visibles: masas de aire caliente riñen contra la montaña, se deslizan hacia arriba, entrompan hacia lo más alto, y colgado de ellas subes hasta que se enfríen o cansen de ti. Se cansan.

A casi dieciocho mil pies de altura, una ladera hostil de nieve costra, blanca hasta lo perfecto,  que cede apenas al contacto de la rueda delantera de la bicicleta. Frenar es tan peligroso como rodar libremente cuesta abajo. Haces ambas cosas, abajo, abajo, hasta hoy.

Emprendes, a solas, cosas verticales como Soviet Supremo, Zarathustra, Astroboy, La Pirinola, Giannina. O te haces acompañar en agonismos: Apendicitis, Paternidad Responsable, Huevos de Acero, Munra. No mueres.

Lima-Huancayo en 3:48, en un Escarabajo VW de un cuarto de siglo, desprovisto de frenos. Pasas literalmente bajo un camión. Días después, regresas.

Desconocidos kilómetros en Santiago de Chile, 1972, caminando sin hacer ni una sola pregunta. Llegas a tu destino.

Media docena de heridos, rescates improbables, vidas cedidas y tomadas. Mucha sangre ajena sobre mi piel, en mi ropa, en mi navaja suiza.

Honda melancolía del taller. Horas, horas sentado en el banco de trabajo: quieto, pensando el futuro vacío. Década tras década.

Mi papá.

Foto: Alonso De Freyre

Mi papá, que vive, come fruta y se llama Enrique Prochazka: quizás para que yo aprenda a morir.


lunes, 22 de septiembre de 2014

TIERRA MEDIA... JODIDA


Dos activistas hobbits que iban a bordo de Bárbol fueron asesinados en el bosque de Fangorn, pese a haber pedido múltiples veces la protección de Gandalf y de Aragorn. Los elfos tampoco los ayudaron. Bárbol fue quemado hasta la raíz. Se comprueba que Fresno y Olmo habían vendido a su compañero; no se descarta que los Señores Enanos hayan estado comprometidos en el asunto.
  
Bilbo sale a la prensa a reclamar el robo de sus joyas, y a denunciar que el joven Frodo Bolsón ocupa su residencia sin haberle pagado lo ofrecido. Bilbo está en la calle, lo entrevistan en Frecuencia Latina, Álvarez lo imita, sale entrevistado por Gollum, se lanza a la alcaldía de Hobbitton.

Los elfos tratan de esconder que han descubierto un gran yacimiento de mithril debajo de Hobbiton. La cosa sale a la luz en un video via Palantir, donde, de otro lado, Saruman dice que Gandalf habría arreglado bajo la mesa con los enanos para persuadir a los hobbits de salir de allí.

El sano y sagrado vuelve al país a restablecer el orden, yeah!

Interrogado, Gandalf no encuentra mejor respuesta que contraatacar diciendo que  Saruman no tiene título de Mago ni de nada. En el programa de Gollum, Saruman le exige a cambio que salga del clóset. Los orcos toman La Parada.

Los enanos expulsan a los hobbits de Bree, al mismo tiempo que impulsan la candidatura de Bilbo frente a la de Frodo. En una batalla –la Curva del Diablo- cuarenta hobbits mueren aplastados por los caballos de Rohan, mientras que un centenar de Hobbits descuartiza a algunos hombres de Gondor que habían trabajado para un tal Trancos. El cadáver de Faramir nunca es encontrado, aunque testigos revelan que lo habría matado Sam. Frodo asegura que Sam tiene presunción de inocencia, y que él mismo Frodo -es la encarnación de la decencia y que pone la mano al fuego por él, aunque encuentran armas de orco en su vivienda. Se comprueba que Frodo apoyó el descuartizamiento de Faramir. Una revista sugiere que lo de boromir tampoco fue tan inocente, entonces. El Palantir muestra videíto de Elrond en tratos con el Señor Oscuro, en la célebre salita de Rivendel. Hablan de “ya tenemos un acuerdo con el Chato”.

Lo que pasa, revela Gollum desde la clandestinidad "es que los elfos está sacando droga al oeste en grandes cantidades, en sus barcos. Los piratas trabajan para ellos". Gollum aparece muerto junto con algunos orcos y un par de elfos, todos desnudos; habrían estado participando en una orgía. En un barco pirata encuentran selfies hot de la dama Galadriel y Arwen. Toda la Tierra Media compra copias de estas fotos. Se dice que son parte de las orgías que organiza Gandalf.  Arwen lo niega, escribe unos e-mail personales a Sauron, el Señor Oscuro, para hacer lobby para lograr que retiren esas fotos y, de paso, asegurar la inversión de sus amigos Enanos en Hobbitton.

Muchos sospechan que la Dama Arwen es, en realidad, quien da luz verde a todo en la Tierra Media. Aragorn no responde a la prensa cuando se le interroga sobre este punto. Se descubre que Aragorn era Trancos, salteador de caminos en los noventas. Habría matado a varias personas y luego sobornado a los testigos, y luego matado a los testigos que dieron marcha atrás en el soborno. 

Aragorn sigue sin decir nada. Pero continúa primero en las encuestas.

Son tiempos oscuros.




domingo, 4 de mayo de 2014

Cómo ser un embajador cultural peruano


Me voy a la FILBO en unos días. Llegaré al final, cuando estén desarmando el stand peruano y barriendo el aserrín tras la fiesta. Confío en que la estupenda organización no se decepcionará del tipo y cantidad de público que yo suelo arastrar. No tengo mucha idea de qué diré, pero encontré esta cosa / post que escribí a tramos hace más de un mes, y creo que partes de podría servirme. 



Tengo poco desarrollada (algunos dicen que dañada) la empatía. No me siento especial o notoriamente parte de ese vasto ‘nosotros’ circunscrito por las fronteras del Perú, y de esa manera oponer ‘nuestras’ características a los rasgos de un supuesto ‘ustedes’ (igual de problemático) me parece un ejercicio no sólo inviable sino enteramente imaginario, sin ninguna solidez real.

Esta caución tiene ventajas, como que evita la facilidad de las generalizaciones propias del racismo. Y  también el fácil insulto, las atribuciones de ragos a colectivos, los prejuicios y supuestos arquetipos, el ‘carácter nacional’. Así, no hay por qué suponer al ruso borracho, al judío tacaño, al inglés flemático o al brasileño festivo. Ni frígida a la sueca.

La única distinción que concedo, y que empleo, corta a la gente en dos tipos, basada en cierto rasgo (para mí indubitable) de su conciencia: las personas cuyo pensamiento conozco de manera directa, y las personas cuyo pensamiento infiero. En el primer grupo estoy, por ahora, sólo yo. En el segundo grupo están, por ahora, todos ustedes. Como digo, esta es una herramienta que evita provechosamente la tentación del prejuicio. Esta clasificación no me proporciona base suficiente para atribuirle características previas a este judío, a esta mamá (mi mamá), a esta negra, a este sueca (mi mujer), al chileno de allá (mi editor) a la diputada bantú, al médico búlgaro, al peluquero colombiano que trabaja en mi calle y que no, no es gay. De modo que me obliga a conocer algo más de las personas que quiero juzgar antes de juzgarlas, de quererlas. No odio a nadie de manera que me ahorro ese tramo del trabajo.

Se comprenderá entonces que desde este punto de vista los peruanos y los colombianos conforman grupos exactamente idénticos. Por cada genio de un lado del Putumayo hay otro del otro lado; por cada idiota, un idiota; cada escritora intimista, futbolista indisciplinado, abuela narcotraficante o político corrupto colombiano tiene su espejo en el Perú. Y en Bulgaria. Y en Trinidad y Tobago, Corea del Norte, Borneo y Alaska. Ponderar sus diferencias es trampear estadísticamente mediante el empleo de muestras no representativas. Porque contadas por millones –y por millones las estamos contando- las personas somos siempre muy semejantes. ¿Cuáles son, entonces, las diferencias si nuestras poblaciones se parecen tanto? La respuesta es matemáticamente simple. La varianza es mucho mayor dentro de cada grupo que entre los promedios de cada grupo. Los peruanos se diferencias más entre sí de lo que el promedio de ellos se diferencia del promedio de los colombianos, a su vez muy desemejantes entre sí. Se notará que yo no estoy muy interesado en percibir estas diferencias, menos aún en investigarlas, documentarlas, comentarlas. No soy un cronista. Tampoco soy muy hábil. Tengo poco desarrollada la empatía.

Lo mismo sucede entre hombres y mujeres. Aunque Steven Pinker ha mostrado multitud de metaestudios que en conjunto describen, ya si margen de duda, cómo cuando se trata de orientarse en la ciudad “las mujeres” recuerdan lugares y “los hombres” direcciones, cómo en promedio ellos se desempeñan tanto mejor en rotar mentalmente objetos tridimensionales en el espacio, hay algunas (de hecho, hay muchísimas) mujeres más competentes que algunos (de hecho, muchísimos) hombres en rotar mentalmente objetos tridimensionales en el espacio, o en recordar direcciones. Para cada ley general de diferencia entre hombres y mujeres, o de sabrosas diferencias culturales entre peruanos y colombianos, hay millones y millones de contraejemplos. Millones de contraejemplos. Eso debería disuadirnos. A mí me disuadió hace años. No es muy distinto lo que sucede con la comida peruana y mi ejemplo favorito, el huevo frito. Puesto que se cocina en el Perú, el huevo frito es comida peruana. Y pasa lo mismo con mis cuentos y novelas, que son huevos fritos literarios, pero como soy yo quien los fríe, no son menos literatura peruana que los cebiches fusión de Jeremías Gamboa o los suspiros a la limeña de Fernando Ampuero.



miércoles, 30 de abril de 2014

TRES VENTAS


Cuando éramos estudiantes en la PUC, un compañero filósofo, Franco G., famosamente saludaba a la gente preguntando “¿Qué vendes?”. Eran los ochentas.

Su pregunta encarna un modo de relación con el mundo que él ha hecho eficaz, funcional, filosófica en el sentido más puro. Franco hizo una brillante tesis sobre mística medieval y pasó a ser Gerente Comercial del Banco de Crédito.  Franco vende, y Franco compra algunas de las cosas que los demás venden. Y lo hace de lo más bien.

Todos compramos o vendemos, me explicaron, en esta plaza del mercado que es el mundo. Pero algunas filosofías consisten en su silencio, como alguna vez tuve que decirle a mi papá, creo. No son abundantes, pero son. Al paso de los años he comprobado que dos de los modos de relación con el mundo que más me seducen están encarnados por personajes que manifiestan una tensión difícil con las compraventas.

Dédalo coloca productos, pero no puede colocar sus productos. Dédalo desarrolla dos facetas. Primero es un pescador-artesano de las islas Cícladas, que fabrica estatuillas de madera o de piedra. 

El hecho evidente de que esas estatuillas son básicamente cilíndricas y de superficie lisa, aptas para ser insertadas en orificios femeninos, no ha sido suficientemente esclarecido. Así que, si se considera este ángulo, se verá que su oferta no es la demanda. Aunque ocasionalmente introduce uno de sus productos al mercado.

-¿Qué vendes? -le pregunta un filósofo de la PUC.
-Placer –responde, tras un largo rato de pensarlo. Y añade -bajo un compromiso, un pacto de silencio.

(No son los ochentas: es el siglo treinta y dos antes de Cristo.)

Por otro lado Dédalo es un hombre de servicios. Un consultor. Vende soluciones a Pasiphae, a Cócalo, a Minos. Diseña el proyecto y a veces tambié se lo encargan. Nunca entrega el producto tal como lo necesitaba el cliente, ni tampoco tal como él mismo lo concibió. Eso lo mete continuamente en líos. Una vez hizo una venta grande, pero la recompra era poco menos que imposible.
-¿Quién necesita laberintos? –se lamentaba.
-Lo que tienes que preguntarte –le replicó Atenea, fingiendo una habilidad para el mercadeo que en realidad disfrazaba lecturas de Camus- es quién tiene monstruos qué esconder.

Robinson Crusoe no actúa para los demás. Sus actos dejan de ser actos privados sólo de manera póstuma Y en el relato (huir de la isla con vida lo depoja de ser Robinson: por tanto, es sólo una forma menor de lo póstumo). Algún viernes Franco G. se encuentra con una huella en la playa. Levanta la vista, ve a este hombre hirsuto cubierto de pellejos de cabra y armado hasta los dientes.
-¿Qué vendes?

¿Qué vende, pues, Crusoe? Su desgaste. No su permanencia igual a sí mismo. No sus (muchas veces exitosos) esfuerzos de adecuación a su miserable circunstancia o de mejora de su espacio, de su mobiliario o de su alimentación. Lo que Robinson vende es el hecho de que, no importa cuán buenas o eficaces sean esas iniciativas, al final lo que queda es una inecuación: una pérdida neta, una sumaria inadecuación que hace que –la frase es de Cortázar- allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo.

Robinson vende entropía. La neta conciencia del neto descenso a la tumba. Y, como a Dédalo, nadie le compra. Y eso está bien.

Algunas filosofías consisten en su silencio, y este blog mío es casi perfecto para eso. Es el blog que Robinson escribe sobre cortezas que luego pierde.

O se le pudren.

O arroja al mar -sin links, sin RSS feed, sin botella.


sábado, 8 de marzo de 2014

GRAPH THEORY

Quizá, finalmente y como siempre, la solución consista en palabras. Las que tengo, no las que tuve. Las pocas que siguen aquí conmigo, redondas de tan usadas. Al perder aristas perdieron sus conectores y quizás eso es exactamente lo que yo he venido haciendo. O más bien, exactamente lo que yo deba hacer: desconectarme usándolas como herramienta. Perder mis aristas. Dejar de ser característico. No me da para ser ‘minuciosamente vil’: ni orino en cuclillas ni robo los dientes de oro de los cadáveres trajeados de blanco que dejan los parsis en mi torre. No, peor: soy descuidadamente vil -y ni siquiera me parezco siempre a mí mismo

No necesito un yo para constatar la nulidad comunicacional del lenguaje. Y viceversa, que es una cosa divertida de decir acerca de una proposición tan recargada de términos. Lo que a su vez muestra que el lenguaje puede ser nulo, pero cuando se tiempla como una cuerda tensa entre dos árboles puede ser divertido y sirve incluso para poner a secar los trajes blancos de los cadáveres que dejan los parsis, o la ropa recién lavada.

Y que, pues, de eso se trata. Divertir es verter algo de manera alternativa.

Las palabras se ensuciaron y hubo que lavarlas. Al sumergirlas en el crónico río perdí centenares de ellas, quizá algunos miles. Me he quedado con unas pocas que uso siempre y ya se sabe que un objeto redondeado por el estúpido fluir de los días permanece limpio, no acumula musgo. O eso dice el dicho.

Eso hago. Eso escribo. A falta de efervescencia mental y una apertura arquitectónica que se eleve hacia la lucidez, trato de concentrarme en un silencioso borboteo de palabras que explore –completamente sin método- el callejón sin salida hasta saber que él soy yo, y que yo no soy o nunca fui necesario para yuxtaponer (nunca articular) esas palabras ya empequeñecidas por mi uso. Queden allí como guijarros semánticos, sus significados reducidos, agotadas sus capacidades para hacerse lenguaje,  hacerme social y (sobre todo, sobre todo) hacerte saberlo.  








martes, 28 de enero de 2014

Nanotecnología: Business as unusual


En su origen, la palabra “manera” –modo o forma, en general de hacer las cosas- solía significar que las cosas que se hacían se hacían con las manos. Esto supone una noción bastante correcta del quehacer del artesano, y una aceptable metáfora de cómo fabricamos las cosas en la Edad Industrial. En ambos casos se opera sobre la materia, directamente o bien con herramientas (o instrumentos o máquinas) operadas por manos humanas. Durante sus doscientos años de existencia, la industria ha desarrollado y progresivamente optimizado una serie de procedimientos de extracción y refinamiento de materias primas, de procesamiento y formado adicional, de articulación y unión de las diversas partes con adhesivos, fibras o elementos sólidos, de acabados y empaque, de distribución y comercialización, y de transporte a la escala necesaria cuando algunas de estas etapas no suceden en el mismo lugar. Así se manufactura y se lleva al cliente un pantalón, un libro, un automóvil, un DVD.
Hemos  mencionado que los sistemas educativos del presente pueden ser eficazmente descritos en sus modos y formas, y en sus propósitos, bajo este esquema optimizado que busca y logra regularidad y predictibilidad, pero que se funda en la continua confianza del cliente en el resultado (el alumno educado).  Sin embargo, veremos que de un lado la industria está camino a –¿en riesgo de?- sufrir una revolución mayor que la que la fundó a inicios del siglo XIX; y que de otro, a medida que nuestra vieja manera de hacer las cosas atraviesa la crisis descrita, la educación necesita transformarse también,  ganar la confianza de una ‘clientela’ profundamente diferente de la que solía satisfacer.

La nanotecnología se basa en la idea de que si podemos llevar nuestra ‘manera de hacer las cosas’ (traslado, manipulación, etc.) al nivel atómico, podremos desarrollar materiales y productos con propiedades extraordinarias. La técnica para hacerlo lleva lustros en desarrollo. Hoy hace casi un cuarto de siglo que Donald Eigler acomodó, uno por uno, treinta y cinco átomos de xenón en una lámina de níquel ultraenfriado para formar las letras ‘IBM’[1]. Desde entonces las herramientas de lo diminuto han prosperado y la presencia de la nanotecnología en nuestra vida diaria no ha hecho sino aumentar. Un conteo en línea muestra en este momento más de mil seiscientos[2] productos de consumo en el mercado accesibles para cualquiera, incluyendo pantalones inarrugables hechos en México y extensiones para el cabello fabricadas en Lituania. Se habla de nano-arte, nano-origami[3] y, con cierto grado de preocupación, de nano-fábricas.
El concepto aún teórico de ‘nanofábrica’ refiere a un artefacto programable que emplea materia prima fácilmente accesible (tierra de jardín y aire bastan como proveedores de hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, sílice, carbono, aluminio, etc.) para construir, por agregación controlada de átomos y con fidelidad absoluta, cualquier producto cuya descripción atómica se le suministre. Esencialmente, es una impresora de materia que asume la manufactura como un tema computacional: el ordenamiento atómico que realiza es manejo aplicado de información. Desde luego, ya existen impresoras 3-D comerciales desde poco más de 500 dólares la unidad[4], que se pueden emplear para fabricar armas de fuego caseras[5] o, en las más sofisticadas, se emplea una bio-tinta para imprimir partes humanas[6]. La nanofábrica puede, por ejemplo, imprimir a muy bajo costo rollos de paneles solares (con lo que asegura su propia fuente de energía) pero da una vuelta de tuerca adicional: es capaz de imprimir una copia de sí misma. O muchas (ya se han impreso impresoras 3D con impresoras 3D). Si, como se anticipa, los costos de fabricación en nanofábricas serían esencialmente los de la materia prima y la energía –casi nulos en ambos casos- estamos ante una tecnología potencialmente capaz de sacudir todo nuestro ordenamiento económico.
En efecto, el precio de las cosas en el mercado está dado por cuán escasas son y por cuánto cuesta producirlas. Una economía que incorpore nanofábricas autocopiantes que reduzcan a casi nada los costos de producción tendría que enfrentar algo que ninguna economía ha siquiera concebido antes: el fin de la escasez. Sin ella, salarios, tarifas, en muchos casos transporte[7], dejan de tener sentido. Restará en la ‘industria’ así tranformada un cierto espacio para la investigación y el diseño, pero incluso eso es posible tercerizarlo a procesos de cómputo (véase más adelante). Un número de sombras oscurecen este panorama. Una crisis económica difícilmente concebible, la democratización de la violencia, un estado policial capaz de vigilar el aire que respiramos y nuestras entrañas… sin embargo, quizá estas sombras surgen de la costumbre de juzgar el futuro según las nociones, normas y temores del pasado, y el modo como esta tecnología radical reconstruya nuestra manera de hacer las cosas exija y logre de nosotros enfoques éticos, legales e institucionales completamente novedosos.



[2] http://www.nanotechproject.org/cpi/. Cifra obtenida el 28/1/14.
[3] http://video.mit.edu/watch/nano-origami-9817/. Si bien lo que muestra este video del MIT no es estrictamente ‘nano’ sino microtecnología, la articulación magnética de superficies mostrada se está empleando para fabricar y volar microdrones como el Mobee: http://www.youtube.com/watch?v=VxSs1kGZQqc.
[4] Una búsqueda Google da 14 millones de resultados. Véase p. ej.: http://store.makerbot.com/replicator-mini
[7] Tanto Amazon como Google han adquirido recientemente empresas de fabricación de robots aéreos (drones) para entrega de sus productos a la puerta (o ventana) geo-referenciada del cliente. China no se queda atrás.