lunes, 23 de febrero de 2015

LA CIBERCOMEDIA HUMANA

Pego aquí este artículo, quizá el único que he publicado en el diario El Comercio de Lima, porque lo había dado por perdido por tantos años que ha sido una grata sorpresa recuperarlo en esta especie de quest por discos duros en la que estoy metido mientras preparo un volumen de artículos y ensayos. 

La nota apareció en febrero o marzo de 2000 a propósito de los primeros contactos entre la literatura y el soporte electrónico. Algo de lo que aparece abajo lo he reelaborado una década más tarde eun una serie de posts en este mismo blog. Confío en que mis lectores puedan leerlo con una dosis mayor de su paciencia usual; yo por esos días anduve muy fastidiado. Muchas gracias.


LA CIBERCOMEDIA HUMANA 
y sus inexistentes lectores

Nobody writes like they used to
-So it may as well be me
Belle & Sebastian,
Get me away I’m dying

Unos años atrás, el moribundo poeta Daniel Smisek expresaba su visión acerca de la posibilidad de construir una novela que existiera sólo en el ciberespacio, para la que habría apenas un lector: el autor de los “personoides” que -a lo largo de años, quizá de décadas- entrecruzarían a través del correo electrónico sus tristezas, pasiones, éxitos, amenazas, sombras y alegrías ficticias. Estos personoides (nayms, por uno de sus nombres comerciales actuales) serían los Eugenia Grandets y primos Pons de una suerte de fantasmal cibercomedia humana, la secreta obra maestra de un invisible ciberbalzac. Smisek reclamaba que, para que la redondez (y el horror) fueran perfectos, la obra nunca debería hacerse pública, sino cerrarse a medida que los fantoches fueran “muriendo”. Con el crecimiento de Internet no estamos lejos ahora de que que alguien cumpla la pesadillesca visión de Smisek, pero en nuestros días su necesaria cerrazón final –que hereda rasgos de Kafka y de Calvino- sería más probablemente traicionada. Como un homenaje al amigo ausente, me interesa explorar aquí las causas de ese previsible fracaso.

Entre nosotros, leer tiene un prestigio extraño. Por un lado, la reciente explosión de la literatura hace que todo el mundo deba estar leyendo todo el rato para estar mínimamente al tanto de lo que pasa. Leer es “socialmente correcto”. Sin embargo, no es tan seguro que sea políticamente correcto. Por un lado, en salones y cafés nuestros intelectuales y aspirantes a serlo protestan porque aquí nadie lee, reclamando que aumente el número y la calidad de los lectores. Es decir: de sus futuros clientes, porque de eso parece tratarse. Pero, consistentemente, las reformas educativas no les ofrecen alivio, talvez porque, como ellos mismos, colocan el acento en el consumo –hacer de las personas clientes de la literatura- y no en la producción. Curiosamente, esta actitud encuentra un caldo de cultivo en el territorio que debería ser mas “participativo”: el de Internet, donde se consume infinitamente más de lo que se produce.

A mi entender, este prestigio y énfasis en la lectura está prohijado por un conjunto de teorías de moda y de una  actitud intelectual frente a la obra humana que puede resumirse en el adagio de D.H. Lawrence: “Never trust the artist. Trust the tale”. Sus parámetros se pueden enunciar más o menos de esta manera: Todo es texto. Los textos adquieren valor sólo con la lectura. De momento en que el texto existe en una forma definitiva, su pasado es indiferente.

El adagio implica que también lo son las intenciones del autor. El texto no es suyo, sino de los lectores. No importa de dónde salió, con qué intención se puso cada coma –cada personaje- o qué quiso escribir quien así escribió y colocó en la existencia ése texto precisamente en ése estado. Y si todo es texto, el autor es apenas un expediente técnico para producirlo, que desde luego merece y debe ser rápidamente olvidado (al menos como pensador, si bien no necesariamente como ícono). Ya cualquiera puede inventar un Autor 2.2 que corra en Windows y produzca “textos”.

En mi opinión, Never trust the author es una receta pobre para lectores y un programa fatal para autores. Es un manual de inmovilismo creativo, de autodestrucción de la lógica interna de cualquier obra. Engloba una visión que desprecia el proceso de fábrica, las manos en la masa del autor que piensa lo que hace. Cuando se lee una obra literaria (paradójicamente, no se está seguro de estarlo haciendo hasta después de haberlo hecho) se lee al autor. El autor ha pensado acerca de lo que hace. En Arte como procedimiento Shlovski anuncia que el status de arte lo obtiene la obra cuando se proclama obra, factura. La piedra se hace pétrea para la literatura. Quien lo hace con éxito es el Autor con mayúsculas. Sólo es Autor el que sabe lo que está haciendo. El carácter de ese “éxito” es sutil: porque incluiría a nuestro imaginario ciberbalzac mientras su obra fuera secreta y terminal, pero es discutible si sería aún así cuando lectores ávidos se disputaran después una obra visible. Hecha esta diferencia, debo decir que leo sólo a Autores. Es decir, a quienes se esfuerzan por Poner Algo Allí, por Manejarlo. De modo que sugiero: Trust the author. De estos hay muy pocos. Los identifica su inteligencia, su astucia y su complejidad.

Existen rastros de esta actitud valorativa de la producción intelectual (como opuesta al mero consumo) en el pasado de la creatividad. Schopenhauer recomendaba desconfiar de aquellas personas que leían en abundancia; sugería que era más importante escribir que leer. Por su parte, Pablo Picasso solía decir que los críticos se reunían para hablar de significado, línea, trama, color... mientras que los pintores se reúnen para discutir acerca de dónde se compra la mejor trementina. Lo que quiero saber es dónde compran su trementina Iván Thays, Ted Sturgeon o Ítalo Calvino. En ese sentido (a pesar de la Red) no hay lectores, sólo hay escritores. De éstos, unos pocos son Autores.

Confesión y consecuencia final: como lector soy nulo. Yo no sé leer. Pero como estoy aprendiendo a escribir prácticamente no leo, de lo que da fe mi vasta y sólida ignorancia de la literatura contemporánea. Leo cuando detecto a un Autor; leo acerca de él. La detección rara vez ocurre a través de textos. Cuando hay suerte, empieza con una conversación, para lo que el correo electrónico ayuda muchísimo. Y como escritor he dejado de creer en la (también pesadillesca) existencia de un lector ideal, en la que alguna vez confié. Creo que tengo algunos lectores reales, muy pocos, pero no merecen ese nombre porque participan del proceso de fábrica. Son, estrictamente hablando, co/rectores o co/laboradores. Su intervención está en el “antes” del texto, y no en su “después”. Su participación está en llevar el texto a su estado final. Lo que ocurra después no me interesa. Aparentemente a ellos tampoco: así lo ha dispuesto el cósmico balzac que nos rige, y que al fin ha de apagarnos.



viernes, 6 de febrero de 2015

CONARVE

(Escribí esto a saltos, en 2002, y lo perdí en 2009. Hace un rato lo encontré, de pasada, entre viejos mails. Mejor lo pego aquí antes de que se pierda de nuevo.)


1. CONARVE

2. Letras. Eso era lo que tenía a la mano, en esta etapa, en esta escala. No me preocupaba porque tenía a ratos la sensación de futuro infinito, de tiempo extendido en el que estas letras podrían ser leídas o sumidas en el fondo del significado.

3. No importa. El tiempo ya no es mío (tampoco es de la niña en posición fetal: es de los cundidores, de los humanos que arrebataron la isla para la posmodernidad, para la duración intempestiva, para el respeto a lo multicultural, para el no significado de
la no palabra que no se dice).

4. ¿Quién era Conarve? Era una de esas apariciones de letras que se me hacen emparentadas con nadie, y que cuando aparecen en mi desmemoria siempre quiero anotar. Conarve, en este caso, es alguien. Quién haya allí, yo no lo sé: yo sólo puedo atestiguar una imagen, una existencia (“el sentimiento de una carencia”, diría un Kant con saudade).

5. Aunque también tienes allí el título de un libro inmenso escrito sin los ojos. Un libro que empezaría con los párrafos anteriores y que, con los años, terminaría componiéndose de palabras, de letras atómicas y punzantes.. Un libro para escribir, no uno para leer. Tal vez, entonces, no un libro, sino el bull de un teclado. El aboutir de Mallarmé. La cucharita en el relave, otra vez. Sólo que esta vez sería otro tipo de relave: uno sin estructura sedimentaria, uno sin orden ni responsabilidades ni hipotecas ni sesudas autarquías del espíritu; un canchón vacío, apto para colocar en él letras: una tras otra, de izquierda a derecha y de arriba abajo.

6. ¿Y cómo sabría el autor qué escribir a continuación, qué hacer con la frase siguiente, a dónde ir con sus palabras abundantes e infértiles, preñadas de insignificancia, despojadas del valor de ser ladrillos, baldosas, tejas de un castillo de orden superior al que ellas supuestamente contribuyen, pero más, admiran? Vaya pregunta larga. Uno podría imputar un orden a lo que fuera surgiendo, de manera de decir, después, que se trata de un libro acerca de algo. Otro podría hacer exactamente lo mismo pero explicárselo de modo diverso, como por ejemplo, aducir que esa actitud indefinida frente a la sentencia siguiente es la justa expresión del caos, de los tempora, de las mores. Y otro incluso podría hacer lo que yo estoy haciendo ahora. Escribir, solamente, apostando a que las viejas maneras del pensador terminarán por imponerse, y que tarde o temprano este texto surgirá provisto de una arquitectura que lo preexistía y que era de todo punto invariable.

7. Así soy yo.

8. ¿De dónde proceden las secuencias, normalmente? «From within» había dicho célebremente Eric Liddell. De esas cosas interiores que algunos (pero Jung creía que todos, ¡qué error!) llevamos dentro como la huella de... ¿una cultura? ¿La voluntad de replicación memética? ¿Una capacidad placentaria? ¿Una pulsión primate por contar, por narrar de manera comprensible? El resultado es su propio medio y su propio mensaje. Y esto qué significa, entonces... Y otra vez esas palabras tan hondas. Así soy yo, ya lo dije, ya me cuesta salirme de mi duramadre.

9. El Mar

10. «Un vasto cristal azogado». Siempre que recuerdo al mar por su nombre lo recuerdo como un vasto cristal azogado. Que refleja la lámina de un cielo de cinc. ¿Surten efecto estas figuras para alguien que no conoce el color (el sabor) del cinc? ¿Qué gongoreta (especie de anacoreta semántico) puede reconocerse, mecanizarse en esos símbolos? ¿Y qué hay, finalmente, en esa palabra? Miremos más cercanamente “El mar”. Aquí está: es de Rubén.

El mar como un vasto cristal azogado
refleja la lámina de un cielo de cinc;
lejanas bandadas de pájaros manchan
el fondo bruñido de pálido gris.
El sol como un vidrio redondo y opaco
con paso de enfermo camina al cenit;
el viento marino descansa en la sombra
teniendo de almohada su negro clarín.

11. El juego de los títulos

12. Siempre daba con frases que podían ser títulos: a raíz de uno cada pocas horas. Varias veces al día. Por ejemplo, Dejúmene.

13. Otra de esas aglomeraciones bien fundadas. Dejúmene debe ser prima de Conarve. Y es que músculo que no se usa, se duerme. Se lo lleva la corriente. Se levanta al día siguiente. Y al final se rompe. Epursimuove.

14. Doing time

15. I hate the work I am supposed to do; this hatred grows unceasingly, every day, up to the point that right now it might be the biggest thing I contain in my chest.

16. Soy un individuo vivo. ¿Por qué eso tiene que implicar que mi destino, mi forma de ganarme el pan sea tipear en una computadora? Me duele tanto la cabeza que mi frente es una sola arruga. Letras, eso es lo que puedo tipear. Letras que mientras menos signifiquen más me alivian de la arruga. La semántica es una cuestión de escala: el esfuerzo por estructurar el Proyecto de Educación Rural tropieza en tantos accidentes como Sábado, como Casa, mis némesis literarias. Lamentablemente, tiene menos sentido que cualquiera de esas ficciones, porque al narrar yo me limito a mí mismo, y son mis estándares los que con-fabulan; en el PERDM, es la realidad misma, la cobardía política, la estupidez de otros, que hace que esto sea una nube inútil y pasajera. Y esta nube paga el colegio de mis hijos, las fotos que les tomo, el pan que les doy para que unten de mantequilla cuando logramos desayunar juntos. Por eso esto da la apariencia de que debo seguir en la insensatez de trabajar en un proyecto que 1) no me interesa; 2) no funcionaría; 3) no resultará. De modo que finjo, cada cierto tiempo, que contribuyo al río laboral, que el flujo es posible, y estimulo la percepción candorosa de que hay avances, progresos. En suma, acudo a tiempo a las formaciones, me aparto de la reja cuando la cierran, no hago sonar mi taza de cinc contra los barrotes, ni tampoco -me avergüenza decirlo- conservo ya el mínimo de dignidad que hace falta para fugarse.

17. La vida de un cuerpo limita con su capacidad para ir más allá de su piel. Esta capacidad está contenida en el cuerpo, es parte de él; pero es uno de sus límites menos animales. En un animal esta capacidad se limita a convertirse en un cadáver; si ensanchamos el concepto, admite a todo lo que entra y todo lo que sale de ese cuerpo durante su existencia vital. Pero en el hombre ése es sólo el comienzo (y el recordatorio de su condición zoológica). Tenemos esta otra dimensión de la capacidad, que es la de las ideas (no “de las expresiones”. Las expresiones no bastan: algo unitario debe haber detrás de ellas).

18. Esto podría diseñarse de otra manera, de modo de incluir la casa de Yuracmayo, los pasos precisos que hay que seguir para construir una yola para pasajeros, los mecanismos que urdí para aligerar y apalancar la palestra portable, la curvatura de los remos de la yola anterior y la siguiente, los muelles flotantes para la casa peninsular, las partes y piezas de un Friend absurdo que inventé para fijarse en vigas, no en fisuras; estos y otros espantosos usos de mi cerebro. Puerta abierta al cosmos futuro y cancelado, terminación de todo lo previsto, foro de la nada, espacio único reservado para el átomo quieto, pedo de la idea, nostril de la ontología, desperdicio de protoplasma ordenado de manera eficiente a un fin insoportable. La injusticia de la semilucidez. ¿A qué apunta? ¿A dónde se dirige? ¿Qué espera? ¿Qué propone? ¿Cuáles son sus límites? ¿Dónde está su frontera con la genuina inteligencia? ¿Y cuán loco puede llegar a estar uno que simplemente escribe porque, desde hace días, los dedos vacan?

19. Plazos para la idea. Plazos para el ente. No es lo mismo. No importa. Las precisiones son para el pasado de mi mente, para mi mente. Ahora solamente escribo.

20. Las cosas pasan por etapas imaginadas. Primero son un dibujo en una hoja de papel.

lunes, 2 de febrero de 2015

Escalofríos cósmicos


De chico, una de las consideraciones  que más me llamaron la atención en astrofísica (concretamente, en la evaluación de la posibilidad de vida extraterrestre) fue la ecuación de Drake, que pondera ocho variables que afectan, o podrían afectar, dicha posibilidad. 




El último término de la ecuación de Drake  (la L de la fórmula ilustrada arriba) relata el tiempo durante el cual una civilización lanza señales detectables al espacio. Fue uno de los libros de Carl Sagan que me hizo ver la importancia de que una civilización no sólo exista, sino que permanezca en el tiempo y esté en condiciones –o en voluntad- de comunicarse.

Se ha estimado que, en el caso terrestre, L dura tres o cuatro siglos. Pero es claro que trasponer la duración de fenicios, persas u otomanos al espacio -como método- es bastante inválido.

El planetólogo (sí, ahora hay planetólogos) David Grinspoon piensa que hay un factor adicional, expresable como fIC*T, por el cual una civilización que nulifica todo lo que la amenaza se haría efectivamente inmortal (y el universo estaría acumulando civilizaciones a medida pasa el tiempo). Otros han hablado de la necesidad de incluir la reaparición de civilizaciones en el mismo planeta, mediante la incorporación de (1+nr) a la fórmula de Drake.

Así las cosas, cuando esta mañana me encuentro con un abstract en The Astrophysical Journal que me abruma con esta novedad acerca de la estrellita Kepler 444 y sus cinco planetitas terrestres:

Dice el abstract “We use asteroseismology to directly measure a precise age of 11.2 ± 1.0 Gyr for the host star, indicating that Kepler-444 formed when the universe was less than 20% of its current age and making it the oldest known system of terrestrial-size planets.  We thus show that Earth-size planets have formed throughout most of the universe's 13.8 billion year history, leaving open the possibility for the existence of ancient life in the Galaxy.”

En otras palabras: hay planetas terrestres que tienen casi el triple de la antiguedad de la Tierra. Que están ahí casi desde el inicio del universo. Y esta pequeñez tiene -disculpen mi francés- un culo de consecuencias.
Primer pie humano en Marte. Al parecer, el cosmos tiende desde hace mucho a generar grandes pasos y polvorientas huellas.

En primer lugar, altera los estimados de los parámetros más “firmes” de la ecuación de Drake (presunciones que ayudan a comprender por qué fracasa SETI), y por tanto nos obliga a preguntarnos si en verdad no estaremos solos en el cosmos. Yo, claro, pienso todavía que no.

De otro lado, si el azar está del lado de la inteligencia y esos planetas –y su muchísimos pares en el universo- han permitido su desarrollo desde el primer quinto del tiempo (es decir, si la inteligencia es tan antigua) cabe asegurar que alguien ya entendió.

Y si alguien entendió las grandes reglas del juego cósmico hace tanto tiempo (yo asumo que la inteligencia suficientemente antigua cumple el papel que atribuimos a divinidades progresivamente “mayores”), probablemente ya existe Dios.

O algo muy antiguo y capaz de cumplir ese papel.


lunes, 19 de enero de 2015

Electrodelicias del bosque húmedo


—Si le vamos a creer a alguien, veamos: la carta de Ávila dice que hay diez días de camino entre Cusco y Paytiti. Luego dice que de la ciudad perdida hasta el macizo de Panticolla hay casi 45 km de selva virgen. Digamos, conservadoramente, que son tres días de selva. Si descuentas unos cinco días en alejarse de Cusco hasta Vilcanota por los caminos de la época, quedan dos días que son lo que nos ha tomado a nosotros bajar esta vaina.

—Me dijo Chihuaco que por aquí hay una fruta eléctrica, grande y medio morada, creo, rica en sales y en potasios, que tiene como la estructura de una anguila: compartimientos positivos y negativos, así que si la muerdes o la cortas te electrocuta –advierte Priss. Se detecta porque en derredor de ese árbol hay esqueletos de monitos, loros, etc. electrocutaditos, los pobres.

Y ese otro Gerónimo, El Bosco, no deja de fastidiar al bosquense Gerónimo, que con agua en los pulmones, golpes en la cabeza y heridas y raspones por doquier no estaba con ganas de contemplar zonceras, aunque las zonceras estuvieran allí en sus propias alucinaciones y le saltaran frente a las narices en lo que era, evidentemente, un tablero de El Jardín de Las Delicias: las flechas en el culo, el hombre huevo sostenido por piernas troncos, la distante escalera apoyada en esa hosca ciudad del fin del mundo donde quien no defeca sangre la vomita, y en medio de todos ellos Chejo, Príncipe del Infierno, devorando a un pobre glaciólogo de cuyo ano humeante salían potoyuncos, su cabeza coronada por una gran olla. Pero Priss le estaba hablando. Alguna tontería acerca de monitos electrocutados, algo que le había contado Chihuaco.

—¿Qué puedes esperar de alguien que se ganó la lotería sólo para demostrar su argumento? –jadeó—. Antes de ser un exitoso empresario, Chihuaco alguna vez fue un brichero, Priss. Conoce el oficio, no ha olvidado qué cosas extraordinarias quiere escuchar una gringa.

—¡Yo no soy gringa oye, no jodas!

—Eres una gringa: pareces gringa, hablas como gringa y te juras una gringa, no me jodas. Chihuaco inventa cosas, chica Band. Admito que soy un glaciólogo y que no sé nada de selvas, pero si la electrofruta existe no creo que los monitos y loros sigan intentando comerla después de unos cuantos miles de años de aprendizaje. La selección natural por la supervivencia del más apto evita esas estupideces, felizmente. También debería evitar hombres-huevo sostenidos por troncos –dijo, y movió la mano delante de sus ojos. El hombre-huevo no se iba.

—¿De qué hablas? Ves, ya estás desvariando, sólo dices tonterías. ¿Y si lo de la supervivencia del más apto es verdad, entonces por qué los peruanos reeligen gobernantes más peligrosos que un mamey de veinte mil voltios?

—Ya te digo que el aprendizaje genético toma unos cuantos miles de años –y entonces sucumbió a otro de esos ataques lenguaraces- Aunque, en el caso de nuestros compatriotas, tengo una teoría. Los peruanos somos hijos de cien generaciones de gentes que han preferido seguir a idiotas mandones, extrovertidos, en vez de escuchar a individuos sabios y sensatos, pero más callados. Esos antepasados nuestros nos enchufaron sus rasgos y preferencias por vía genética, qué le vamos a hacer. Nosotros somos el nicho ecológico donde el idiota mandón prospera. En todo caso, si quieres oír otras teorías, pregúntale a Chih –quiso terminar, pero la tos le cortó la frase.

—Anyway, eres un bobo. Cuando te electrofrutes no digas que no te advertí. You’d deserve it, rascal! Párate, ya nos vamos. Y no me tosas encima, Typhoyd Gerry. Mentira, Darl. Está genial tu teoría de idiotas mandones. Vamos.

PATENCIAS


Granito de tibio color naranja al sol del mediodía. Una fisura de manos se eleva a través: un relámpago negro que conduce, o es, donde nadie ha llegado jamás. Vas. A decir tu misa.

Una colina verde, de cima rocosa, con torbellinos que la neblina hace visibles: masas de aire caliente riñen contra la montaña, se deslizan hacia arriba, entrompan hacia lo más alto, y colgado de ellas subes hasta que se enfríen o cansen de ti. Se cansan.

A casi dieciocho mil pies de altura, una ladera hostil de nieve costra, blanca hasta lo perfecto,  que cede apenas al contacto de la rueda delantera de la bicicleta. Frenar es tan peligroso como rodar libremente cuesta abajo. Haces ambas cosas, abajo, abajo, hasta hoy.

Emprendes, a solas, cosas verticales como Soviet Supremo, Zarathustra, Astroboy, La Pirinola, Giannina. O te haces acompañar en agonismos: Apendicitis, Paternidad Responsable, Huevos de Acero, Munra. No mueres.

Lima-Huancayo en 3:48, en un Escarabajo VW de un cuarto de siglo, desprovisto de frenos. Pasas literalmente bajo un camión. Días después, regresas.

Desconocidos kilómetros en Santiago de Chile, 1972, caminando sin hacer ni una sola pregunta. Llegas a tu destino.

Media docena de heridos, rescates improbables, vidas cedidas y tomadas. Mucha sangre ajena sobre mi piel, en mi ropa, en mi navaja suiza.

Honda melancolía del taller. Horas, horas sentado en el banco de trabajo: quieto, pensando el futuro vacío. Década tras década.

Mi papá.

Foto: Alonso De Freyre

Mi papá, que vive, come fruta y se llama Enrique Prochazka: quizás para que yo aprenda a morir.


lunes, 22 de septiembre de 2014

TIERRA MEDIA... JODIDA


Dos activistas hobbits que iban a bordo de Bárbol fueron asesinados en el bosque de Fangorn, pese a haber pedido múltiples veces la protección de Gandalf y de Aragorn. Los elfos tampoco los ayudaron. Bárbol fue quemado hasta la raíz. Se comprueba que Fresno y Olmo habían vendido a su compañero; no se descarta que los Señores Enanos hayan estado comprometidos en el asunto.
  
Bilbo sale a la prensa a reclamar el robo de sus joyas, y a denunciar que el joven Frodo Bolsón ocupa su residencia sin haberle pagado lo ofrecido. Bilbo está en la calle, lo entrevistan en Frecuencia Latina, Álvarez lo imita, sale entrevistado por Gollum, se lanza a la alcaldía de Hobbitton.

Los elfos tratan de esconder que han descubierto un gran yacimiento de mithril debajo de Hobbiton. La cosa sale a la luz en un video via Palantir, donde, de otro lado, Saruman dice que Gandalf habría arreglado bajo la mesa con los enanos para persuadir a los hobbits de salir de allí.

El sano y sagrado vuelve al país a restablecer el orden, yeah!

Interrogado, Gandalf no encuentra mejor respuesta que contraatacar diciendo que  Saruman no tiene título de Mago ni de nada. En el programa de Gollum, Saruman le exige a cambio que salga del clóset. Los orcos toman La Parada.

Los enanos expulsan a los hobbits de Bree, al mismo tiempo que impulsan la candidatura de Bilbo frente a la de Frodo. En una batalla –la Curva del Diablo- cuarenta hobbits mueren aplastados por los caballos de Rohan, mientras que un centenar de Hobbits descuartiza a algunos hombres de Gondor que habían trabajado para un tal Trancos. El cadáver de Faramir nunca es encontrado, aunque testigos revelan que lo habría matado Sam. Frodo asegura que Sam tiene presunción de inocencia, y que él mismo Frodo -es la encarnación de la decencia y que pone la mano al fuego por él, aunque encuentran armas de orco en su vivienda. Se comprueba que Frodo apoyó el descuartizamiento de Faramir. Una revista sugiere que lo de boromir tampoco fue tan inocente, entonces. El Palantir muestra videíto de Elrond en tratos con el Señor Oscuro, en la célebre salita de Rivendel. Hablan de “ya tenemos un acuerdo con el Chato”.

Lo que pasa, revela Gollum desde la clandestinidad "es que los elfos está sacando droga al oeste en grandes cantidades, en sus barcos. Los piratas trabajan para ellos". Gollum aparece muerto junto con algunos orcos y un par de elfos, todos desnudos; habrían estado participando en una orgía. En un barco pirata encuentran selfies hot de la dama Galadriel y Arwen. Toda la Tierra Media compra copias de estas fotos. Se dice que son parte de las orgías que organiza Gandalf.  Arwen lo niega, escribe unos e-mail personales a Sauron, el Señor Oscuro, para hacer lobby para lograr que retiren esas fotos y, de paso, asegurar la inversión de sus amigos Enanos en Hobbitton.

Muchos sospechan que la Dama Arwen es, en realidad, quien da luz verde a todo en la Tierra Media. Aragorn no responde a la prensa cuando se le interroga sobre este punto. Se descubre que Aragorn era Trancos, salteador de caminos en los noventas. Habría matado a varias personas y luego sobornado a los testigos, y luego matado a los testigos que dieron marcha atrás en el soborno. 

Aragorn sigue sin decir nada. Pero continúa primero en las encuestas.

Son tiempos oscuros.




domingo, 4 de mayo de 2014

Cómo ser un embajador cultural peruano


Me voy a la FILBO en unos días. Llegaré al final, cuando estén desarmando el stand peruano y barriendo el aserrín tras la fiesta. Confío en que la estupenda organización no se decepcionará del tipo y cantidad de público que yo suelo arastrar. No tengo mucha idea de qué diré, pero encontré esta cosa / post que escribí a tramos hace más de un mes, y creo que partes de podría servirme. 



Tengo poco desarrollada (algunos dicen que dañada) la empatía. No me siento especial o notoriamente parte de ese vasto ‘nosotros’ circunscrito por las fronteras del Perú, y de esa manera oponer ‘nuestras’ características a los rasgos de un supuesto ‘ustedes’ (igual de problemático) me parece un ejercicio no sólo inviable sino enteramente imaginario, sin ninguna solidez real.

Esta caución tiene ventajas, como que evita la facilidad de las generalizaciones propias del racismo. Y  también el fácil insulto, las atribuciones de ragos a colectivos, los prejuicios y supuestos arquetipos, el ‘carácter nacional’. Así, no hay por qué suponer al ruso borracho, al judío tacaño, al inglés flemático o al brasileño festivo. Ni frígida a la sueca.

La única distinción que concedo, y que empleo, corta a la gente en dos tipos, basada en cierto rasgo (para mí indubitable) de su conciencia: las personas cuyo pensamiento conozco de manera directa, y las personas cuyo pensamiento infiero. En el primer grupo estoy, por ahora, sólo yo. En el segundo grupo están, por ahora, todos ustedes. Como digo, esta es una herramienta que evita provechosamente la tentación del prejuicio. Esta clasificación no me proporciona base suficiente para atribuirle características previas a este judío, a esta mamá (mi mamá), a esta negra, a este sueca (mi mujer), al chileno de allá (mi editor) a la diputada bantú, al médico búlgaro, al peluquero colombiano que trabaja en mi calle y que no, no es gay. De modo que me obliga a conocer algo más de las personas que quiero juzgar antes de juzgarlas, de quererlas. No odio a nadie de manera que me ahorro ese tramo del trabajo.

Se comprenderá entonces que desde este punto de vista los peruanos y los colombianos conforman grupos exactamente idénticos. Por cada genio de un lado del Putumayo hay otro del otro lado; por cada idiota, un idiota; cada escritora intimista, futbolista indisciplinado, abuela narcotraficante o político corrupto colombiano tiene su espejo en el Perú. Y en Bulgaria. Y en Trinidad y Tobago, Corea del Norte, Borneo y Alaska. Ponderar sus diferencias es trampear estadísticamente mediante el empleo de muestras no representativas. Porque contadas por millones –y por millones las estamos contando- las personas somos siempre muy semejantes. ¿Cuáles son, entonces, las diferencias si nuestras poblaciones se parecen tanto? La respuesta es matemáticamente simple. La varianza es mucho mayor dentro de cada grupo que entre los promedios de cada grupo. Los peruanos se diferencias más entre sí de lo que el promedio de ellos se diferencia del promedio de los colombianos, a su vez muy desemejantes entre sí. Se notará que yo no estoy muy interesado en percibir estas diferencias, menos aún en investigarlas, documentarlas, comentarlas. No soy un cronista. Tampoco soy muy hábil. Tengo poco desarrollada la empatía.

Lo mismo sucede entre hombres y mujeres. Aunque Steven Pinker ha mostrado multitud de metaestudios que en conjunto describen, ya si margen de duda, cómo cuando se trata de orientarse en la ciudad “las mujeres” recuerdan lugares y “los hombres” direcciones, cómo en promedio ellos se desempeñan tanto mejor en rotar mentalmente objetos tridimensionales en el espacio, hay algunas (de hecho, hay muchísimas) mujeres más competentes que algunos (de hecho, muchísimos) hombres en rotar mentalmente objetos tridimensionales en el espacio, o en recordar direcciones. Para cada ley general de diferencia entre hombres y mujeres, o de sabrosas diferencias culturales entre peruanos y colombianos, hay millones y millones de contraejemplos. Millones de contraejemplos. Eso debería disuadirnos. A mí me disuadió hace años. No es muy distinto lo que sucede con la comida peruana y mi ejemplo favorito, el huevo frito. Puesto que se cocina en el Perú, el huevo frito es comida peruana. Y pasa lo mismo con mis cuentos y novelas, que son huevos fritos literarios, pero como soy yo quien los fríe, no son menos literatura peruana que los cebiches fusión de Jeremías Gamboa o los suspiros a la limeña de Fernando Ampuero.