Molesto con el texto, y mientras intentaba hacer un post sobre René Descartes y Hugo Garavito, que descanse en paz, hice un esfuerzo por leer el interlineado de lo que está sucediendo en Perú (vamos,en el Cercado de Lima) en estos días. Pero el interlineado es muy chiquito y yo soy miope. Igual, me voy a meter un poco en esto, ahora que a unas cuadras de aquí han otorgado el premio Nóbel a otro pata que no conozco pero que es igualito al Charlton Heston de from my dead, cold hands.
Primero, diré que a la busqueda de Rómulo León Alegría ni siquiera hay que esforzarse para darle la forma del célebre rastrillaje de Montesinos por Fuji en Chaclacayo, pues de suyo ya la tiene. O, como dice un comment que he leido por ahí, se parece más todavía a la de Polay & Co. del Castro Castro, por aquel túnel, digamos, anchadito, facilitado.
Demasiado ostensiblemente, se nos ha demostrado que García está enojado con Rómulo, que “no puede verlo”. Es verdad, dicen todos, así eran las cosas ya antes de esto. Pero yo no creo que sea sólo porque era corrupto. Creo que AGP no lo quiere cerca porque ya sabìa que Rómulo era un corrupto torpe, llamativo, un jettatore que atrae mucha luz para las Grandes Operaciones. ¿Quién sabe? Yo creo que Hernán, por ejemplo, sabe.
En El Comercio de hoy, Juan Paredes Castro admite que chuponear no está bien, pero que ayuda a ventilar verdades. O sea que no pero sí. Verdades que deberían ventilarse de otras maneras, tan ventiladas que al final no tendrían que suceder. Su texto es una advertencia y una hoja de ruta para AGP y cualquiera que venga despues, sin olvidar un lapo al Congreso este cuya sinvergüencería (que no se desvía ni un ápice del estándar, digo yo) tiene aparentemente hartos a todos los rasgavestiduras de siempre. Es decir, releyendo a Paredes Castro (esos no son apellidos, son toda una fortificación): “Tenemos un as en la manga, un as jodido que es un sistema informal de control del poder, un arma de destrucción masiva que excede a las armas convencionales de las que suele disponer el periodismo usual. No queremos usarla, pero no nos tiembla la mano”. O más bien, "ya dejó de temblar la de Alejandro y ahora está (más o menos) firme en la de Paco”.
Más o menos firme. Difícil responsabilidad, jodidos compromisos... Deben haber pasado varias noches dificiles allá en el Jirón Miró Quesada. Pregunta: ¿calcularon o no calcularon la coincidencia con la crisis mundial de la bolsa, con la sensación de que "a nosotros no nos afectará tanto" que nos ofrecía AGP? Creo que lo venían postergando meses y cuando ya habían decidido soltarlo aquello otro estalló y no pudieron más.
Y mientras que desde la otra puerta Alvarez Rodrich le baja el dedo con roche, en EC el tratamiento de la noticia de la frustradas presentación y persecución se endurece contra el todavía Premier Del Castillo y el still Ministro del Interior, Alva Castro –a quien Del Castillo obviamente no controla, cosa que le están recordando ahora más frontalmente que antes.
Así, jugando en pared con Paredes, el tibión editorial de EC hoy puede leerse como lo que quiere parecer, una serie de recomendaciones de buen sentido… o como lo que es, una educada lista de órdenes, o al menos la parte maximalista de los términos duros de una negociación, que incluye una oferta de alianza a Palacio. Supongo que AGP estará tentado de aceptarla. Or, else.
No pretendo conocer mejor la realidad politica que la direccion de EC (yo, imagínense) pero creo que –al margen de cualquier cosa que conserven bajo esa manga, y seguro que la tienen- sobrevaloran su capacidad de enforcement. Ninguna presion ética o económica, ni siquiera la amenaza de la fuerza (que no digo que esté siendo convocada: no lo está) puede obligar a un discapacitado a ejercer la capacidad que no tiene. Y el Congreso simplemente no puede portarse como se le pide. Desde luego que no lo hará. Los otorongos no perderán la oportunidad de disfrazarse de catones, de exhibir como ratas a los ministros -sólo porque los ministros suelen tener la oportunidad cotidiana de embolsicarse cifras con dos o tres ceros más que ellos. Piconería, principalmente. Lo cual nos deja con la pregunta de qué hará EC al respecto, con el calor que siente bajo la manga.
Ayer Lourdes reclamaba que “el Consejo de Ministros debería estar presidido por una persona que inspire confianza por su conducta ética y brinde solvencia en materia económica.” Richard Webb, sugirió: en ese largo esfuerzo para salir de la piscina que la entretiene desde hace semanas. Pero hoy La República ve premieres hasta en la sopa y no menciona a Richard. Evidentemente, postula a Yehude y cuela a Meche. Por presión de... Meche, vamos, qué duda cabe. ¿Meche al premierato? No, no conjuga. ¿Para qué?
Mención curiosa en este chongo: la de OEI. Tengo a Ignacio López Soria por persona honesta, si bien no ajena a los roces y rodillazos bajo el cinturón de la política de los organismos internacionales, que le he visto dar y recibir. En cuanto al procedimiento para preparar y presentar un borrador de convenio, el sugerido por ILS es el estándar: hay decenas de esos convenios dando vueltas por los ministerios y es cosa de copiar uno general y añadirle lo especifico; yo mismo lo he hecho más de una vez. Pero ¿da eso para controlar el destino del la licitación? Creo que no; hace falta mucho más. Por tanto, ¿quién es el “Jordi” al que había que nombrar? La OEI suele salvar a ministros lentejas de procesos de compra que se caen –por un precio, claro- pero no es tan fácil saltarse a CONSUCODE.
O bien yo, felizmente, nunca aprendí a hacerlo y por eso salí bien parado de la función pública, con mi Escarabajo VW.
Mi polo que decía YO♥SNIP sigue por ahí, veré si lo encuentro. Y ojalá no tenga que volver a hablar sobre esto. Ni sobre el Charlton Heston cold hands nóbel.
Ojalá no tenga que volver a hablar sobre nada.
viernes, 10 de octubre de 2008
miércoles, 17 de septiembre de 2008
Descubrimiento
Acabo de entender lo que pasa con mi vida. Cada mañana despierto en otro año y en otro sitio. Todos los días: desde siempre.
A veces me despierto y tengo que ir al colegio y no encuentro mis cuadernos ni mi libro de biología ni mi maletín de lino porque anoche yo era un importante funcionario en el Ministerio y tenía que revisar unos presupuestos y me acosté tarde y estaba muy cansado y no sé dónde dejé todo.
Despierto acostado con B cuando anoche estaba enamoradísimo de A. Al día siguiente B no existe aún, pero A ya me detesta. Es confuso: sé que algunas veces he intentado comprobar estos sentimientos por teléfono y he obtenido por respuesta a veces reencuentros, más frecuentemente grandes imprecaciones… y a veces más grandes reencuentros que no ayudan a entender lo que verdaderamente está pasando, y que ahora, finalmente, he descubierto.
A veces despierto siendo un viejo y no me acuerdo de nada y es porque el día anterior era un niño que lo sabía todo. A veces despierto singularmente sobrio después de una borrachera con la que me aturdí veinte años atrás. A veces me acuesto adolescente y rabioso y amanezco consultor que debe ir a la oficina, y entonces el documento del proyecto que tengo que redactar esa mañana se va al cuerno y escribo un poema cosmogónico apto para 1976. A veces despierto colgado de una pared a doscientos metros del suelo cuando anoche era un señor cargado de hijos que hace muchos años que no entrena, y no tienen idea de lo que hay que hacer entonces para salir con vida de eso.
Esto ha sido muy confuso, hasta que en algún momento -como estrategia de supervivencia, supongo- aprendí a actuar como que todo es muy normal y a poner cara de que las cosas en verdad no son de esa manera, sino que mis días van en el orden que sugieren los almanaques. Recién ahora me he dado cuenta de la verdad: que vivo a saltos a ciegas en un calendario agujereado.
A veces me despierto y tengo que ir al colegio y no encuentro mis cuadernos ni mi libro de biología ni mi maletín de lino porque anoche yo era un importante funcionario en el Ministerio y tenía que revisar unos presupuestos y me acosté tarde y estaba muy cansado y no sé dónde dejé todo.
Despierto acostado con B cuando anoche estaba enamoradísimo de A. Al día siguiente B no existe aún, pero A ya me detesta. Es confuso: sé que algunas veces he intentado comprobar estos sentimientos por teléfono y he obtenido por respuesta a veces reencuentros, más frecuentemente grandes imprecaciones… y a veces más grandes reencuentros que no ayudan a entender lo que verdaderamente está pasando, y que ahora, finalmente, he descubierto.
A veces despierto siendo un viejo y no me acuerdo de nada y es porque el día anterior era un niño que lo sabía todo. A veces despierto singularmente sobrio después de una borrachera con la que me aturdí veinte años atrás. A veces me acuesto adolescente y rabioso y amanezco consultor que debe ir a la oficina, y entonces el documento del proyecto que tengo que redactar esa mañana se va al cuerno y escribo un poema cosmogónico apto para 1976. A veces despierto colgado de una pared a doscientos metros del suelo cuando anoche era un señor cargado de hijos que hace muchos años que no entrena, y no tienen idea de lo que hay que hacer entonces para salir con vida de eso.
Esto ha sido muy confuso, hasta que en algún momento -como estrategia de supervivencia, supongo- aprendí a actuar como que todo es muy normal y a poner cara de que las cosas en verdad no son de esa manera, sino que mis días van en el orden que sugieren los almanaques. Recién ahora me he dado cuenta de la verdad: que vivo a saltos a ciegas en un calendario agujereado.
lunes, 8 de septiembre de 2008
El fin de la historia y el último cholo
DEL INSULTO COMO CHOLEO Y VICEVERSA
¿Han sido o son discriminados Tanaka o Twanama? Probablemente sí. ¿Nugent, Bruce? Quizá. En cuanto a mí, yo nunca me he sentido “ninguneado”, probablemente (supongo, pero espero refutación) porque nadie se atreve a hacerlo, pero es mucho más probable que muchos lo hagan y yo simplemente no lo entienda. En todos los casos ha de haberse tratado de un ninguneo sin consecuencias prácticas.
Semanas atrás, de un puñetazo, le abollé a una señora la puerta de su flamante Nissan AD. Supongo que llamó a la policía y quizá a un canal de TV –había un crew filmándome frente a mi garaje, cuando abordaba mi auto la siguiente mañana. Al margen de la anécdota y de sus consecuencias inciviles o penales, lo que me pregunto es qué estaba expresando yo con ese golpe (aparte de la furia de haber sido atropellado). He llegado a que se trataba, en efecto, de una búsqueda de reconocimiento, un “no te puedes jugar así no más conmigo”. Tampoco puedes, desde luego, atropellarme impunemente con tu Nissan AD cuando voy en mi bicicleta y tengo derecho de paso. Pero no sé si cabe llamar a esto una reacción al ninguneo. Quizá lo sea al insulto que ella propuso, imprecación que, por cierto, no contenía ni un ápice de racismo.
Siento que me excluye de las teorías vigentes acerca del racismo el hecho de que cuando se discute el tema se lo ejemplifique con insultos. Para que una persona insulte a otra ni siquiera necesita ser racista. Sólo necesita estar enojada, haber perdido el control, y probablemente ser en general poco inteligente. Yo difícilmente insulto, por lo que, bajo esos modelos de análisis, me resulta difícil saber si soy o no racista. Tiendo a pensar que no lo soy. JAMÁS he gritado ni dicho ni insinuado ni pensado siquiera “cholo de mierda”. Hasta me ha costado un montón escribirlo, ahorita... No lo necesito, no me alivia, no me sirve, y además no me suena. Prefiero otras formas de expresión, y eventualmente facetas más ingeniosas del desdén. Ya he mostrado una, pero responder una agresión con otra no es siempre lo más estético. Ofrezco un mejor ejemplo.
Cierta vez, conduciendo mi automóvil en uno de los barrios más privados de Lima, me topé frente a frente con otro vehículo en una calle de doble sentido que tenía cerrado uno de sus carriles por la morosidad de algún sedapal. El carril que estaba abierto era el mío. Deceleré apenas, confiando en que “el otro” respetaría la norma que concede el derecho de paso al que está en el carril abierto, en este caso, a mí. Pero “el otro” aprovechó este gesto de prudencia para meterse criollamente al largo y estrecho callejón al cual, para decir verdades, yo también había ingresado ya. Así que tras sendos frenazos nos encontramos frente a frente: uno de los dos tendría que retroceder. Yo miré a la cara del conductor del otro vehículo, y me reí de él de buena gana. Sólo había una manera de tratar a alguien así. Apagué el motor, abrí la puerta de mi automóvil y bajé con el arma más contundente que había a mano: un delgado ejemplar de La Gaya Ciencia que había en la guantera. Con el librito en la mano, me encaramé sobre mi propio vehículo, puse la espalda contra el parabrisas, crucé las piernas y me puse a leer ostensiblemente a Nietzsche. Yo no tenía prisa, pero tampoco ganas de insultar a nadie en función a su color de piel, a pesar de su evidente incapacidad para la convivencia civilizada. En verdad ni siquiera deseaba hablar con esa persona: quería que se fuera. Añádase a esto el hecho de que mi auto era (sigue siendo) un Escarabajo VW muy maltrecho, de tres honorables décadas de edad y sin un lavado reciente, y que el otro era una Mitsubishi Montero 4x4 nuevecita, plateada, cuya luz direccional trasera izquierda probablemente costaba más que el total de mi vehículo. El pata soportó un rato la opresión del absurdo, luego pronunció algunas sílabas con su boca, presumiblemente, y se marchó en retroceso. También pudo haberme disparado o pasado por encima.
Yo no choleo. Tampoco creo que un imbécil con 4x4 que cree que todo Camacho es suyo deba motivarme a denostar a toda la raza dizque “caucásica”. Prefiero burlarme de él, enrostrarle sus contradicciones. No las de “ellos”: las de él, suyas e indivisibles.
¿Han sido o son discriminados Tanaka o Twanama? Probablemente sí. ¿Nugent, Bruce? Quizá. En cuanto a mí, yo nunca me he sentido “ninguneado”, probablemente (supongo, pero espero refutación) porque nadie se atreve a hacerlo, pero es mucho más probable que muchos lo hagan y yo simplemente no lo entienda. En todos los casos ha de haberse tratado de un ninguneo sin consecuencias prácticas.
Semanas atrás, de un puñetazo, le abollé a una señora la puerta de su flamante Nissan AD. Supongo que llamó a la policía y quizá a un canal de TV –había un crew filmándome frente a mi garaje, cuando abordaba mi auto la siguiente mañana. Al margen de la anécdota y de sus consecuencias inciviles o penales, lo que me pregunto es qué estaba expresando yo con ese golpe (aparte de la furia de haber sido atropellado). He llegado a que se trataba, en efecto, de una búsqueda de reconocimiento, un “no te puedes jugar así no más conmigo”. Tampoco puedes, desde luego, atropellarme impunemente con tu Nissan AD cuando voy en mi bicicleta y tengo derecho de paso. Pero no sé si cabe llamar a esto una reacción al ninguneo. Quizá lo sea al insulto que ella propuso, imprecación que, por cierto, no contenía ni un ápice de racismo.
Siento que me excluye de las teorías vigentes acerca del racismo el hecho de que cuando se discute el tema se lo ejemplifique con insultos. Para que una persona insulte a otra ni siquiera necesita ser racista. Sólo necesita estar enojada, haber perdido el control, y probablemente ser en general poco inteligente. Yo difícilmente insulto, por lo que, bajo esos modelos de análisis, me resulta difícil saber si soy o no racista. Tiendo a pensar que no lo soy. JAMÁS he gritado ni dicho ni insinuado ni pensado siquiera “cholo de mierda”. Hasta me ha costado un montón escribirlo, ahorita... No lo necesito, no me alivia, no me sirve, y además no me suena. Prefiero otras formas de expresión, y eventualmente facetas más ingeniosas del desdén. Ya he mostrado una, pero responder una agresión con otra no es siempre lo más estético. Ofrezco un mejor ejemplo.
Cierta vez, conduciendo mi automóvil en uno de los barrios más privados de Lima, me topé frente a frente con otro vehículo en una calle de doble sentido que tenía cerrado uno de sus carriles por la morosidad de algún sedapal. El carril que estaba abierto era el mío. Deceleré apenas, confiando en que “el otro” respetaría la norma que concede el derecho de paso al que está en el carril abierto, en este caso, a mí. Pero “el otro” aprovechó este gesto de prudencia para meterse criollamente al largo y estrecho callejón al cual, para decir verdades, yo también había ingresado ya. Así que tras sendos frenazos nos encontramos frente a frente: uno de los dos tendría que retroceder. Yo miré a la cara del conductor del otro vehículo, y me reí de él de buena gana. Sólo había una manera de tratar a alguien así. Apagué el motor, abrí la puerta de mi automóvil y bajé con el arma más contundente que había a mano: un delgado ejemplar de La Gaya Ciencia que había en la guantera. Con el librito en la mano, me encaramé sobre mi propio vehículo, puse la espalda contra el parabrisas, crucé las piernas y me puse a leer ostensiblemente a Nietzsche. Yo no tenía prisa, pero tampoco ganas de insultar a nadie en función a su color de piel, a pesar de su evidente incapacidad para la convivencia civilizada. En verdad ni siquiera deseaba hablar con esa persona: quería que se fuera. Añádase a esto el hecho de que mi auto era (sigue siendo) un Escarabajo VW muy maltrecho, de tres honorables décadas de edad y sin un lavado reciente, y que el otro era una Mitsubishi Montero 4x4 nuevecita, plateada, cuya luz direccional trasera izquierda probablemente costaba más que el total de mi vehículo. El pata soportó un rato la opresión del absurdo, luego pronunció algunas sílabas con su boca, presumiblemente, y se marchó en retroceso. También pudo haberme disparado o pasado por encima.
Yo no choleo. Tampoco creo que un imbécil con 4x4 que cree que todo Camacho es suyo deba motivarme a denostar a toda la raza dizque “caucásica”. Prefiero burlarme de él, enrostrarle sus contradicciones. No las de “ellos”: las de él, suyas e indivisibles.
lunes, 1 de septiembre de 2008
Presentación de EL CÍRCULO BLUM
El año pasado, en una banca de la tranquila y blanca placita de Cayma, en Arequipa -junto a un perro flaco que me sonreía y que terminé por creer que era parte del libro- leí EL CÍRCULO BLUM, de Lucho Zúñiga. Semanas más tarde tuve la oportunidad de hablar en su presentación, invitado por el autor y por Borrador Editores. Lamentablemente el documento se me extravió al rato y recién hoy lo he encontrado rebuscando en un disco duro ajeno. He aquí el texto que leí esa noche.
Volteando a mirar en círculos
En dos diferentes momentos de mi vida he dirigido revistas de deportes de aventura. Tratando de corregir las penurias de esa tarea ingrata, leía editoriales de revistas más logradas publicadas en el extranjero. En una de ellas di con esta descorazonada frase: “el periodismo escrito de deporte de aventura es gente que no sabe escribir entrevistando a gente que no sabe hablar para gente que no sabe leer”.
Más tarde me ha parecido que este es también el emblema de algunos escritores peruanos, entre los que me incluyo. Gente que no sabe escribir, permítanme precisar, profesionalmente: porque la literatura no es el oficio para el cual nos adiestró la universidad. El absurdo juego de esta cohorte de no-escritores es escribir para un no-público, para un público que no lee, para jóvenes adultos que votan sin informarse, para maestros de matemáticas que ignoran el procedimiento que hay que seguir para hacer regla de tres. Y sin embargo algunos autores escribimos para formar parte de ese juego secreto y, pues, a veces inútil, y metemos mensajes en botellas y la arrojamos a nuestro pequeño mar de lectores y esperamos, confiando en que algo sucederá.
Ahora bien, parece que algo está sucediendo. Mi primera ojeada a El Círculo Blum me produjo la incómoda sensación de que hace ya algún tiempo yo escribía este tipo de cosas, pero que me daba pudor revelarlo. Pasaron 20 años hasta que me atreví a publicarlas. Entre nosotros, por entonces –inicios de los ochenta- el relato fantástico, autoreferente, libresco no estaba maduro; el público lo estaba menos aún para dirigir la mirada a algo que no fuera el malditismo urbano que empezaba a desesperarse de cien años de indigenismos. Ahora las cosas vienen cambiando y quiero creer que en algo contribuí a su actual posibilidad; que tal es el papel que se me ha pedido que desempeñe en esta presentación.
Mi interés inicial con El Círculo Blum tuvo que ver, en primer lugar, con la proposición de que la historia que allí se narra interactúa con (lo que es más que decir que “contiene”) una logia o sociedad secreta: afanosa, como todas, por hacerse conocer. Esto me recordó a las cofradías que inventaba o fundaba el mago y ocultista inglés Aleister Crowley a fines del XIX, cofradías que pronto se veían refutadas –pantáculos y azufre de por medio- con otras contrarias que también inventaba el mismo Crowley bajo otro nombre.
Mi segundo interés fue despertado por el hecho de que la mecánica celeste intervenía en la anécdota, mediante la proporción de un famoso eclipse solar, el más largo en los últimos siglos. La celeste es la más predecible de las mecánicas, una con la que uno no puede darse el lujo de trastear y equivocarse. Me pregunté: ¿forzaría Lucho Zúñiga, el autor, el universo esperable? Di en mirar las especificaciones del eclipse del 8 de junio de 1937 –incluidas en el libro- con una lupa, en busca de su duración, de la hora en la que se lo observó en la costa sur del Perú, de la altura del sol sobre el horizonte, etc. Y luego estudié la foto de la p. 119, tomada con el coronógrafo solar del Observatorio Naval de los EEUU, en busca de la más mínima discrepancia con lo anterior. Debo decir que no las encontré. En un sistema de vigilancias uno nunca sabe qué vigilar; la actitud que suscita en el lector avisado recuerda a la que se tiene frente a El Hombre que fue Jueves, de Chesterton, y quizá más a la que despierta El Péndulo de Foucault, de Umberto Eco. En una palabra, demasiada sospecha: convocada por la convicción de que el autor está divirtiéndose a nuestras costas.
Y a medida avancé la lectura descubrí que se daban otras coincidencias. El poema de 42 versos que inspira el libro y el poemario de 42 poemas oculto a su sombra me recordaron a un extraño encargo que había recibido semanas atrás. Una editorial española me pidió escribir una versión más de Romeo y Julieta. En la tragedia original, 42 horas es lo que dura el envenenamiento de Julieta. Yo había escogido "42" como la cifra clave de la que hice depender a mis propios trágicos personajes, y andaba rastreando alusiones a esa cifra en la litaratura. Por supuesto, 42 era la desternillante Respuesta a La Pregunta Universal en la novela más conocida de Douglas Adams. Y de pronto, abría este pequeño libro y allí estaba, sin más, el número que yo estaba cazando.
Pero encontré en el libro aún más temas que me son o han sido cercanos, como colocar como epígrafe la frase de uno de los personajes de la misma historia que se narra: Henriette Blum en este caso, o de razonar las copiosas historias entrecruzadas de migrantes y colonos europeos en las selvas del Perú, o discurrir de metafísica con motivo de un naufragio, o argüir personajes empotrados, enquistados en versiones menores de sí mismos como desbordadas muñecas rusas, lo que se presta para trabajar emociones y tragedias a escala, como hace Zúñiga en el magnífico cuento “Los insectos” incluido en el libro como un relato de “Karol Blum”, y que contiene a mi entender la mejor prosa del libro, para no mencionar la exactitud de las descripciones, anatómicamente correctas, del aparato circulatorio de la cucaracha.
Todo esto me lleva a indagar por la personalidad de Lucho Zúñiga. Creo que él también es parte de esta cofradía de no-escritores que escribimos para un no-público, a la espera de un cambio. Hay –revisada en la trama- un disloque entre no-aceptación y éxito editorial. El juego se plantea siempre. La mecánica celeste es una anécdota inicial, apenas si seminal: pero bien podría haberse tratado de otra cosa. Porque, anécdotas y trama aparte, no puedo dejar de contemplar con cercanía y solidaridad a un joven escritor que (como yo mismo, incitado a la lectura por hermanos mayores) en lugar de publicar sus palotes y páginas iniciales las guarda, las acrecienta, las tacha, las reescribe y las rumia durante muchos años. Este trabajo se deja ver. He tenido oportunidad de leer (de mirar y de leer de subida y de bajada) el Poema en forma de escalera, de los célebres 42 versos, y lo encuentro muy valioso en sí mismo, un caligrama que no desentonaría en un libro de Eielson o de Oquendo de Amat, aunque el tono y el contenido sean muy diferentes a los de estos dos poetas.
Dice Lucho que discrepa de lo metaliterario como etiqueta. Apruebo ese recaudo, puesto que el adjetivo se aplica ahora a tantas cosas y tan diversas que probablemente no significa nada. Lo que puedo decir es, si cabe, contrario a esa noticia: Lucho Zúñiga, contador de profesión, está probablemente más permeado de realidad que muchos de sus contemporáneos que leen poco más que literatura. Se trata de cultivar ese indeleble vínculo con la realidad que he visto y comentado en otros autores de su generación, como por ejemplo en Augusto Effio y sus Lecciones de Origami.
Esta presencia de un escritor que algo trama me ha distanciado de la experiencia del lector, y me ha condenado a tratar de mirar las costuras de su historia. Me pregunté, a mitad del libro: ¿por qué sigo leyendo? ¿Acaso me ha capturado la trama? Deduje que no; resolví que me interesaba la mecánica, la arquitectura en movimiento que nos ofrecía –tramposamente- Lucho, y el móvil destino al que parecía conducir a sus personajes. Yo quería saber qué era lo siguiente que iba a hacer no el personaje, sino Zúñiga. Y lo siguiente que hacía, a cada rato, era arruinar mis conjeturas. Lo felicito por eso.
Zúñiga narra con seguridad. Hace cosas que disfruto ver en un narrador: sabe a donde va. Vigila los elementos que pone en juego. Atiende sus resonancias posteriores. Y tiene varias frases verdaderamente inteligentes: algunos escritores consagrados nunca rozan en sus párrafos la lucidez que expresa Zúñiga aquí y allá, en tres o cuatro líneas. Le toca a él identificarlas, evitar la dureza a la que a veces obliga al texto su raíz esquemática, su origen en un plano, un blueprint… Lucho muestra pericia en el manejo de las herramientas narrativas y audacia en la invención, pero pienso que todavía puede esconder mejor esas costuras. A menos que me las esté mostrando para llevarme a error… Pero entonces ya estoy sospechando otra vez en demasía.
Debo decir que la sección denominada "Cronología" me ha parecido árida, en comparación con los puntos más altos del libro: cuesta seguir la pista de su justificación, aunque uno pude confiar en que seguramente lo harán futuras relecturas o las secuelas que sin duda la verificarán y falsearán. No en vano la voz que nos guía a lo largo del relato afirma que esta cronología es la parte más importante de la producción de la logia secreta. Lo mismo puedo decir de las pocas hilachas que se nos ofrecen acerca de los llamados Mundo de Ruth y Mundo de Horacio. ¿Para qué están allí? Me cuesta menos suponer que están para algo, que la posibilidad de que sean meramente unas líneas que Zúñiga olvidó tachar.
Leer este libro es a la vez muy fácil –es corto, aunque excede las 40 páginas que un sobrino le propuso al autor como límite de su interés- y es también un reto, una pequeña aventura intelectual, un juego de espejos en el cual marearse es siempre una posibilidad.
Y cero que es imprescindible decir unas palabras acerca de la participación, o complicidad, de Borrador Editores. Con el fin de conocernos mejor me invitaron a una reunión en un café, encuentro en el que todos fueron muy amables... prueba quizá porque se trataba de actores cumpliendo rigurosamente un papel. (Lo que tenemos es obviamente resultado de un trabajo conjunto: el texto, la carátula, la foto de la tapa –con la que curiosamente no contamos, y el enigma final no resuelto.) Caí en la cuenta de que los autores (pues incluyo en este colectivo no sólo a Zúñiga, sino a los intrigantes miembros de esta pequeña y joven editorial) pretendían imponer este círculo a la realidad. Sin duda ya empezaron a hacerlo.
La referencia inevitable es, desde luego, el cuento borgiano Orbis Tertius, Tlön, Uqbar. Frases enteras de aquel relato convienen puntualmente a la descripción de los propósitos y veleidades de El Círculo Blum. Ofrezco algunas: Borges habla de Johannes Valentinus Andreä, “un teólogo alemán que a principios del siglo XVII describió la imaginaria comunidad de la Rosa-Cruz – que otros luego fundaron, a imitación de lo prefigurado por él”. También vuelve Borges personaje a Alfonso Reyes, quien supuestamente “harto de esas fatigas subalternas de índole policial, propone que entre todos acometamos la obra de reconstruir los muchos y macizos tomos que faltan: de las uñas el león. Calcula, entre bromas y veras, que una generación de tlönistas podría bastar.”
De esta misma manera, Borrador Editores es un personaje de la novela de Zúñiga. El libro mismo, el libro físico que ustedes pueden comprar en la mesa de la entrada, es un personaje de la novela; es un hrön al estilo de los objetos que Borges impone en ese relato suyo. No en vano dentro de la novela hay un cuento que es su propio, asombroso personaje. Conjeturo que en un círculo aún más ancho, el Círculo Blum somos los peruanos, somos los jugadores de ese formidable juego de rol que es nuestro país. Y hace siglos escribimos este gran libro sólo para jugar el juego.
Muchas gracias.
Volteando a mirar en círculos
En dos diferentes momentos de mi vida he dirigido revistas de deportes de aventura. Tratando de corregir las penurias de esa tarea ingrata, leía editoriales de revistas más logradas publicadas en el extranjero. En una de ellas di con esta descorazonada frase: “el periodismo escrito de deporte de aventura es gente que no sabe escribir entrevistando a gente que no sabe hablar para gente que no sabe leer”.
Más tarde me ha parecido que este es también el emblema de algunos escritores peruanos, entre los que me incluyo. Gente que no sabe escribir, permítanme precisar, profesionalmente: porque la literatura no es el oficio para el cual nos adiestró la universidad. El absurdo juego de esta cohorte de no-escritores es escribir para un no-público, para un público que no lee, para jóvenes adultos que votan sin informarse, para maestros de matemáticas que ignoran el procedimiento que hay que seguir para hacer regla de tres. Y sin embargo algunos autores escribimos para formar parte de ese juego secreto y, pues, a veces inútil, y metemos mensajes en botellas y la arrojamos a nuestro pequeño mar de lectores y esperamos, confiando en que algo sucederá.
Ahora bien, parece que algo está sucediendo. Mi primera ojeada a El Círculo Blum me produjo la incómoda sensación de que hace ya algún tiempo yo escribía este tipo de cosas, pero que me daba pudor revelarlo. Pasaron 20 años hasta que me atreví a publicarlas. Entre nosotros, por entonces –inicios de los ochenta- el relato fantástico, autoreferente, libresco no estaba maduro; el público lo estaba menos aún para dirigir la mirada a algo que no fuera el malditismo urbano que empezaba a desesperarse de cien años de indigenismos. Ahora las cosas vienen cambiando y quiero creer que en algo contribuí a su actual posibilidad; que tal es el papel que se me ha pedido que desempeñe en esta presentación.
Mi interés inicial con El Círculo Blum tuvo que ver, en primer lugar, con la proposición de que la historia que allí se narra interactúa con (lo que es más que decir que “contiene”) una logia o sociedad secreta: afanosa, como todas, por hacerse conocer. Esto me recordó a las cofradías que inventaba o fundaba el mago y ocultista inglés Aleister Crowley a fines del XIX, cofradías que pronto se veían refutadas –pantáculos y azufre de por medio- con otras contrarias que también inventaba el mismo Crowley bajo otro nombre.
Mi segundo interés fue despertado por el hecho de que la mecánica celeste intervenía en la anécdota, mediante la proporción de un famoso eclipse solar, el más largo en los últimos siglos. La celeste es la más predecible de las mecánicas, una con la que uno no puede darse el lujo de trastear y equivocarse. Me pregunté: ¿forzaría Lucho Zúñiga, el autor, el universo esperable? Di en mirar las especificaciones del eclipse del 8 de junio de 1937 –incluidas en el libro- con una lupa, en busca de su duración, de la hora en la que se lo observó en la costa sur del Perú, de la altura del sol sobre el horizonte, etc. Y luego estudié la foto de la p. 119, tomada con el coronógrafo solar del Observatorio Naval de los EEUU, en busca de la más mínima discrepancia con lo anterior. Debo decir que no las encontré. En un sistema de vigilancias uno nunca sabe qué vigilar; la actitud que suscita en el lector avisado recuerda a la que se tiene frente a El Hombre que fue Jueves, de Chesterton, y quizá más a la que despierta El Péndulo de Foucault, de Umberto Eco. En una palabra, demasiada sospecha: convocada por la convicción de que el autor está divirtiéndose a nuestras costas.
Y a medida avancé la lectura descubrí que se daban otras coincidencias. El poema de 42 versos que inspira el libro y el poemario de 42 poemas oculto a su sombra me recordaron a un extraño encargo que había recibido semanas atrás. Una editorial española me pidió escribir una versión más de Romeo y Julieta. En la tragedia original, 42 horas es lo que dura el envenenamiento de Julieta. Yo había escogido "42" como la cifra clave de la que hice depender a mis propios trágicos personajes, y andaba rastreando alusiones a esa cifra en la litaratura. Por supuesto, 42 era la desternillante Respuesta a La Pregunta Universal en la novela más conocida de Douglas Adams. Y de pronto, abría este pequeño libro y allí estaba, sin más, el número que yo estaba cazando.
Pero encontré en el libro aún más temas que me son o han sido cercanos, como colocar como epígrafe la frase de uno de los personajes de la misma historia que se narra: Henriette Blum en este caso, o de razonar las copiosas historias entrecruzadas de migrantes y colonos europeos en las selvas del Perú, o discurrir de metafísica con motivo de un naufragio, o argüir personajes empotrados, enquistados en versiones menores de sí mismos como desbordadas muñecas rusas, lo que se presta para trabajar emociones y tragedias a escala, como hace Zúñiga en el magnífico cuento “Los insectos” incluido en el libro como un relato de “Karol Blum”, y que contiene a mi entender la mejor prosa del libro, para no mencionar la exactitud de las descripciones, anatómicamente correctas, del aparato circulatorio de la cucaracha.
Todo esto me lleva a indagar por la personalidad de Lucho Zúñiga. Creo que él también es parte de esta cofradía de no-escritores que escribimos para un no-público, a la espera de un cambio. Hay –revisada en la trama- un disloque entre no-aceptación y éxito editorial. El juego se plantea siempre. La mecánica celeste es una anécdota inicial, apenas si seminal: pero bien podría haberse tratado de otra cosa. Porque, anécdotas y trama aparte, no puedo dejar de contemplar con cercanía y solidaridad a un joven escritor que (como yo mismo, incitado a la lectura por hermanos mayores) en lugar de publicar sus palotes y páginas iniciales las guarda, las acrecienta, las tacha, las reescribe y las rumia durante muchos años. Este trabajo se deja ver. He tenido oportunidad de leer (de mirar y de leer de subida y de bajada) el Poema en forma de escalera, de los célebres 42 versos, y lo encuentro muy valioso en sí mismo, un caligrama que no desentonaría en un libro de Eielson o de Oquendo de Amat, aunque el tono y el contenido sean muy diferentes a los de estos dos poetas.
Dice Lucho que discrepa de lo metaliterario como etiqueta. Apruebo ese recaudo, puesto que el adjetivo se aplica ahora a tantas cosas y tan diversas que probablemente no significa nada. Lo que puedo decir es, si cabe, contrario a esa noticia: Lucho Zúñiga, contador de profesión, está probablemente más permeado de realidad que muchos de sus contemporáneos que leen poco más que literatura. Se trata de cultivar ese indeleble vínculo con la realidad que he visto y comentado en otros autores de su generación, como por ejemplo en Augusto Effio y sus Lecciones de Origami.
Esta presencia de un escritor que algo trama me ha distanciado de la experiencia del lector, y me ha condenado a tratar de mirar las costuras de su historia. Me pregunté, a mitad del libro: ¿por qué sigo leyendo? ¿Acaso me ha capturado la trama? Deduje que no; resolví que me interesaba la mecánica, la arquitectura en movimiento que nos ofrecía –tramposamente- Lucho, y el móvil destino al que parecía conducir a sus personajes. Yo quería saber qué era lo siguiente que iba a hacer no el personaje, sino Zúñiga. Y lo siguiente que hacía, a cada rato, era arruinar mis conjeturas. Lo felicito por eso.
Zúñiga narra con seguridad. Hace cosas que disfruto ver en un narrador: sabe a donde va. Vigila los elementos que pone en juego. Atiende sus resonancias posteriores. Y tiene varias frases verdaderamente inteligentes: algunos escritores consagrados nunca rozan en sus párrafos la lucidez que expresa Zúñiga aquí y allá, en tres o cuatro líneas. Le toca a él identificarlas, evitar la dureza a la que a veces obliga al texto su raíz esquemática, su origen en un plano, un blueprint… Lucho muestra pericia en el manejo de las herramientas narrativas y audacia en la invención, pero pienso que todavía puede esconder mejor esas costuras. A menos que me las esté mostrando para llevarme a error… Pero entonces ya estoy sospechando otra vez en demasía.
Debo decir que la sección denominada "Cronología" me ha parecido árida, en comparación con los puntos más altos del libro: cuesta seguir la pista de su justificación, aunque uno pude confiar en que seguramente lo harán futuras relecturas o las secuelas que sin duda la verificarán y falsearán. No en vano la voz que nos guía a lo largo del relato afirma que esta cronología es la parte más importante de la producción de la logia secreta. Lo mismo puedo decir de las pocas hilachas que se nos ofrecen acerca de los llamados Mundo de Ruth y Mundo de Horacio. ¿Para qué están allí? Me cuesta menos suponer que están para algo, que la posibilidad de que sean meramente unas líneas que Zúñiga olvidó tachar.
Leer este libro es a la vez muy fácil –es corto, aunque excede las 40 páginas que un sobrino le propuso al autor como límite de su interés- y es también un reto, una pequeña aventura intelectual, un juego de espejos en el cual marearse es siempre una posibilidad.
Y cero que es imprescindible decir unas palabras acerca de la participación, o complicidad, de Borrador Editores. Con el fin de conocernos mejor me invitaron a una reunión en un café, encuentro en el que todos fueron muy amables... prueba quizá porque se trataba de actores cumpliendo rigurosamente un papel. (Lo que tenemos es obviamente resultado de un trabajo conjunto: el texto, la carátula, la foto de la tapa –con la que curiosamente no contamos, y el enigma final no resuelto.) Caí en la cuenta de que los autores (pues incluyo en este colectivo no sólo a Zúñiga, sino a los intrigantes miembros de esta pequeña y joven editorial) pretendían imponer este círculo a la realidad. Sin duda ya empezaron a hacerlo.
La referencia inevitable es, desde luego, el cuento borgiano Orbis Tertius, Tlön, Uqbar. Frases enteras de aquel relato convienen puntualmente a la descripción de los propósitos y veleidades de El Círculo Blum. Ofrezco algunas: Borges habla de Johannes Valentinus Andreä, “un teólogo alemán que a principios del siglo XVII describió la imaginaria comunidad de la Rosa-Cruz – que otros luego fundaron, a imitación de lo prefigurado por él”. También vuelve Borges personaje a Alfonso Reyes, quien supuestamente “harto de esas fatigas subalternas de índole policial, propone que entre todos acometamos la obra de reconstruir los muchos y macizos tomos que faltan: de las uñas el león. Calcula, entre bromas y veras, que una generación de tlönistas podría bastar.”
De esta misma manera, Borrador Editores es un personaje de la novela de Zúñiga. El libro mismo, el libro físico que ustedes pueden comprar en la mesa de la entrada, es un personaje de la novela; es un hrön al estilo de los objetos que Borges impone en ese relato suyo. No en vano dentro de la novela hay un cuento que es su propio, asombroso personaje. Conjeturo que en un círculo aún más ancho, el Círculo Blum somos los peruanos, somos los jugadores de ese formidable juego de rol que es nuestro país. Y hace siglos escribimos este gran libro sólo para jugar el juego.
Muchas gracias.
viernes, 29 de agosto de 2008
(i) Que se agitan como locos
Pese a todo lo que se habla acerca de los placeres de la lectura, yo no puedo leer novelas por placer. Así, no he leido novela alguna de Fuget, Kureishi, Pérez Reverte, Bolaño, Pamuk, Brown, Loriga, Bayly, Gutiérrez, Pauls, Marías, Cueto, Pollarollo, Cervantes, Reynoso, Allende, Hemingway, Roncagliolo, Piglia, Ampuero, Fuentes, Alarcón, Lessing, Neyra... Quizá porque se ocupan de cosas que no me seducen, como la vida y lo cotidiano. Para orientar mis no-lecturas mis mejores guías son la publicidad y las recomendaciones. Si algo -un aviso, una reseña-, o alguien me recomienda algo, pierdo las ganas por completo. Porque es leyendo reseñas y escuchando sugerencias que descubro que en estas novelas la gente hace cosas que yo nunca hago, mientras que yo practico algunas conductas en las que los personajes de novelas rara vez incurren. Cuando ocasionalmente leo una novela lo hago porque me obligo a hacerlo, siempre a partir de una sorpresa que atañe a la inusual valentía o talento del personaje, virtudes que me dicen que, si insisto en la lectura, quizá aprenda algo.
Como se comprenderá, no es que juzgue que las novelas de estos autores sean malas (aunque, según la certera Ley de Sturgeon, el 95% de todo es basura). Porque ¿cómo saber que una novela es mala, si ella constituye su propio antídoto? Se extingue en la mesa de noche. Simplemente, sucede que son novelas.
Se dirá que yo mismo las escribo, pero al hacerlo me rehúso a degradar la estupefacción en anécdota, la grisura del día a día en un argumento que te envuelva, en unos personajes que aspiren a parecer reales. Naturalmente: si no puedo leer sobre ellos mucho menos puedo escribirlos. Lo cotidiano, tu día a día, me importan un pito.
Queda claro que las mejores cosas que se han dicho contra los escritores las han dicho ellos mismos. De cierta novela, Dorothy Parker señaló que "no era como para dejarla de lado así no más: había que arrojarla lejos, con mucha fuerza". Montesquieu definió al autor como "un pelmazo que, insatisfecho con aburrir a quienes viven con él, se empeña en aburrir también a las futuras generaciones". Insuperable es Groucho, quien con una esquela condenó al anonimato a un autor en el más imbatible y citado de sus garrotazos. "Estimado sr. Tal: desde el momento en que tomé su libro entre mis manos no he podido dejar de reírme. Espero leerlo algún día".
Diera la impresión de que escribir novelas es lo más fácil del mundo, con tanto incontinente que lo hace; allí está la conocida queja de Cioran: "Escribir una novela sin argumento está muy bien, pero ¿para qué escribir diez o veinte?" Pero no abruma sólo la inflación de novelas, sino además la pobreza de los recursos con las que se las redacta. Es penoso que casi siempre se escriba desde las simas de la ignorancia. Demasiadas novelas parecen nacer de esta pulsión extraña que aquejó a Gibbon (denso contador de historias, si bien no novelista) quien confesó que una mañana "desprovisto de una educación original, deshabituado a los hábitos del pensamiento e incapaz en las artes de la composición, resolví escribir un libro". Y esto viene de un erudito. Por su lado, el centenario George Burns proclamaba haber escrito seis libros... habiendo leido tan sólo dos.
Tamañas sinceridades en hombres bien entrados en años ciertamente tardan en llegar a muchos mocosos y mocosas de nuestras literaturas. Por eso yo renuncio a escribir de lo que no sé, y así investigar es para mí la causa formal -más que la eficiente- de todo lo que escribo. Wittgenstein estimó que la metafísica era una disconformidad notacional: se filosofa porque no se admite cierta gramática. Y uno escribe porque está disconforme con lo que esta leyendo.
Al oficio de novelista se dedican, las más de las veces, personas que buscan la figuración por razones endocrinas. A los novelistas no tenemos por qué verlos ni escucharlos, pero por esas ganas de ser vistos insisten en atosigarnos con su presencia, pasando -la frase tampoco es mía- "de la página cultural a la de sociales con el mismo vaso de whisky en la mano". Y a esto se suma que también se agitan como locos bajo la presión de las editoriales, que por las necesidades del márketing hacen del novelista un personaje mediático si no ha logrado hacerlo ya él o ella primero para parchar sus deficiencias, si no enzimáticas, sin duda afectivas. Porque no es que no nos guste. Incluso los muy tímidos podemos aprender a sonreír y firmar autógrafos: los flashes simulan mal el cariño, pero a veces esta prostitución es lo único que se tiene. Se la maneja mejor soportada, si acaso, por el desprecio. No en vano Jules Renard anotó que escribir es la ocupación en la que uno continuamente trata de demostrar talento ante quienes no tienen ninguno.
Así, la vida del novelista exitoso se convierte en la vida de una vedette y el éxito de una vedette la convierte en novelista. Algunos apuran pasos y antes de ser escritores buenos, o siquiera famosos, ya son escritores exitosamente malditos: diríase que por superstición, como quien toca madera o se persigna. Como sus propias novelas, este continuo careo de escritores los deja deliciosamente revolcados y embarrados en lo insignificante, y allí están entonces para ser mirados y mostrados por sus editoriales, que saben que tiene un público para eso: cuentan con toda una fanaticada ansiosa del score keeping. Nada figura mejor estas ganas de mirar las vidas de los escritores que el blog de Iván Thays, cuyas novelas ¡acabáramos! sí he disfrutado.
A veces, muy raras veces, los novelistas tienen poder. Ese poder los descoloca, los desequilibra y los tumba de la ruta delgada e improbable que va de la facultad de literatura al Konserthuset de Estocolmo. Pero entonces es probable que ya no la necesiten.
Lo más probable es que los lectores de esta nota no hayan leído mis libros. That's what I do. El novelista Octavio Vinces opina que yo sólo escribo para mí mismo; pero es mejor escribir para uno mismo y no tener público, que viceversa.
Y sin embargo sí leo novelas. Son siempre las mismas ocho o diez. Hace un par de décadas eran quince o veinte. Con un lápiz, en las márgenes de las que quedan, voy subrayando quién soy. Quizá, hacia el final, lo averigüe.
Como se comprenderá, no es que juzgue que las novelas de estos autores sean malas (aunque, según la certera Ley de Sturgeon, el 95% de todo es basura). Porque ¿cómo saber que una novela es mala, si ella constituye su propio antídoto? Se extingue en la mesa de noche. Simplemente, sucede que son novelas.
Se dirá que yo mismo las escribo, pero al hacerlo me rehúso a degradar la estupefacción en anécdota, la grisura del día a día en un argumento que te envuelva, en unos personajes que aspiren a parecer reales. Naturalmente: si no puedo leer sobre ellos mucho menos puedo escribirlos. Lo cotidiano, tu día a día, me importan un pito.
Queda claro que las mejores cosas que se han dicho contra los escritores las han dicho ellos mismos. De cierta novela, Dorothy Parker señaló que "no era como para dejarla de lado así no más: había que arrojarla lejos, con mucha fuerza". Montesquieu definió al autor como "un pelmazo que, insatisfecho con aburrir a quienes viven con él, se empeña en aburrir también a las futuras generaciones". Insuperable es Groucho, quien con una esquela condenó al anonimato a un autor en el más imbatible y citado de sus garrotazos. "Estimado sr. Tal: desde el momento en que tomé su libro entre mis manos no he podido dejar de reírme. Espero leerlo algún día".
Diera la impresión de que escribir novelas es lo más fácil del mundo, con tanto incontinente que lo hace; allí está la conocida queja de Cioran: "Escribir una novela sin argumento está muy bien, pero ¿para qué escribir diez o veinte?" Pero no abruma sólo la inflación de novelas, sino además la pobreza de los recursos con las que se las redacta. Es penoso que casi siempre se escriba desde las simas de la ignorancia. Demasiadas novelas parecen nacer de esta pulsión extraña que aquejó a Gibbon (denso contador de historias, si bien no novelista) quien confesó que una mañana "desprovisto de una educación original, deshabituado a los hábitos del pensamiento e incapaz en las artes de la composición, resolví escribir un libro". Y esto viene de un erudito. Por su lado, el centenario George Burns proclamaba haber escrito seis libros... habiendo leido tan sólo dos.
Tamañas sinceridades en hombres bien entrados en años ciertamente tardan en llegar a muchos mocosos y mocosas de nuestras literaturas. Por eso yo renuncio a escribir de lo que no sé, y así investigar es para mí la causa formal -más que la eficiente- de todo lo que escribo. Wittgenstein estimó que la metafísica era una disconformidad notacional: se filosofa porque no se admite cierta gramática. Y uno escribe porque está disconforme con lo que esta leyendo.
Al oficio de novelista se dedican, las más de las veces, personas que buscan la figuración por razones endocrinas. A los novelistas no tenemos por qué verlos ni escucharlos, pero por esas ganas de ser vistos insisten en atosigarnos con su presencia, pasando -la frase tampoco es mía- "de la página cultural a la de sociales con el mismo vaso de whisky en la mano". Y a esto se suma que también se agitan como locos bajo la presión de las editoriales, que por las necesidades del márketing hacen del novelista un personaje mediático si no ha logrado hacerlo ya él o ella primero para parchar sus deficiencias, si no enzimáticas, sin duda afectivas. Porque no es que no nos guste. Incluso los muy tímidos podemos aprender a sonreír y firmar autógrafos: los flashes simulan mal el cariño, pero a veces esta prostitución es lo único que se tiene. Se la maneja mejor soportada, si acaso, por el desprecio. No en vano Jules Renard anotó que escribir es la ocupación en la que uno continuamente trata de demostrar talento ante quienes no tienen ninguno.
Así, la vida del novelista exitoso se convierte en la vida de una vedette y el éxito de una vedette la convierte en novelista. Algunos apuran pasos y antes de ser escritores buenos, o siquiera famosos, ya son escritores exitosamente malditos: diríase que por superstición, como quien toca madera o se persigna. Como sus propias novelas, este continuo careo de escritores los deja deliciosamente revolcados y embarrados en lo insignificante, y allí están entonces para ser mirados y mostrados por sus editoriales, que saben que tiene un público para eso: cuentan con toda una fanaticada ansiosa del score keeping. Nada figura mejor estas ganas de mirar las vidas de los escritores que el blog de Iván Thays, cuyas novelas ¡acabáramos! sí he disfrutado.
A veces, muy raras veces, los novelistas tienen poder. Ese poder los descoloca, los desequilibra y los tumba de la ruta delgada e improbable que va de la facultad de literatura al Konserthuset de Estocolmo. Pero entonces es probable que ya no la necesiten.
Lo más probable es que los lectores de esta nota no hayan leído mis libros. That's what I do. El novelista Octavio Vinces opina que yo sólo escribo para mí mismo; pero es mejor escribir para uno mismo y no tener público, que viceversa.
Y sin embargo sí leo novelas. Son siempre las mismas ocho o diez. Hace un par de décadas eran quince o veinte. Con un lápiz, en las márgenes de las que quedan, voy subrayando quién soy. Quizá, hacia el final, lo averigüe.
domingo, 24 de agosto de 2008
Carvallo
Tanto como una voz ineludible en el concierto de opinadores acerca de la educación peruana, Constantino Carvallo fue para mí un puñado de cosas: compañero de colegio –si bien no de promo- director de Los Reyes Rojos, donde enseñaba mi amigo el poeta Óscar Limache, maestro y mentor de algunos de los mejores amigos que he hecho en años recientes, primo no tan lejano de mi ex-parentela política, y compañero de uno de mis más extraños trabajos: el de conductor del programa de Tv “Educación en Democracia”. Producido por el Ministerio de Educación, el programa tenía un segmento a cargo del Consejo Nacional de Educación, en cuya conduccion se turnaban figuras como Manuel Iguíñiz, Constantino y, si mal no recuerdo, Lucho Guerrero.
Durante quince minutos algunos de esos viernes yo dejaba el micrófono y contemplaba a Constantino hacienda entrevistas o presentando proyectos educativos o experiencias destacadas. Ni él ni yo eramos profesionales de la comunicación -en verdad ni siquiera éramos aficionados competentes- pero nos reunía una misma fascinación por los misterios del aprendizaje y de la formación de humanidad.
Como agente y decisor en las marañas de la política educative peruana, hay muchas cosas en las que he estado en descuerdo con él. No es este el momento para recordarlas. Más pertinente me parece recordarlo a él como el maestro que fue. Y en razón de esa especial elocuencia que da el cariño he pedido permiso a mi amiga Ana Luisa Burga, que fue su alumna en el colegio Los Reyes Rojos, para postear en mi blog estas cristalinas líneas que ha escrito a su maestro, líneas a las que no puedo yo añadir nada para expresar la importancia de un hombre como Constantino. Aquí el texto:
Muchos ya dijeron – cada cual a su modo – cuánto hemos perdido con tu partida, Constantino. En efecto, siento también que no hay palabras para nombrar a la vez tanto asombro, tristeza, cólera, ausencia, desaliento.
Pero en medio de esa maraña de sensaciones sombrías, quiero rescatar, como una joya rara y brillante, el alcance de tu vida, tu trascendencia. Te has ido dejando huella en miles de personas, muchas de las cuales nos hemos sentido directamente tocadas con tu muerte; como tu familia, dándonos el pésame entre todos, llorando y consolándonos al mismo tiempo, todos.
Me hubiese gustado que vieses cuánto se te amaba: quizás te sorprendía que fuésemos tantos, tantos, en tantos países, y de tantas edades, tamaños y colores. También me hubiese gustado verte complacido con la reacción de la comunidad reyrojina ante tu partida: se ratificó que – siendo todos individuos únicos y diferentes – nos sabemos contenidos por el colegio que formaste, incluidos, pertenecientes… y de muchas maneras esto representa un ejemplo exacto de lo que tú proponías para la nación entera.
Parte de la desazón y el llanto es, justamente, que en ese sentido nos has dejado con un camino todavía demasiado largo, cuyo buen término requiere de personas con la mirada, inteligencia, coraje y asertividad que tú demostraste siempre. Pero lamentablemente hay pocos como tú, querido maestro, demasiado pocos (Fernando Silva Santisteban, con otro estilo y algo mayor, pero tan preclaro y lúcido como tú, nos dejó también hace más de un año).
Es por eso que deseo que tu legado realmente nos impregne; que sigas viviendo en cada uno de nosotros y que, desde donde sea que estemos y sea cual fuere el papel que nos toca jugar en la vida, sepamos conservar en alto tu memoria y enseñanzas.
Gracias, Constantino, por la suerte que tuve de conocerte y quererte.
Ana Luisa Burga
Durante quince minutos algunos de esos viernes yo dejaba el micrófono y contemplaba a Constantino hacienda entrevistas o presentando proyectos educativos o experiencias destacadas. Ni él ni yo eramos profesionales de la comunicación -en verdad ni siquiera éramos aficionados competentes- pero nos reunía una misma fascinación por los misterios del aprendizaje y de la formación de humanidad.
Como agente y decisor en las marañas de la política educative peruana, hay muchas cosas en las que he estado en descuerdo con él. No es este el momento para recordarlas. Más pertinente me parece recordarlo a él como el maestro que fue. Y en razón de esa especial elocuencia que da el cariño he pedido permiso a mi amiga Ana Luisa Burga, que fue su alumna en el colegio Los Reyes Rojos, para postear en mi blog estas cristalinas líneas que ha escrito a su maestro, líneas a las que no puedo yo añadir nada para expresar la importancia de un hombre como Constantino. Aquí el texto:
Muchos ya dijeron – cada cual a su modo – cuánto hemos perdido con tu partida, Constantino. En efecto, siento también que no hay palabras para nombrar a la vez tanto asombro, tristeza, cólera, ausencia, desaliento.
Pero en medio de esa maraña de sensaciones sombrías, quiero rescatar, como una joya rara y brillante, el alcance de tu vida, tu trascendencia. Te has ido dejando huella en miles de personas, muchas de las cuales nos hemos sentido directamente tocadas con tu muerte; como tu familia, dándonos el pésame entre todos, llorando y consolándonos al mismo tiempo, todos.
Me hubiese gustado que vieses cuánto se te amaba: quizás te sorprendía que fuésemos tantos, tantos, en tantos países, y de tantas edades, tamaños y colores. También me hubiese gustado verte complacido con la reacción de la comunidad reyrojina ante tu partida: se ratificó que – siendo todos individuos únicos y diferentes – nos sabemos contenidos por el colegio que formaste, incluidos, pertenecientes… y de muchas maneras esto representa un ejemplo exacto de lo que tú proponías para la nación entera.
Parte de la desazón y el llanto es, justamente, que en ese sentido nos has dejado con un camino todavía demasiado largo, cuyo buen término requiere de personas con la mirada, inteligencia, coraje y asertividad que tú demostraste siempre. Pero lamentablemente hay pocos como tú, querido maestro, demasiado pocos (Fernando Silva Santisteban, con otro estilo y algo mayor, pero tan preclaro y lúcido como tú, nos dejó también hace más de un año).
Es por eso que deseo que tu legado realmente nos impregne; que sigas viviendo en cada uno de nosotros y que, desde donde sea que estemos y sea cual fuere el papel que nos toca jugar en la vida, sepamos conservar en alto tu memoria y enseñanzas.
Gracias, Constantino, por la suerte que tuve de conocerte y quererte.
Ana Luisa Burga
martes, 5 de agosto de 2008
Anotación descubierta en un cuaderno de 2002
Recordar las costumbres del cuaderno. Las ventajas de las tapas duras, que permiten casi escribir en el aire. Las ventajas del tiempo ajeno, desierto, saturado de tareas que me rehúso a cumplir: que permiten casi escribir en el aire.
Y un lapicero rojo. Encontrar así, paulatinamente y de nuevo, siempre empezando de nuevo, la capacidad de la tinta roja de alistar ideas, de guardarlas en sus meandros, de preservarlas eficazmente en la nada de un cuaderno, y de perderlas para siempre en mi memoria –que se aviene a las comodidades de la entropía.
Escribir un libro, y perderlo en la arena. Como Orans.
Escribir arena, y perderla en un libro. Como yo.
Siempre esta cosa extraña, escribir. Mírame: soy un simio, soy una forma de vida (soy también una forma de muerte), soy setenta kilos de protoplasma decididos a hacer una reforma de la educación. ¿La... qué? La práctica cotidiana entre los primates y otros mamíferos superiores de adiestrar a sus crías para procurarse el sustento y así darle a la fertilidad, a la frecuencia y a la fidelidad del tracto genético una oportunidad de entrometerse un poco más en el futuro, y volver después a hacer lo mismo: la educación es el complemento de la herencia, pero también su contrario: es una forma de mutación, es intentar que suceda algo distinto, algo mejor. La educación es parte del afán de conquista del espíritu humano, esa bomba que hace que el pecho nos explote los sábados en todas direcciones. Así, las ganas de que suceda algo distinto (de comer el pasto más verde, de coger la fruta más jugosa, de pisar Titán antes que nadie) requirieron de nosotros la invención del discípulo, del maestro (¿en ese orden, probablemente?) y del aula: de la tecnología millón de veces probada que hace crisis cuando toca el tejido social peruano, cuya fertilidad, frecuencia y fidelidad de reproducción viciosa es tal, que no deja lugar a complemento alguno: que asegura que nada cambie, nunca.
Allá en el fondo Toth: culpable de todo, como yo.
Y un lapicero rojo. Encontrar así, paulatinamente y de nuevo, siempre empezando de nuevo, la capacidad de la tinta roja de alistar ideas, de guardarlas en sus meandros, de preservarlas eficazmente en la nada de un cuaderno, y de perderlas para siempre en mi memoria –que se aviene a las comodidades de la entropía.
Escribir un libro, y perderlo en la arena. Como Orans.
Escribir arena, y perderla en un libro. Como yo.
Siempre esta cosa extraña, escribir. Mírame: soy un simio, soy una forma de vida (soy también una forma de muerte), soy setenta kilos de protoplasma decididos a hacer una reforma de la educación. ¿La... qué? La práctica cotidiana entre los primates y otros mamíferos superiores de adiestrar a sus crías para procurarse el sustento y así darle a la fertilidad, a la frecuencia y a la fidelidad del tracto genético una oportunidad de entrometerse un poco más en el futuro, y volver después a hacer lo mismo: la educación es el complemento de la herencia, pero también su contrario: es una forma de mutación, es intentar que suceda algo distinto, algo mejor. La educación es parte del afán de conquista del espíritu humano, esa bomba que hace que el pecho nos explote los sábados en todas direcciones. Así, las ganas de que suceda algo distinto (de comer el pasto más verde, de coger la fruta más jugosa, de pisar Titán antes que nadie) requirieron de nosotros la invención del discípulo, del maestro (¿en ese orden, probablemente?) y del aula: de la tecnología millón de veces probada que hace crisis cuando toca el tejido social peruano, cuya fertilidad, frecuencia y fidelidad de reproducción viciosa es tal, que no deja lugar a complemento alguno: que asegura que nada cambie, nunca.
Allá en el fondo Toth: culpable de todo, como yo.
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