Los paseantes
No: mi
tristeza soy yo. Y sé que, en ningún rincón del mar, en la unión con ninguna
mujer, o bajo el imperio de ningún rey, yo seré diferente.
Dédalo
Yo sé que ustedes
piensan que el mundo se está convirtiendo en un lugar horrible. Pero no es
cierto. Siempre ha sido horrible. Antes, por lo menos, el suicidio que me
parecía atractivo era el mío.
La depresión, de
tan distante y atroz en el recuerdo, genera nostalgias. He estado tantas veces
en peores versiones de este mismo lugar que me descubro deseando que la
intensidad aumente, solo porque sé que he sido capaz de navegar mucho peores turbulencias.
Pero recuerdo la hondura del pesar (y la fiebre y la lucha por re-empezar a andar
y a decir, por ir y luego por volver, por mantenerme vivo, por comer y beber y
finalmente por seguir siendo) y sé que en todo eso no había lugar para componer
para la página frases como las que Erik Satie compuso para el piano, el piano
que hace un cuarto de siglo yo escuchaba desde el fondo de la pena, pero que no
vivía allí conmigo en el infierno ágrafo. La música de Satie mostraba que, con
solo dejar de golpearme la cabeza contra la pared, con solo subir un peldaño,
podría alcanzar ese mundo –todavía horrendo- en el que la belleza (siquiera la
belleza triste) era posible. El peldaño conducía al lugar desde el cual sí se
podía escribir. No era un lugar de
acción, mucho menos de iniciativa. Mi más alta aspiración era la melancolía:
una melancolía diáfana, pacífica, incontrovertible. Es verdad que casi siempre me
quedaba en el cinismo pesimista, y que eso seguirá sucediendo.
Ese es el estado
que me aloja hoy, el que supera (por muy poco) el pasmo desesperanzado e
inmóvil, y se anima a tentar el sentido. O al menos el equilibrio entre dos
sostenidas, en busca de alguna armonía diferente.
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